“Me vale madre”, “a mí no me impacta”, o el ya clásico: “¿y yo por qué?” (Fox contestando a pregunta expresa sobre la intervención hostil en la toma del Cerro del Chiquihuite). Todas estas se han vuelto expresiones recurrentes y lamentablemente ya con cierta antigüedad cuando hablamos del porqué hacer algo en el momento que hay temas que no son aceptables a nuestro alrededor, independientemente de que, aparentemente, no seamos impactados de manera directa. En el fondo hay un enorme tema de ceguera colectiva y mezquindad multiplicada.

Lo que se necesita es una apertura de consciencias y perspectivas para entender bien lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Si bien es cierto que México no es la mugre que nos hicieron creer en el proceso electoral del año pasado (somos una economía vibrante, con una capacidad exportadora y diversificada envidiable, con una menor dependencia del petróleo que hace muchos años, con gran potencia en sectores de valor agregado para agro e industria, un mercado interno atractivo, un proceso de urbanización importante, y con un futuro promisorio por tener una situación demográfica, geográfica y comercial estratégicas), también lo es que tenemos enormes contrastes y una deuda social preocupante por una polarización en la que tenemos más de 50 millones de personas con carencias importantes, y de esos, unos 12 millones en condición de pobreza extrema, es decir, todas las personas que día a día, viven sin saber si podrán conseguir alimento, o incluso satisfacer sus necesidades.

Así es que no podemos seguir optando por marginarnos de los temas que impactan a nuestra sociedad, simplemente negando su existencia o fingiendo que no nos afectan, todas esas carencias nos deben doler en más de una manera. El simple hecho de que existan compatriotas que no gozan de las mismas oportunidades de desarrollo es razón suficiente para que todos estemos ofendidos y ocupados en generar un piso parejo. Para esto, es necesario entender cómo llegamos a esta situación y cómo debemos procurar resolver los problemas de fondo. En este sentido, los puntos fundamentales que deben ser atendidos a la brevedad, son: trabajo, educación, vivienda, alimentación, seguridad, justicia y cultura. Si esas variables no están satisfechas el desarrollo no puede ser integral ni democrático.

Lo primero, insisto, es reconocer que hemos tenido avances muy importantes durante las últimas décadas. Basta ver el crecimiento importante en vivienda, infraestructura, créditos al consumo, ventas de vehículos, números de tiendas de autoservicio, cifras de capacidad turística, entre muchos otros beneficios que dan cuenta del progreso y desarrollo constante de un México con mejores cualidades, óptimas para vivir. De igual manera, indudablemente se ha fallado en varias cuestiones, particularmente en lo que genera que la población posea menores recursos, así como diversos ingredientes nocivos como: la corrupción, impunidad y una violencia exacerbada.

Estos ingredientes han sido cribas y destructores de lo que podría haber sido un grado de avance mucho mayor que el que se ha logrado a la fecha. Tan solo lo acontecido en el sexenio anterior, bajo la responsabilidad de la dupla Videgaray/Peña Nieto (en ese orden para reflejar el grado de liderazgo y responsabilidad) quienes se comprometieron a ser promotores y tolerantes de una corrupción rapaz, además de que hicieron posible el enorme hartazgo de una población que se convenció de la oferta electoral de quien hoy ocupa la primera magistratura del país. Pero aquí lo importante es destacar que esos excesos solamente fueron posibles por la enorme pasividad de quienes pudimos haber hecho mucho más para destacar y denunciar el robo impúdico que se perpetró en los tres niveles de gobierno, abarcando todos los colores partidistas. Aunque los grados de omisión o complicidad pueden variar, me parece que un mea culpa bastante generalizado es impostergable.

Pero no se trata de lamentarse por lo ocurrido (aunque de alguna forma sí lo tendríamos que hacer), sino más bien, de tomar consciencia por todo lo que no hicimos antes para no caer en los mismos errores; ahora estamos enfrentando retos formidables, tenemos el impacto acumulado de los sectores que han sido negligentemente ignorados, y el nuevo embate de la inmersión a un gobierno que pretende, con quizá buenas intenciones, resolver los problemas de los sectores más débiles con políticas públicas de dudosa planeación, nula sustentación económica y cuestionables parámetros de desempeño.

No podemos cometer el mismo error, aunque los actores en el gobierno sean distintos. El reto es formidable porque con el bono electoral que se le otorgó a AMLO y la 4T, las expectativas son colosales y la confianza ciudadana parece bastante ilimitada, a pesar de las pifias cometidas en varias áreas claves. La ciudadanía debe ser participativa como quizá jamás lo haya sido, no solamente para evitar convertirnos nuevamente en cómplices, sino porque ahora se corre el riesgo de que no solamente no se corrija lo que no ha funcionado, e incluso lo que sí funcionaba se derrumbe, generando un potencial escenario desolador donde paradójicamente los grandes sectores de electores que otorgaron la victoria electoral a Morena, sean finalmente los que resientan un mayor impacto por un irresponsable uso del erario público. Lo que estamos viendo es una estrategia para dar recursos en forma asistencialista, erosionando la confianza para la inversión privada, no generando así las bases para un crecimiento sostenido, y por lo mismo, abatiendo las posibles fuentes de recaudación, de donde deben surgir naturalmente los recursos que el gobierno utiliza para sus programas con la población.

. La preocupación es no solamente la pasividad actual, con respecto a la de otras épocas, además ahora la intrépida ligereza con la que se están tomando decisiones por parte del Ejecutivo Federal, ya sea en temas económicos (cancelación del nuevo aeropuerto de Texcoco; manejo inadecuado del problema de endeudamiento de Pemex); sociales (suspensión de programas para estancias infantiles y casas de apoyo a personas sujetas a violencia); políticos (iniciativa de revocación de mandato; uso de súper delegados estatales); transparencia (adquisiciones millonarias por la vía de adjudicaciones directas, encargar a fuerzas militares obra pública y cuestiones ajenas a su competencia); ambientales (Tren Maya y nueva refinería sin sustento o estudio de impacto alguno); energéticos (suspensión de todos los procesos de energías renovables y resurrección de uso de carbón); seguridad y justicia (Guardia Nacional sin un esquema de consolidación y fortalecimiento de las instituciones civiles municipales, estatales y federales, así como prisión preventiva oficiosa como excepción a la presunción de inocencia); estructurales (precios de garantía, regreso a condiciones monopólicas de Pemex y CFE); convivencia (notoria intolerancia ante disidencias y opiniones diferentes, incluyendo ataque frontal a organizaciones de la sociedad civil); derechos humanos (propensión al ataque de libertades e instituciones que ha costado muchos años de consolidación, el ataque argumentativo en la tribuna mañanera, sin respeto al debido proceso y sin uso de información confidencial), y, en general, contra un verdadero Estado de Derecho.

Hoy corremos un riesgo mayúsculo al adentrarnos a una zona de turbulencia económico-financiera. El impacto de una desaceleración mundial, hermanada con una lesión a la confianza en México por la pérdida del grado de inversión, o una sistemática fuga de capitales, traerá consigo un alto abrupto en la economía, con consecuencias potencialmente muy adversas, y quizá incluso irreparables a corto plazo.

No queremos ser fatalistas, sino más bien previsores. Actualmente, el daño no se ha consumado, pero de no variar la ruta se va a materializar muy pronto. Hay una preocupación real de los servidores públicos que conocen sobre estos factores económicos y de confianza; incluso los funcionarios del Banco de México saben que el tipo de cambio se ha sostenido por el premio que estamos pagando en intereses y no como resultado de inversiones en activos fijos, que es lo que el país desearía en un entorno de confianza y crecimiento que claramente no existe en este momento.

De esta manera, se abre la coyuntura para que en nuestro país se detone con gran fuerza una participación ciudadana permanente, que se transforme en el contrapeso que ha faltado en muchos años, actualmente tan necesario e importante, esto al haberse derrumbado los cimientos de los que dicen tener carácter institucional por la abrumadora victoria electoral de Morena. Tenemos una enorme oportunidad de pasar de la complicidad y la pasividad, a la acción permanente y un sentido propositivo en todo momento. Solamente así haremos que lo que ha sido una mala secuela de inacción dé paso a una exigencia permanente, a no ser miopes ante los enormes rezagos que ahora exigen una actitud distinta. No más de esa indiferencia maldita.

P.D.1.    Hablando de posibles hechos positivos corre el rumor de que en la oficina del presidente de la República se analiza seriamente rescatar el proyecto del NAIM en Texcoco, bajo una fórmula que funge como un proyecto bajo la entera responsabilidad del sector privado y con una concesión donde el gobierno tendría derecho a una contraprestación e ingresos importantes por la operación. Esta decisión sería una gran señal de capacidad de enmienda, flexibilidad para apuntar hacia mejores decisiones, y en el fondo, una forma de mostrar madurez y contundencia en buscar los mejores equilibrios para resolver interrogantes en cuanto a la forma de corregir decisiones dudosas. Ojalá y pronto nos despierten con esta gran noticia, de la cual los principales benefactores serán todos los sectores sociales del oriente de la CDMX, mismos que hoy no tienen un futuro de mejoría tangible, y en forma directa, los miles de mexicanos que dependen de actividades como turismo, transporte, logística, servicios, etc.

P.D.2.    La preocupación que genera la iniciativa de revocación de mandato como una figura profundamente antidemocrática (a pesar de su apariencia inmediata) no es menor. Es un ingrediente peligroso, manipulador y de fácil distorsión en un mecanismo para preservar poder, influir en elecciones, y eventualmente, extender un periodo fijo. No debemos permitir semejante atrocidad.

 

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