Siempre que empieza la temporada de graduaciones, fines de cursos, exámenes finales, pienso en el vértigo de acabar etapas y lo que significa estar en los albores de otras. Finalizar nos pone a las puertas del inicio de algo distinto. Esta semana estuve en el cierre de la vida estudiantil de varios de mis alumnos. Me tocó darles la última clase de licenciatura, de maestría, y fungir como sinodal de varios exámenes profesionales y de grado. A todos los veo pensando en las oportunidades que se les abren una vez que tienen un documento bajo el brazo. Muchos tienen un gran entusiasmo y otros tienen dudas.

Los titubeos van desde las cosas más sencillas —¿cómo debo redactar mi currículum vitae?, ¿cómo me debo conducir en la primera entrevista de trabajo?, ¿cuánto debo pedir de sueldo?— hasta las más sofisticadas —¿cómo me debo de dar de alta en el registro federal de contribuyentes?, ¿cómo atraigo la atención de inversionistas?, ¿cómo solicito un crédito?—; en fin, los cambios que se consiguen cuando dejamos de ser algo para transformarnos en eso diferente que soñamos ser. Imagino que, al salir del capullo, la anterior oruga encuentra difícil mover las hermosas alas que construyó en el periodo de confinamiento.

Con frecuencia, me gusta hablar con mis alumnos de mis experiencias, no por otra cosa, sino porque es la forma de compartir vida desde la línea de golpeo sin la máscara de la teoría. Hablo con sinceridad de lo que de verdad pasó. Mi historia de inicios de la vida profesional es diferente. En el aula me dijeron —y lo creí— que me estaban educando para dirigir empresas, para coordinar grupos, para planear, fijar metas, determinar visiones, alcanzar objetivos. Mis maestros nos dijeron con tanta certeza que estábamos hechos para triunfar que no tuve ni un motivo para dudar de su convicción. Por eso, cuando me ofrecieron dirigir una empresa de minisupers en la Ciudad de México, lo más normal fue aceptar, sin interesarme que tenía cero experiencia. A casi unos minutos de haber dejado el salón de clases, sin que me hubieran dado el título todavía, yo ya tenía oficina con puerta, secretaria, café y una sonrisa en la cara que no me cabía. Mi mamá, en cambio, tenía una preocupación del tamaño de la responsabilidad que yo no había sabido medir.

La historia, como muchos podrán imaginar, cambió de ser el sueño dorado a la pesadilla de un compromiso enorme para el que yo no tenía los tamaños. Tuve que crecer rápidamente. Los cocolazos me llovieron desde el primer día: fueron duros y tupidos. El proceso fue doloroso, lleno de muchas angustias, dudas, malas y buenas decisiones, titubeos y una autoexigencia que me llevó a una flagelación peor que una monja en la Edad Media. Mientras tanto, mis compañeros ocuparon puestos que los hicieron escalar los peldaños profesionales con una velocidad adecuada y, sobre todo, con menos angustia y más goce de vida.

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Por supuesto, mientras fui estudiante nunca escuché de las preocupaciones que entraña estar frente a un grupo de trabajo, nadie me advirtió que las malas prácticas no sólo existen sino que se ejercen, lo evidente de que el pez grande se come al chico se desestimó. Si lo hicieron, jamás les puse atención. Andaba perdida en los ensueños del futuro prometedor. Y aunque nos previnieron que el terreno profesional es una selva, el entusiasmo y la ilusión me hicieron caer en la ingenuidad, que paga factura.

La vida tiene compensaciones. Los equilibrios me han llevado a entender los claroscuros de dirigir. He tenido la enorme fortuna de estar al frente de equipos de trabajo, de formar directores, de capacitar ejecutivos, de pararme en salones de clases. Le tomé gusto y aprendí las reglas del juego. El mundo ha cambiado vertiginosamente desde que empecé a dar los primeros pasos profesionales. En la actualidad, las universidades dejaron de ser centros de capacitación para ejecutivos de alto rendimiento; ahora también son semilleros de empresarios y emprendedores. La preparación técnica es una herramienta que los puede llevar a una corporación internacional o a crear su propia empresa.

Hoy, veo a mis alumnos con grandes posibilidades de entrar al mundo profesional a posiciones en las que deberán coordinar esfuerzos, determinar metas y fijar objetivos desde el primer día. Hoy, como nunca, podrán empezar proyectos de emprendimiento y subirse a ese pegaso dorado con el que siempre soñaron mientras estuvieron en clase. Muchos lo harán sin tener, como fue mi caso, un periodo de crecimiento y maduración. Las exigencias de la actualidad y las ventanas de oportunidad que se les abren van por ese camino.

 

Tres batallas

Por ello, en esta temporada en la que muchos están empezando a dar sus primeros pasos profesionales, me gustaría —además de desearles toda la suerte del mundo— decirles que les toca tomar las riendas del mundo. Que no les cuenten cuentos. Sí, es muy importante confeccionar un currículum vitae estupendo y entrar preparado a la primera entrevista de trabajo; sin embargo, hay aspectos más importantes que reflexionar. Casi nadie habla de ellos, permanecen guardados como el secreto más oculto que es preciso revelar. Así, los insomnios, los dolores de cabeza y estómago serán menos angustiantes y el devenir profesional más disfrutable.

Existen tres batallas que se deben librar: la del ego, la de los vicios y la de los obstáculos. El grado de peligrosidad es el que acabo de proponer. El ego es el peor enemigo, los vicios son el peor refugio y los obstáculos implican el desaliento que pueden generar. Ganar y perder tienen sus propios riesgos. Sí, ganar es riesgoso y perder tiene sus oportunidades.

Para todo lo anterior, el mejor antídoto es tener los pies en la tierra y la esperanza puesta en lo Alto. Las grandes batallas, las peores traiciones, los éxitos rutilantes, los logros apabullantes, las lambisconerías, las felicitaciones sinceras, los descubrimientos majestuosos, las caídas precipitadas —que de todo ello, algo habrá en el camino profesional— siempre tendrán la dimensión real cuando somos objetivos y estamos atentos.

Si a ello le sumamos que nada es eterno, que el triunfo es una probadita de cielo y el fracaso nunca es para siempre, vamos mejor preparados al terreno profesional. La caducidad del triunfo y la derrota se han hecho cada vez más cortas. Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura, dice en su novela Nieve: “Si yo hubiera sabido que éste era mi mejor momento, lo hubiera defendido mejor.”

En los primeros pasos profesionales, antes que la mejor carta de intención, que la mejor corrida financiera, que el script para la mejor entrevista de trabajo o calcular lo que debo facturar la primera vez, lo que debemos meter en nuestro portafolios es serenidad. Es tener el valor de conservar la calma en medio de nuestras preocupaciones y problemas, mostrándonos amables y cordiales con los demás. En esa condición, lo que sigue es disfrutar el camino.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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