En Noviembre de 1918, después de miles de muertos y una amplia devastación en Europa, Francia y Gran Bretaña decidieron aceptar el plan propuesto por el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, que presionaba a Alemania a rendirse incondicionalmente ante el eje aliado.

Terminaba la Gran Guerra, aquella que había prometido acabar con todas las guerras, aquella que había mostrado la nueva capacidad de destrucción y abría la puerta de un sin fin de crisis regionales.

El final de la Primera Guerra Mundial, dio inicio a un sistema internacional de nuevas alianzas y contrapesos. La reconstrucción de Europa no fue sencilla, crecía en Alemania el sentimiento nacionalista que con la retórica adecuada se convertiría en la más grande amenaza para el nuevo orden internacional emergido junto con la Liga de las Naciones.

Con el transcurrir de los años y la crudeza de la Gran Depresión, el mundo no encontró la anhelada estabilidad, ni económica, ni política y mucho menos social. El periodo de entreguerras fue la antesala de una profunda crisis internacional que desencadenaría en la Segunda Guerra Mundial.

Se asomaban algunas lecciones, que el mundo dejó pasar; no sólo entonces, también después. Las heridas que dejaron las guerras de la primera mitad del siglo XX, cerraron en falso; y, se recrudecieron conforme el liderazgo de los Estados Unidos lo volvía el hegemón por excelencia. En el sistema bipolar, los contrapesos se generaban a partir del bloque de países no alineados, aquellos que aseguraban neutralidad ante la disputa de la Unión Soviética y los Estados Unidos por el poder militar, económico y geopolítico.

Ante la promesa del sueño americano, los países del entonces llamado Tercer Mundo (hoy en vías de desarrollo) sucumbían a la presencia estadounidense y a su intervención en asuntos nacionales o regionales.

A cien años del término de la Gran Guerra, con un mundo ampliamente polarizado los actores del mundo internacional parecen no tener claras las lecciones heredadas y vigentes desde hace un año.

Mientras el mundo observaba al presidente francés, Emmanuel Macron hacer un fuerte llamado a la conciencia política, categóricamente estableció que “el nacionalismo no es igual al patriotismo, que el nacionalismo desata los demonios del pasado”, la afirmación además, se acompañó de una crítica hacia aquellos discursos neopopulistas en los que se anteponen los intereses propios y se pasa por alto lo más importante que tiene una Nación, los valores.

Macron hizo hincapié que los discursos que transmiten las nuevas ideologías polarizan, ofenden y manipulan a la sociedad sumergiéndola en un oscurantismo. La historia no perdona y menos olvida, la historia alecciona; a menos, claro que como el presidente Trump no la conozca y quiera pasarla por alto.

En una evidente reacción ante el discurso de su homólogo francés, Donald Trump arremetió contra los vinos franceses, la propuesta de crear un ejército europeo y las instituciones francesas.

Con un escenario político complejo y una aislada participación en el escenario internacional, Trump muestra su indiferencia ante las lecciones que la historia ha dejado como resultado de cada guerra. Ciertamente, el orden internacional es ampliamente diferente, sus pesos y contrapesos no son los mismos del siglo XXI. Así como diferente es el rol de Estados Unidos en la escena mundial.

Pareciera que Trump está determinado a poner fin al sistema de alianzas que por décadas ayudó a sostener el entramado que sostuvo el liderazgo hegemónico de Estados Unidos. Bajo el lema “hagamos a América grande otra vez” el presidente estadounidense ha logrado hacer tambalear a las instituciones, dividir a la población y radicalizar el nacionalismo a un punto preocupante.

Resulta entonces agresivo y por demás ofensivo el tuit de “hagamos a Francia grande otra vez”, que con tono sarcástico se usó para descalificar el discurso del presidente Macron.

Las guerras nunca están justificadas, no importa quién o cómo inician. No hemos aprendido la lección más importante; el camino siempre es la paz. Aunque lo parezca, el mundo no es un pastel por repartir, por lo que hoy más que nunca los discursos radicalistas, los esfuerzos por polarizar a la ciudadanía y la constante búsqueda de conflicto y confrontación están fuera de lugar.

Mientras Trump insiste en reformar la dinámica de cuotas y participación de la OTAN, las guerras en Siria y Afganistán parecieran interminables, el surgimiento de regímenes radicales (incluso contando el de EU) preocupan por su falta de ética y compromiso humanitario.

Las guerras no sirven más que a los propósitos de quienes las generan las proyectan y las consiguen.

 

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