Ayer se celebraron elecciones en 14 entidades federativas. Con independencia de los resultados, en este espacio queremos comentar sobre un grupo muy olvidado y hasta satanizado: los que no votan. Con frecuencia se les suele considerar irresponsables o apáticos, pero la realidad es que –aunque sí los haya–, por convicción, muchos no lo hacen por una causa más que justificada y pensada: ninguna opción merece su sufragio.

Se ha, incluso, caricaturizado la realidad: elija usted mismo quién quiere que le robe, extorsione, falte a la ley, le proporcione pésimos servicios públicos, etc. ¿No es esto ridículo?

Es más, por quien vote podría, por ejemplo, prohibirle circular en su auto si se le da la gana, decirle qué días puede o no comprar bebidas alcohólicas en la tienda de la esquina, y casi seguro que contraerá deuda pública que usted y su descendencia tendrán que pagar por años mediante sus impuestos.

Visto así, ¿de veras alguien se gana su voto?

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El viernes ya decíamos que el problema no es, en sí, que llegue al poder tal o cual fuerza política, sino que éstas presuman, cada una, ser la que sí conoce la “receta adecuada” para generar crecimiento, empleos, seguridad y cero corrupción, entre otros temas. A decir verdad, no tienen ni idea.

Nada de eso se puede lograr con más gobierno, sino con libertad individual, justo lo que más les encanta e interesa restringir, porque de ello depende su negocio.

Dado el populismo y la demagogia en que vivimos, una gran cantidad de “propuestas” de los partidos (que en realidad no son más que buenos deseos y frases huecas para “vendernos” sus candidaturas) se parecen bastante entre sí.

Por eso se equivocan de enfoque aquellos que piden que los políticos “cumplan lo que prometen”. De hecho, esto es muy peligroso.

Piénselo. Un populista que cumpliera tan sólo una parte de sus promesas al estilo de disparar el salario mínimo, “proteger” a la industria nacional, redistribuir equitativamente la riqueza, subir los impuestos a los ricos, etc., destrozaría al país como lo están haciendo las políticas socialistas de Nicolás Maduro en Venezuela.

No. El cáncer que se expande en nuestro sistema democrático no es el de las promesas sin cumplir, sino el del Estado “omnipotente”, obeso y creciente, que se inmiscuye cada día más en los asuntos privados de la gente. Con ello se perpetúa la mediocridad, el intervencionismo y el atraso.

Por lo anterior, es mucho, muchísimo más importante la defensa de la libertad, sacar al intervencionismo de los políticos de nuestras cuestiones, que ir a votar. Es una pena que haya más gente dispuesta a esto último que a lo primero.

Claro, no es que votar sea algo indebido o incorrecto, por supuesto que no. Es válido que cualquiera decida también emitir su sufragio con la creencia de que con él cambiará algo de fondo. Pero esto es poco probable cuando no hay en México una sola opción política actual comprometida con la acotación del poder del Estado, para que sea sólo el garante de la libertad individual. Nada más.

Es en esto último en lo que debe enfocarse la protesta de la gente –cualquiera que sea su ámbito de actividad–, pues siendo libres será irrelevante qué partido gana las elecciones. Tendrán claro lo que queremos y no queremos de ellos, y que más les vale no meterse con nosotros, derrochar ni robarse nuestro dinero.

En suma, no votar es, en sí, una protesta, pero de nosotros depende que sea una protesta activa, defensora, exigente de la libertad individual de todos, tanto como que se castigue a quien la viole. Eso es dar seguridad. La protesta pasiva de no votar y quedarse ahí, es tan costosa como anular el voto, pues, guste o no, dan legitimidad al sistema vigente.

No necesitamos más política, sino más libertad, con la que quien quiera volverse rico tenga que recurrir a satisfacer las necesidades, gustos y preferencias del cliente en el mercado, y no pueda, en cambio, saquear al erario.

Un buen político es aquel que no se nota, no el que se empeña en hacerse notar. Sólo la presión ciudadana puede empujar un salto tan grande como ése. No paremos de exigir.

 

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