Un despido es una de las experiencias más duras que se experimentan en la vida laboral. Sin importar si el despido se debió a un recorte generalizado, una fusión o tuvo un carácter totalmente personal, el tema tiene notas dolorosas y traumatizantes. Además están los ingresos que ya no van a llegar.

La emergencia desdibuja la posibilidad de observar. Es un choque que nos deja aturdidos. Y aunque no es una realidad deseada, nos plantea una de las mayores pruebas de la capacidad que tenemos para salir adelante.

Cuando hemos sido despedidos, pocas veces vemos la ventana de oportunidad que se nos está abriendo porque no nos detenemos a reflexionar.

Lo cierto es que los educados por padres baby boomers y de generaciones posteriores tenemos muchos problemas en términos de tolerancia a la frustración. Para ellos, el trabajo es una seña de identidad y de relevancia extrema, la productividad y el ocio son temas incompatibles, y tienden a suavizar mucho el impacto de las malas experiencias. El lema era: “ten cuidado que se va a traumar”.

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En esa condición, todos los nacidos después de 1965 tratamos de darle la vuelta a las razones que nos disgustan o nos afectan. En un afán por suavizar lo que está pasando, llegamos a la distorsión.

Por ello, al ser despedidos tomamos uno de dos rumbos totalmente divergentes: le echamos la culpa al jefe, a las condiciones de la industria, al entorno económico, o nos torturamos dándonos de latigazos a la autoestima, sintiendo que no valemos y que nuestros conocimientos y experiencia son irrelevantes.

En realidad, la mayor parte de las veces ambos extremos son alternativas equivocadas. Antes de sacudirnos el polvo y acomodarnos las plumas, sería muy bueno entrar en un proceso de análisis para encontrar lo que efectivamente sucedió. La mejor elección es hacernos cargo de las razones que produjeron el despido.

En cualquier caso, antes de implementar un plan de acción para seguir adelante, antes siquiera dar el primer paso, reflexionar sobre lo sucedido nos puede ahorrar otro descalabro. Es decir, si fuimos despedidos por ‘incompatibilidad de caracteres’ con el jefe, sería absurdo ponerlo como referencia al empezar a buscar un empleo nuevo.

Mejor averigüemos cuáles fueron las causas de un desencuentro fatal. Más aún, al entrevistarnos para otra posición es mejor tener claras las razones por las que ya no estamos en el anterior puesto para explicar sensatamente por qué estamos entrevistándonos para una nueva posición.

Si no hemos meditado y llegado a conclusiones que podamos comunicar adecuadamente, es muy probable que el entrevistador llegue a otras que no nos sean favorables.

Si echamos la culpa a los demás, perdemos de vista la forma en que podemos arreglar lo que falló en primera instancia. Aun en el escenario de haber sido despedidos en forma injustificada por un energúmeno irracional, nosotros tenemos una parte. Haber elegido y aceptado trabajar en esa circunstancia es nuestra responsabilidad, a menos que alguien nos haya puesto una pistola a diario para ir a trabajar, lo cual resulta poco probable.

Si el despido fue masivo, hay que pensar por qué fuimos nosotros los elegidos para dejar la empresa y no pertenecemos a los que sí se quedaron. La pregunta pertinente es: ¿cuál es la cualidad que me hizo falta para permanecer en vez de ser despedido? Lo mismo con las fusiones: ¿cuál fue el motivo que llevó a alguien que aun sin conocerme prefirió formar equipo con otro y no conmigo?

Ponernos frente al espejo nos ayuda a evaluar mejor lo que vio la persona que tomó la decisión de dejarnos ir. Sí, pero sin sacar el látigo para fustigarnos la autoestima. Con toda objetividad, si nos falta actualizarnos, hay que ponernos a la vanguardia; si no tenemos habilidades para trabajar en equipo, hay que adquirirlas.

Es difícil ver el reflejo. No nos gusta responsabilizarnos de los errores que cometimos. Y hay algunos que son fáciles de resolver con sólo darnos la oportunidad de análisis.

Según la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), las principales razones que llevan a un jefe a despedir a sus empleados son:

  1. Falta de un comportamiento ético.
  2. Indisciplina laboral.
  3. Falta de adaptación al equipo de trabajo.
  4. Fallas en la productividad.
  5. Ausentismo.
  6. Falta de cumplimiento.
  7. Problemas personales.
  8. Problemas de salud.

Comprender los principales motivos que tiene un superior para pedirle la renuncia a un empleado puede encender señales de alarma y puede ayudar a evitar verse en la situación de ser despedido otra vez.

Sea la razón que sea, siempre hay una manera de arreglarlo antes de salir a buscar empleo. La falta de capacitación se remedia estudiando; la probidad debe ser una de las mejores prácticas con las que debemos de contar en nuestro repertorio; obedecer las reglas y alinearse a los estatutos de la empresa no es un acto voluntario, es una obligación; el empleo, incluso en los niveles de alta dirección, es una actividad subordinada; los problemas personales o de salud no deben invadir el ámbito laboral al grado de incapacitarnos. De ser así, entonces hay que resolverlos primero. Parece duro, pero es más duro encontrarse en una situación de despido.

Sé que abundan los consejos para salir al mercado laboral de inmediato y ponerse en circulación lo más rápido posible; sin embargo, no me parece correcto.

En este caso, tal como narra Benito Pérez Galdós en Los episodios nacionales, sobre lo dicho por Fernando VII, aplica: “Vísteme despacio que voy de prisa.” Y dicen que, por eso, el emperador Augusto decía: “Camina despacio si quieres llegar a un trabajo bien hecho.”

En todo caso, cualquier experiencia, por dura que sea, incluido un despido, debe ser una oportunidad para salir fortalecido. En esta condición, el análisis de la evidencia, con un rigor de objetividad, nos puede llevar a detectar aquello que en la estridencia del drama no alcanzamos a ver. Ni toda la culpa es del entorno ni el tormento del látigo es lo adecuado. Ante todo: más análisis y menos juicio.

 

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