Así como en los últimos años hemos atestiguado en el mundo el surgimiento de los modelos disruptivos de negocios, pareciera que de la misma manera estamos viendo el surgimiento de una nueva forma disruptiva de hacer política. Candidatos que conectan con el electorado pasando por encima de maquinarias electorales, que hablan directamente a la población mediante redes sociales dejando de lado a los medios tradicionales y establecidos, con posiciones muchas veces políticamente incorrectas y polarizadoras, así como con políticas públicas más enunciativas y emocionales, aunque menos estructuradas y efectivas. Y qué decir de las fake news.

En las Américas, el surgimiento de candidatos y posteriormente gobiernos como el de Trump, López Obrador o Bolsonaro representan un cambio radical en la forma de hacer política. Los estilos disruptivos, estridentes y muy populares están alterando significativamente la conducción de la política, y están causando estragos en el establishment para entender lo que ocurre. Se vaticinan con frecuencia caídas drásticas e inminentes en la popularidad de estos gobiernos por decisiones que rompen con las visiones tradicionales, pero esto simplemente no ocurre así. Existe una brecha cada vez mayor entre la opinión pública y la opinión publicada, entre lo que se dice en la sobremesa y lo que se dice en los medios. Las oposiciones están confundidas y no se ve cómo puedan articular un mensaje serio que permita ganarse o echarse a la bolsa al electorado que se les fue.

Y sí, estamos en un mundo global de posverdad donde los hechos y los datos han pasado a un segundo plano. Un mundo en el que la conexión emocional con la población es más importante y en el que el electorado selecciona del universo disponible los datos y hechos que luego usa para construir su propia verdad o verdad alternativa. A pesar de los innegables y grandes avances en las condiciones de vida de la mayoría de la sociedad global, los rendimientos marginales decrecientes en el mejoramiento de la calidad de vida de vastos sectores han llevado al electorado global a la posverdad, a preferir una conexión emocional sobre los datos y hechos que ofrecen una realidad en la que ya nadie quiere vivir. Esta sensación de moderación en el mejoramiento de las condiciones de vida, desigualdad e injusticia ha creado una sensación de estancamiento y molestia con lo establecido.

En México, dos decisiones de la nueva administración han sido polémicas y sólo pueden entenderse a la luz de la política disruptiva y el mundo de la posverdad: la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México y el combate al robo de combustibles. Me referiré a la segunda, que en un primer recuento del combate al huachicol nos permite ver esta nueva forma de hacer política en forma disruptiva. La conexión emocional de “hacer algo respecto a la corrupción” resulta más importante para la población, como se puede ver en las encuestas que abrumadoramente muestran el contundente apoyo a la decisión, que el impacto económico y el malestar que genera el desabasto que es visto como un mal necesario con el fin de hacer algo al respecto a la situación imperante.

El electorado quiere un combate a la corrupción y al huachicol, que rueden cabezas y haya culpables, y está dispuesto a sacrificarse por esto. No importa que falten una visión, hitos y metas claras, ni que falte planeación, que se lance el anuncio y una serie de acciones para combatir el robo de combustibles. Las omisiones en su planificación como los bajos niveles de inventarios en las entidades que serían afectadas, las medidas radicales sin priorizar acciones en una secuencia, entre otras, con la consiguiente maximización del desabasto y sin acciones diseñadas previamente para mitigar sus efectos, pasan a un segundo término. La guerra de cifras sobre los beneficios y el impacto del combate al huachicol, tanto de simpatizantes y detractores de las acciones, se enmarcan en el mundo de la posverdad.

Las fake news surgen por doquier y más que ayudar a clarificar las cosas y ver qué falta se vuelven municiones para la polarización. Estamos en un mundo en el que el electorado se ha vuelto hipersensible a afectaciones directas a su bolsillo e insensible a las afectaciones generales o no inmediatas. Así, se vuelve hipersensible al aumento del precio de la gasolina y se vuelve insensible al impacto sobre las finanzas públicas de ciertas decisiones, una suerte de “ojos que no ven corazón que no siente”. Y, por otro lado, también estamos en un mundo en que se privilegian acciones y estrategias, aunque no sean necesariamente efectivas, con tal de restaurar un pasado percibido como mejor, de justicia, de combate a la desigualdad y la corrupción, además de atender lo que se percibe como dejado de lado, en una suerte de favorecer la forma sobre el fondo del tipo “no me importa que me digas perro sino la perra forma en que me lo dices”. Estamos atrapados en esta noción de que es lo uno o lo otro, que no podemos tener las dos.

Es muy pronto todavía para saber cuál es el camino que esta nueva manera de hacer política impactará en los siguientes años en el mundo y en México. Las emociones son una parte fundamental de los seres humanos y parece que los partidos y los políticos tradicionales se olvidaron de esto. Y otros lo han visto con mucha claridad. ¿Hasta qué punto o cuál es el límite para privilegiar la conexión emocional sobre los hechos y datos objetivos al implementar una política? ¿Se puede hacer esto hacia el infinito y a cualquier costo? ¿Los políticos y partidos tradicionales tomarán responsabilidad por haberse alejado del electorado y lo que era importante para este? ¿Cómo lo harán? ¿Cómo serán oposición? ¿El electorado se hará responsable de que frecuentemente en cierta forma influyó con su comportamiento a que los partidos y políticos tradicionales se alejaran de la verdad? ¿Cómo se afectan las democracias representativas en el mundo de la posverdad? Finalmente, ¿es posible tener conexión emocional y hablar directamente al electorado al mismo tiempo que se diseñan políticas efectivas y responsables? ¿Habrá un apoyo continuo de la ciudadanía a las decisiones y políticas a cualquier costo si no hay resultados?

 

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