Expertas en la materia analizan el tema en la Cumbre de Mujeres Forbes 2015 y coinciden en algo: la necesidad de una mayor conciencia sobre la posibilidad de que todos seremos viejos algún día.

 

Por Sarah Hedgecock

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“Un hombre de 20 años de edad hoy tiene una mejor oportunidad de tener una abuela viva que uno de 20 años tenía de tener una madre viva en 1900.”

Eso, según Lauren Carstensen, directora del Centro para la Longevidad de Stanford, que habló durante un panel sobre la longevidad en la tercera cumbre anual de Mujeres Forbes, una reunión de cientos de mujeres líderes con la intención de cambiar el desequilibrio de poder en los negocios.

Las preguntas consideradas por el panel, que también incluyó a la socia del Fondo de Longevidad (y ex miembro de la lista Forbes de 30 Menores de 30) Laura Deming, la CEO de AARP Jo Ann Jenkins y la presidente de la Fundación Robert Wood Johnson Risa Lavizzo-Mourey, fueron variadas: ¿Cómo cambiar nuestra esperanza de vida en pocas generaciones? ¿Qué está pasando actualmente en la investigación sobre la longevidad? ¿Cómo podemos usar la tecnología y la política no sólo para extender nuestras vidas para hacer nuestros años dorados más, bueno, brillantes?

Sin embargo, el nombre del panel “La paradoja de la longevidad: ¿Vivir más es realmente vivir mejor”, planteó una pregunta que en realidad nunca estuvo sobre la mesa. “Creo que la gente en este panel responderá con un sí rotundo cuando considere la alternativa”, bromeó la moderadora Soledad O’Brien.

El hecho es que uno de los mayores obstáculos para mejorar la longevidad es convencer a la gente de que vale la pena el esfuerzo. Deming, quien dice que ha estado interesada en la investigación de la longevidad desde que tenía ocho años de edad, percibe un gran de escepticismo cuando habla con la gente al respecto. “La gente dice cosas como, ‘Eso es lo más estúpido que he oído en la vida. ¿Para qué querrías vivir más tiempo?’”, dijo. “Ésa era una reacción visceral a la idea de que se puede vivir una vida más larga.”

Todas las mujeres en el panel han visto reacciones similares a su trabajo. Para Lavizzo-Mourey, es una cuestión de “cómo mantenemos a las personas funcionales toda su vida”. Carstensen sospecha que cuando se trata de los años que se han añadido a la esperanza de vida promedio, mentalmente “pensamos en los años que sumamos a la vejez y nada más”.

Está cambiando esa cultura que plantea el problema más grande. “Creo que nuestras creencias no están a la par de la forma en que estamos envejeciendo”, explicó Jenkins. “Seguimos perpetuando estos estereotipos negativos del envejecimiento cuando no estamos viviendo de esa manera todos los días.”

Esa cultura, coincidieron todas las expertas, es resultado directo de la incapacidad de las personas más jóvenes de identificarse con esas décadas de edad avanzada, o relacionarse con la idea de que ellas, también, serán parte de esa generación mayor algún día. Deming, a los 21 años de edad, habló de su incapacidad de identificación con la imagen hipotética de sí misma en la vejez: come demasiado azúcar, dice, a pesar de que sabe que es un factor de riesgo importante para presentar problemas de salud más adelante en la vida. “Es solo que mentalmente no me importa.”

Carstensen ha abordado el problema de la identificación antes: en un estudio, ella hizo que los participantes interactuaran con un avatar virtual de sí mismos, ya sea actual o más viejo. Los que interactuaron con la versión más vieja de sí mismos dijeron más tarde que ahorrarían más para su jubilación que los que se vieron a sí mismos como se veían en el momento del estudio.

Pero los avatares digitales no son una solución cotidiana. Mientras tanto tendremos que conformarnos con una forma más antigua de relacionarnos con las personas mayores: la interacción intergeneracional. “A menudo sucede cuando te conviertes en alguien que cuida de alguien mayor”, dijo Lavizzo-Mourey. “De repente te das cuenta de que tu futuro podría ser similar, de cómo puedes influir en él, y de lo profundamente conectada que estás a estas personas.”

Es ese punto de conexión, el que puede ayudar a que cambie nuestra cultura con respecto a la edad, que sin importar cuál sea, no tiene por qué llevar un estigma.

“Los 50 no son los nuevos 30”, dijo Jenkins. “Los 50 son los nuevos 50, y lucen de maravilla.”

 

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