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La economía mexicana y sus problemas no son un tema nuevo: bajo crecimiento, continua incidencia de pobreza en la población, baja productividad en todos los factores de producción, entre otros. Sin embargo, bien podría decirse que quizás el problema más importante, pues impacta de forma transversal a todos los demás, es la creciente desigualdad económica.

Hace unos días, los investigadores Alfredo Bustos y Gerardo Leyva, de INEGI, presentaron una corrección realizada a la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), para lo cual emplearon datos fiscales proporcionados por el SAT para el año 2012, con un resultado escalofriante.

De acuerdo con sus resultados, el 1% más rico del país captura 17% de todo el ingreso nacional; así el 10% más rico (el decil X en conjunto) captura 50.2% del ingreso nacional. Mientras, la suma de los deciles del I al V (el 50% de menos ingresos) apenas captura 11.8% del ingreso.

El 1% de las personas de más alto ingreso del país capturan una proporción mayor al 50% de menor ingreso en la población. El coeficiente de GINI, la medición más común de desigualdad, tras la corrección se eleva de 44 a 63 (0 siendo igualdad absoluta, 100 desigualdad absoluta).

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Estos niveles tan elevados de concentración del ingreso impactan de forma negativa en el crecimiento económico, afectan la vida pública y, por ende, la vida democrática del país, formando un círculo vicioso de desigualdad económica y política.

Es predecible que si la desigualdad en ingresos es tan elevada, la desigualdad en riqueza lo sea aún más, y esto representa un serio problema que impacta de forma más fuerte en la igualdad de oportunidades en la sociedad y, por lo tanto, en la movilidad social dentro de la misma.

Un país de baja movilidad social es un país que no puede alcanzar altos niveles de desarrollo, pues condena a un elevado porcentaje de la población a vivir en las mismas condiciones en las que nacieron y, por tanto, termina limitando las capacidades productivas del país, en particular en lo referente a la formación de capital humano.

El Centro de Estudios Espinoza Yglesias (CEEY), un think tank con trabajos importantes en movilidad social, ha encontrado que en México la probabilidad de que alguien que nace en el quintil más bajo de la distribución (el 20% más pobre) ascienda al quintil más alto, el 20% más rico) es de apenas el 4%. En pocas palabras, la elevada desigualdad en el país nos hace ser una sociedad estática.

Respecto al crecimiento, el impacto de la desigualdad es más que claro. La literatura es abundante en los mecanismos causales por los que una mayor desigualdad puede causar un menor crecimiento. La falta de aprovechamiento de oportunidades de inversión entre los más vulnerables, la falta de formación de capital humano y, por ende, limitando los aumentos de productividad, hasta los bajos salarios que inhiben un mayor mercado interno, todos los anteriores minando el potencial de crecimiento.

En pobreza, los mecanismos causales también resultan más o menos evidentes: una menos movilidad social condena a un número muy importante de personas a seguir en la pobreza. En México, las trampas de pobreza existen y su transmisión intergeneracional es un fenómeno recurrente. La desigualdad de oportunidades es un amplificador de las trampas de pobreza.

En la vida democrática del país, la desigualdad también representa un profundo obstáculo. En la democracia liberal, la elevada concentración del ingreso y la riqueza son poco deseados en la medida que minan la igualdad entre ciudadanos y permiten incidir de forma extraordinaria en la toma de decisiones colectivas.

La desigualdad económica en México facilita la captura institucional, y en la medida que esto sucede enfrentamos peores gobiernos, más separados de la realidad de la vida pública y más al servicio de intereses privados sobre los públicos.

En el contexto de las pasadas elecciones en el país, los efectos negativos de la desigualdad están de forma directa o indirecta relacionados con el malestar social.

Más allá de grandes reformas, el país requiere hacer un combate frontal a un problema presente en la gran mayoría de otros problemas, y la forma de hacerlo es a través de un gasto público mucho más progresivo y una recaudación fiscal orientada a contener el crecimiento de la gran brecha que cada vez se abre más entre todos los mexicanos.

Si no actuamos de forma decisiva en el combate a la desigualdad y sus efectos podríamos encontrarnos en el caso recién descrito por un par de investigadores del Banco de Italia, quienes encontraron que las mismas familias más ricas de Florencia en 1427, continúan hoy a casi 600 años siendo la misma elite económica.

Una situación así no sólo iría en detrimento de nuestra economía, sino que sería profundamente inmoral y tóxica para la vida pública del país.

 

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Correo: [email protected]

Twitter: @DiegoCastaneda

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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