DW.- Era un niño no deseado. Sus padres le llamaban con insultos y algunos días tuvo que dormir a la intemperie en invierno. Después se acostumbró a beber, era conflictivo y terminó en prisión. Así conoció a la psicología Rita Demmerling, quien actualmente trabaja en la prisión de régimen abierto de Bielefeld – Senne.

Según ella, esa biografía es la típica de muchos criminales: “Entre los agresores de sexo masculino, por lo general el padre estaba ausente o era violento. La madre mostraba frialdad emocional ante el niño”, cuenta Demmerling. Nadie duda de que la violencia durante la infancia provoque violencia entre los jóvenes. Sin embargo, no todo es tan sencillo y hay multitud de factores que explican los comportamientos criminales violentos, explica Demmerling.

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La genética es el hardware, la epigenética, el software.

Uno de estos factores es la  genética. Concretamente, la epigenética. Isabelle Mansuy, profesora de neuroepigenética de la Universidad de Zúrich, investiga el desarrollo epigenético de las experiencias y el estilo de vida, y cómo se transmite a las futuras generaciones. El código genético (ADN) no cambia. “Es como el hardware de un computador”, explica Mansuy.

La epigenética abarca todos los procesos que alteran la función del código genético. Mansuy compara la epigenética con el software. En última instancia, es el software el que decide qué tiene que hacer el hardware. “El código genético, el hardware, sería inútil sin los factores epigenéticos”, explica la investigadora.

El ADN digital: la verdadera transformación

Hay una serie de mecanismos de la biología molecular que influyen en la funcionalidad de nuestro código genético. Una modificación epigenética fácil de detectar es la metilación del ADN. La forma en la que se pliega el ADN está influenciada por experiencias y el estilo de vida. Y las experiencias traumáticas y de violencia también modifican nuestro ADN.

Además, esas modificaciones se pueden transmitir. Mansuy pudo probarlo en experimentos con ratones. Separó las crías de ratón de sus madres durante horas sometiéndolas a un estrés extremo y traumatizándolas. Como resultado, los ratones adultos mostraron trastornos de comportamiento. Hasta ahí, un resultado predecible.

Trastornados, pese a una infancia normal

Sin embargo, es digno de mencionar que las crías de estos ratones, que crecieron en un entorno normal, también mostraron problemas de comportamiento. Mansuy pudo determinar los cambios epigenéticos en esos animales, transmitidos por los óvulos y espermatozoides.

Thomas Elbert, profesor emérito de psicología clínica y neuropsicología en la Universidad de Constanza, estudia cómo los traumas afectan a las psique humana. Ya realizó numerosos estudios de campo en zonas de crisis y trabajó, entre otros, con niños soldado. En sus estudios, también recurre a teorías epigenetistas

En un estudio publicado en 2017, Elbert y sus colegas demostraron que el estrés traumático sufrido por una mujer embarazada se puede detectar también en los nietos. La metilación del ADN transmite este estrés durante generaciones, sin que los hijos o nietos hayan tenido experiencias traumáticas.

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¿Significan las investigaciones de Elbet y Mansuy que estos problemas de comportamiento en adultos pueden ser congénitos, aumentando así las posibilidades de emprender una carrera criminal? La respuesta de los investigadores es negativa. Ambos coinciden con la psicóloga Demmerling en que tienen que confluir muchos factores para que un niño se convierta en un criminal violento.

La epigenética hace mucho, pero no todo

Aún así, un entorno epigenético desfavorable podría aumentar la disposición a la violencia, dice Elbert: “Cuando una madre embarazada vive una tensión potencialmente mortal y le transmite esa información al niño, este puede entrar en un entorno violento. Entonces, el código genético se lee de otra forma”. El eje de estrés de este niño cambia, continúa Elbert: “Saltan más rápido ante el ataque y la huida”. Por ejemplo, en regiones inestables donde hay guerra, este tipo de programación tiene sentido, concluye el neuropsicólogo.

Pero los investigadores pueden tranquilizar a todos aquellos que temen la idea de que “la violencia está en los genes”, ya que también es posible combatir las modificaciones epigenéticas. Para eso, la psicoterapia es una buena herramienta para reprogramarse y actualizar el software.

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Cualquiera que conozca su disposición epigenética puede cambiarla, explica Elbert: ”Cuando uno es consciente de dónde está el eje de estrés, puede aprender a controlarlo”. Por ejemplo, el interno con el que trabajó la psicóloga Demmerlig logró finalmente controlar sus ataques de violencia. Y aunque nadie pueda comprobar si la terapia sirvió para cambiar su epigenética, los estudios de Mansuy también demuestran que no solo el estrés es epigenéticamente detectable, sino también las experiencias positivas. “La epigenética es dinámica y las modificaciones genéticas pueden mejorarse  a través de las experiencias y el entorno”, concluye.

Por Julia Vergin

Este contenido se publicó originalmente en DW.COM y puedes ver esa nota haciendo click en el logo:

 

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