El desarrollo se puede alcanzar más rápido donde hay el mayor desperdicio de talento humano: en las periferias. Pero no se trata de la ciudad; se trata de la gente.

 

Gran parte de la política pública, de alguna forma es una cuestión de desarrollo urbano, ya que finalmente más que 70% de los mexicanos viven en las ciudades. Si las ciudades van bien, el resto, de una forma u otra, también se puede ir resolviendo. La pregunta, naturalmente, es: ¿qué se debe entender por desarrollo urbano? Aunque parece sencillo, no necesariamente lo es. Es exactamente en estas preguntas filosóficas, de carácter más abstracto, que los economistas y tecnócratas se muestran muy fuera de su elemento. Los economistas de libre mercado, por ejemplo, tratan el concepto filosófico de la libertad con la misma sofisticación y finura que un niño de 10 años que quiere irse a dormir cuando quiere. Es en estos puntos conceptuales sutiles, pero básicos, que la sociedad está fallando en términos de debate y planeación.

Cuando hablamos de desarrollo urbano ocurre lo mismo. Todos tenemos una idea muy vaga, que asocia desarrollo urbano con edificios nuevos y grandes, mucho comercio y eventos culturales, y muchas novedades tecnológicos en el espacio público. Pero esta idea no nos sirve para mucho al momento de planear. Finalmente, no se pueden poner edificios sin ver su función, comercio sin clientes, cultura sin exponentes culturales, tecnología netamente como novedad sin que aumente el poder de los individuos sobre su vida. Muchas veces se busca recrear las apariencias del desarrollo urbano, mientras éstas, en realidad, son los resultados del desarrollo.

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En su libro La ciudad en la historia, el urbanista Lewis Mumford escribe que Atenas, en el siglo IV a. C., fue una ciudad de adobe sin mayor chiste arquitectónico. Los grandes edificios de mármol y monumentos fueron producto de la fase expansionista de la polis griega. La Atenas de los genios en filosofía, literatura, arte y organización política tenía una población mucho menor y desarrollo urbano netamente primitivo comparado con Cuautla. El desarrollo urbano no se mide en toneladas de mármol. En realidad es una cuestión de desarrollo humano. Si el desarrollo humano va bien, se expresará en formas que embellecen y dan proyección internacional a la ciudad, y cubren a sus regentes de gloria y votos.

Sin embargo, las ideas de lo que abarca el desarrollo humano van de las de economistas, para quienes equivale a los aumentos de productividad, a las de pensadores new age, para los que equivale a crecimiento espiritual. Cabe mencionar que, en términos de productividad, México no va muy bien con un crecimiento de 0.8% por año entre 1990 y 2012, según el reporte “A tale of two Mexico’s: growth and prosperity in a two speed economy”, de la consultora estratégica McKinsey, que abunda sobre el tema. Aún peor: el mexicano promedio era más productivo en 1981 que en 2012 –lo que quiere decir que producía más valor por persona–. No hay cifras para medir el estado espiritual de los mexicanos; sin embargo, si el comercio informal en lugares de peregrinaje fuera un indicador, probablemente tampoco sería muy alentador.

El punto es que los dos son funciones del desarrollo humano en su sentido más amplio, el desarrollo humano que, a su vez, es el factor impulsor de atrás de una vida urbana en auge. Es exactamente la capacidad de ciudades de fomentar el desarrollo humano y, por ende, de crear nuevas sinergias, que los hace polos de desarrollo. Por lo mismo, momentos históricos de gran impulso al desarrollo del individuo en distintos periodos como Atenas, Florencia, Nueva York, Londres y (por qué no –si hubiera mayor conocimiento histórico, sin duda entraría sin problemas en esta lista–) el Tenochtitlán de la Triple Alianza han sido sumamente urbanos en su naturaleza.

Lo que es el desarrollo humano es vago. Finalmente, cada persona y cultura tiene su propia concepción de ello. Lo que sí es claro es que si queremos un desarrollo real, éste implica ver las ciudades como máquinas de desarrollo humano. Esto tiene que ser el eje rector de la política urbana. Sin duda, la gran mayoría de los problemas que enfrenta México tienen que ver con el desarrollo humano, y la mayor tragedia del país es la pérdida de talento, no sólo entre la gente pobre, sino también entre las clases profesionistas, donde muchos saben a fondo que (pese a su sueldo) están malgastando su tiempo.

El desarrollo humano es de naturaleza vaga, ya que depende mucho de los valores de cada cultura qué es un ser humano completo. Para los griegos era una persona como Sófocles, a quien conocemos como uno de los más importantes dramaturgos de la historia, pero que también era general, estadista, bailarín y estudioso, y que sabía hacer todo. Hoy en día, una filosofía de hiperespecialización ha superado esta visión y hoy en día en muchos círculos es el “experto” que quizás es visto como el ser humano más realizado; al menos son los mejor pagados.

Para convertir las ciudades en máquinas de desarrollo humano es claro que se debe formular una visión más amplia del tema. El desarrollo humano es el adicto que se recupera, la estudiante que hace un viaje de estudios, el ama de casa que funda un club de cine, el dueño de una tienda de barrio que empieza a especializarse en un producto, también el contador que escribe una novela o funda un festival de cine . El desarrollo humano utiliza el conjunto de los pasatiempos y asociaciones de la gente. Y de allí, a su vez, pueden crecer nuevas asociaciones profesionales y económicas.

Al momento de planear intervenciones urbanas es muy importante mantener en alto su función final. Las intervenciones urbanas deben ser catalizadores no sólo económicos, sino también sociales. No se trata de la ciudad; se trata de la gente. Y el desarrollo se puede alcanzar más rápido donde hay el mayor desperdicio de talento humano: en las periferias.

 

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