El cine de Nicolas Winding Refn siempre ha estado asociado a las sensaciones. Las atmósferas le importan más que los conceptos. Piensen en la escena final de Valhalla Rising (2008), en que un vikingo alcanza una epifanía y conoce qué hay más allá (al menos desde su perspectiva). Esas calles inundadas de neón y música electrónica de Drive: el escape (Drive, 2011). O la lucha de mudos símbolos del tarot en Sólo Dios perdona (Only God Forgives, 2013).

No es que sus trabajos anteriores no presentaran esa predilección por alterar los sentidos (como si estuviéramos en una pesadilla), sino que sus tres cintas más recientes muestran una intención por perfeccionar un estilo. Una experiencia, más que una emoción. Es el elemento estético que da forma y enmarca a El demonio neón (The Neon Demon, 2016), su experimento más reciente frente a la cámara.

Jesse (Elle Fanning) es una joven aspirante a modelo que acaba de llegar a Los Ángeles (su pasado en Georgia es nebuloso, por decir lo menos). Pronto llama la atención del mundo de la moda. Su belleza natural (“No tengo talento en nada, pero soy bonita. Puedo ganar dinero”) conquista instantáneamente a quienes la observan. Es el presente y el futuro de un mundo que se define por su efímera perfección. La envidia de sus compañeras de pasarela (sexual y físicamente) la transforman en un blanco (“¿Qué se siente ser cómo el sol durante el invierno?”). Se convierte en un lienzo sobre el que se funden todos los deseos (“Yo no quiero ser como ellos. Ellos quieren ser como yo”) y decide asumir su rol con aplomo.

El demonio neón se divide así en dos partes. La primera dedicada a la inocencia de su protagonista, su lenta pero segura transformación en una abstracción (“La belleza no lo es todo, es lo único). La segunda muestra la culminación de un ritual pesadillesco, en que el sacrificio es la única respuesta a las sensaciones provocadas por el personaje de Fanning. Pureza contra narcisismo.

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Winding Refn utiliza la hábil cámara de Natasha Braier (La teta asustada, The Rover) y los acordes de Cliff Martinez (Springbreakers, Contagio) para expresar plásticamente sus ideas. Éste es un mundo lleno de frivolidad y promesas incumplidas, donde el cineasta danés se muestra como un esteta consumado. Sus ideas quizá no sean muy profundas (después de todo, cualquier película sobre moda trata sobre lo mismo), pero nunca da pistas de que la profundidad sea importante.

Es un cancha donde todas sus influencias encuentran una salida o, de menos, un pase filtrado que confirma su presencia, desde Henri-Georges Clouzot (L’enfer) hasta compañeros de generación como Harmony Korine y Gaspar Noe, sin olvidar los retablos de maestros consumados como Peter Greenaway (El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante), Pier Paolo Pasolini (Teorema) y David Lynch (Terciopelo azul), combinados con la abrumadora presencia de los giallos de Dario Argento (es declarado fan de Inferno).

Nicolas Winding Refn propone un viaje que ataca las entrañas y el subconsciente. Un regreso al pasado (la imagen como narración pura) para dar un salto al futuro. Incoherente como el material del que se hacen las pesadillas. Artificial como forzada es la supuesta perfección de su prop principal (la distante Fanning). Aquí la imagen lo es todo, porque no podría ser de otra manera en un universo donde lo único que importa es la belleza.

Los juegos sensuales de Winding Refn tal vez no nos lleven a la reflexión existencial, como sí lo logra Jonathan Glazer (Bajo la piel), otro avanzado esteta moderno. Sin embargo, como el puma encerrado en la habitación, el danés quiere hacernos presa de un encierro más artificioso, de un engaño que aceptamos con gusto como un flujo de nuestra propia conciencia: el cine mismo.

 

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