Por Alfredo Kramarz Pérez*

Embridar las emociones es la asignatura pendiente de la clase política española. Tarea imperiosa porque el nacionalismo excluyente -central o periférico- exalta las pasiones y califica de traición cualquier acuerdo entre bloques diferentes. Hasta el momento ninguno de los actores políticos relevantes muestra la voluntad necesaria para labrar consensos basados en la transversalidad ideológica.

En este contexto de “insalvable” antagonismo son dos los ejes discursivos que estructuran la vida del país: la cuestión nacional y la agenda social. No obstante, el miedo a la fragmentación territorial solapa el interés por las políticas sociales y es un acicate para el autoritarismo. Todo queda subordinado al problema de la soberanía cuando la movilización del voto se realiza en nombre de la nación.

Cabe recordar que el independentismo catalán activó el principio de “salvación colectiva” para evidenciar heridas en su articulación institucional y convocó un pseudo-referéndum con la intención de quebrar la legalidad democrática. Aquel deseo malogrado significó una impugnación del lugar donde reside el poder e impulsó a los fanáticos de la uniformidad nacidos en cualquier provincia del Estado.

Poco importa la eficacia en la gestión cuando la conciencia colectiva es sacudida por el espíritu de la autenticidad. Son instantes decadentes por la subordinación del pragmatismo a la retórica sentimental. Motivos para el resentimiento que alejan la fraternidad y debilitan el patriotismo constitucional.

La fantasía que comporta la invitación a crear un nuevo Estado embriaga a sectores sociales diversos. Por su aspecto desacomplejado provoca reacciones contradictorias: genera entusiasmo desmedido en sus acólitos, tiene la capacidad de transformar en cómplices a los que sólo adivinan la cursilería de la propuesta y refuerza el radicalismo en las fuerzas de oposición. Su única virtud es arrojar luz sobre aspectos inexplorados del sistema constitucional.

El independentismo no tiene reparos en inundar de simbología partidista el espacio público violentando su necesaria neutralidad. Menosprecia asuntos de vital importancia como la interdependencia económica o la pertenencia a instituciones cosmopolitas de soberanía compartida y privilegia derechos colectivos sobre derechos individuales. Prefiere el vértigo de los instintos a la racionalidad ilustrada.

Necesita una narrativa de victimización para lograr cauces de solidaridad internacional y en su lucha contra la administración central sólo reconoce como líderes a aquellos capaces de encarnar un credo unificador. El martirologio del nacionalismo siempre está ávido de héroes a los que rendir culto y blinda estereotipos mientras imagina un enemigo apropiado para su causa. Bajo su aparente solemnidad echa raíces la parodia.

Los movimientos de autoafirmación “identitaria” son selectivos respecto a la tradición y omiten que no hay estructura definitiva en el ser nacional. Como diría el filósofo Jürgen Habermas, fundan sentido de estado colonizando la vida lingüística-cultural de su sociedad y entre las patologías de una identidad que se reconoce quebrada está la presentación del pueblo como totalidad uniforme. Aceptar que la nación -por encima del derecho- es el fundamento de la comunidad anticipa la catástrofe.

Invocar la soberanía en un Europa integrada encierra algo de nostalgia e intransigencia. El callejón sin salida del Brexit es una metáfora del significado de restar al “nosotros” la dimensión postnacional. Nadie defiende la libertad extranjerizando a sus vecinos.

La Unión Europea y la España democrática son diques de contención frente a la barbarie que anida en el fervor nacionalista. Mitigar la constante agitación/crispación del nacionalismo debería ser el compromiso esencial de los partidos tanto en Bruselas como en Madrid. Encontrar rutas alternativas al sentimiento nacional dolido es el único modo de redefinir el mapa de lo político.

*Doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid

 

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