Por Eduardo Hernández Ripoll*

El activismo no es un fenómeno nuevo, nos ha acompañado desde que el ser humano tiene conciencia social más o menos organizada. En una perspectiva más reciente, el activismo de los años 80 y 90 del siglo XX fue presionando al establishment empresarial para interrumpir el monólogo unidireccional al que estaban acostumbrados. A finales de los 90 se comenzó a percibir ese efecto, exhortando un mayor diálogo de las empresas con sus públicos. Esto dio pie a una transición de la era de la estética a la era de la ética, donde las compañías de hoy, en el siglo XXI conviven en un marco conversacional con múltiples actores en el que Internet ha desestructurado las reglas convencionales. Hoy vivimos en un marco de mayor transparencia vigilados por la gran lupa de Google.

El activismo, por tanto, logró influir en las compañías hasta el punto de que estas no presentan una única cuenta de resultados económico financieros, sino también dan cuenta de su contribución social, transparencia o ética. Esta gestión nos conduce al concepto de reputación.

Sin embargo, conviviendo con este fenómeno en los últimos años, las reglas han vuelto a cambiar. Hoy, en un mundo globalizado donde la ética ganó aquella batalla a la estética, ha convertido a las compañías en activistas, embajadoras de la globalización y, por ende, del establishment económico.

Pero, ¿a quién va dirigido el nuevo activismo protagonizado por las empresas? A todo lo que ponga en peligro ese nuevo orden mundial denominado globalización y, su baluarte más destacado, está representado hoy en día curiosamente por el líder del mundo libre. Libre de terrorismo, de delincuencia y de paro, pero no libre de aranceles, impuestos y sanciones.

El decreto presidencial que firmó en enero Donald Trump que implica el cierre temporal de las fronteras de Estados Unidos a los inmigrantes de siete países de mayoría musulmana y refugiados, ha sido la chispa que ha encendido ese activismo empresarial latente, pese a que la medida ha sido suspendida por el tribunal federal de apelaciones.

El caso de éxito del libro de Naomi Klein, “No Logo”, el abanderado de la globalización: Starbucks, se erige como el feroz embajador del frente mundial anti Trump, asegurando, no solo que continuará invirtiendo en México, pese a la amenaza del presidente de imponer aranceles de 20% a los productos mexicanos que entren en el país, sino que ofrece apoyo legal a todos sus empleados susceptibles de ser afectados por la medida, tal y como aseguró su presidente, Howard Schultz.

Starbucks no está sola. Recientemente, CNN Dinero publicó un listado con 97 compañías bajo un unívoco frente anti Trump, especialmente desde la órbita tecnológica y el “planeta” Silicon Valley. Compañías como Airbnb, Apple, Dropbox, eBay, Etsy, Google, Intel, Microsoft, Mozilla, Netflix, Reddit, Pinterest, Linkedin y procedentes de otros sectores como la mítica Levi Strauss & Co. Teniendo en cuenta que la mayor parte de estas organizaciones que ocupan los rankings de las más deseadas y valoradas del mundo, ven en riesgo su bien más preciado: el talento, que procede en algunos casos de estos países afectados.

A estos sectores se une el de la biotecnología, argumentando que Estados Unidos, siendo el mayor desarrollador de medicamentos del mundo cuenta con la capacidad de atracción de los mejores investigadores y médicos del mundo.

Y, al otro lado del muro, también se han “activado” frente a Trump reconocidas compañías mexicanas. Sin contar el mundo de la interpretación, la moda, la música y no podía faltar el activismo ambiental encarnado en el multimillonario Tom Steyer.

No obstante, la guerra ha empezado, los propios defensores de Trump se levantaron en armas contra el anuncio de Starbucks vía el medio de comunicación no percibido como difusor de “fake news” del trumpismo: Twitter. Un canal de conversación en plena ebullición, especialmente desde que el presidente número 45 llegó a la Casa Blanca. Estos, exhibieron el nombre de Trump en sus cafés o chocolates ante la pregunta habitual del empleado. Un fenómeno que se convirtió en viral adoptando el hashtag de “#TrumpCup now!”

Ante este peculiar fenómeno histórico. Teniendo en cuenta que ese decreto presidencial en concreto se refiere a una medida temporal que afecta a países con riesgo potencial del cultivo terrorista, al igual que otro polémico decreto a deportaciones que van dirigidas a inmigrantes ilegales con antecedentes penales. ¿Es posible que se esté exagerando el problema? Mejor aún, ¿es probable que algunas de estas compañías hayan visto en la situación una oportunidad de posicionarse como organizaciones más contributivas y activas socialmente, puros defensores de la ética en el mundo? El debate se ha abierto. Somos testigos de un fenómeno sin precedentes.

*Eduardo Hernández Ripoll es Senior Partner en ANKROM Global Consulting Group

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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