La intuición, a diferencia del imperio de la razón, trabaja de forma asociativa: sin esfuerzo, rápido, en el subconsciente. Conocimiento desde adentro.

 

Ocurre cada vez que hay futbol. Una pelota cruza la cancha. El jugador apenas distingue su fugaz trayectoria. En menos de un milisegundo, la pelota define su ruta y el hombre se mueve al lugar exacto. Atina. ¿Cómo sabe en dónde hay que colocar precisamente el pie?

Hay que replantear todo, incluso el futbol, si un genio como Einstein dice: “La única cosa realmente valiosa es la intuición”. Hay que considerar, como la psicóloga Jenny Moix, que podemos confiar en el trabajo subterráneo del cerebro, donde procesamos información inconscientemente. Hay que dar el salto invisible, como Bob Dylan: “Cuando escribo una canción siempre sé antes de empezar si será buena o no, incluso sin saber de qué hablaré en ella”.

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La intuición es un antiguo animal emergiendo del letargo. La razón no puede ver el paisaje completo. Unir es respuesta: el neurólogo Roger Sperry, Nobel en 1981, demostró que el cerebro funciona mejor en su totalidad periférica, utilizando la conciencia integrada de ambos hemisferios. Se rinde más cuando el ser dispone de sus propiedades totales, que cuando la vida ocurre a través de un hemisferio por separado.

Massimo Pigliucci explora el mundo de la intuición en su libro Answers for Aristotle: How Science and Philosophy Can Lead Us to A More Meaningful Life:

“Hasta hace poco, la intuición, como la conciencia, era el tipo de cosas que los científicos no podían abordar, so pena de ser acusados de ser seguidores New Age. Sin embargo, en estos días los científicos piensan en la intuición como un conjunto de procesos cognitivos y afectivos no conscientes, y, aunque el resultado de estos procesos es a menudo difícil de articular y no se basa en un pensamiento deliberado, se trata de información real y eficaz”.

El reino de la intuición, a diferencia del imperio de la razón, trabaja de forma asociativa: sin esfuerzo, rápido, en el subconsciente. Conocimiento desde adentro.

El físico Jonas Salk, inventor de la vacuna contra la polio, solía decir: “La intuición le dirá a la mente pensante qué búsqueda es la que sigue”.

Sin embargo, para revelar la naturaleza intuitiva, es necesaria también la disciplina. Un experto se define por su alto nivel de conocimientos en un campo determinado, desde la física cuántica hasta el ajedrez. Pero la experiencia no significa de ninguna manera que la intuición sea revelada. Es necesario el factor tiempo para que el cerebro pueda conectar los conocimientos racionales, de cajón, con la información subterránea.

Según la investigación de Massimo, la adquisición de habilidades muestra que, en términos generales, la gente tiende a pasar por tres fases para mejorar sus propias capacidades.

“Durante la primera fase, el principiante centra su atención simplemente en la comprensión de qué es lo que la tarea requiere, y en no cometer errores. En la fase dos, como la atención consciente ya no es necesaria, y el individuo realiza casi de forma automática la actividad, el cerebro actúa por default. Aquí viene la parte difícil: la mayoría de las personas se atascan en la fase dos, porque la tercera fase sigue siendo a menudo difícil de alcanzar. Como la tarea se realiza de manera automática y rápida, se tienden a ignorar los detalles. Es necesario un enfoque intenso en los errores para corregirlos, la ‘práctica deliberada'”.

El reino intuitivo es un territorio de persistencia. Para llegar a niveles más profundos de pensamiento, donde florece la intuición, es necesario abrir un camino sobre lo invisible. La práctica hace del principiante, un maestro intuitivo. Igual pasa en el futbol.

“Como si hubiera resuelto un conjunto de ecuaciones diferenciales en la predicción de la trayectoria de la pelota”, explica Richard Dawkins en El Gen Egoísta, “en algún subconsciente nivel, algo funcionalmente equivalente al cálculo matemático está pasando”.

 

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“En el mar, como en el amor, suele ser mejor seguir una corazonada que obedecer a una biblioteca”.- John R. Hale.