Si bien ha sido un elemento largamente discutido y planteado por los políticos, parece claro que los verdaderos actores de este tema somos los ciudadanos de la ciudad capital de México, quienes estamos totalmente ignorantes y alejados de cómo se están tejiendo las tramas de intereses de las élites. Las señales muestran los cotos de poder, que se pueden convertir en un galimatías de supuestas ideologías.

Parece indispensable tener el proyecto para la zona geográfica más significativa del país con una visión y vocación a los próximos 100 años que nos permita iniciar la construcción de un proyecto de gran envergadura con un objetivo de grandeza. Esta visión debe tomar en cuenta lo que sí tenemos como ventajas y neutralizar las grandes deformaciones en que estamos inmersos los capitalinos.

La Ciudad de México ha sido por muchos años el centro económico y financiero del país y continuará siéndolo, aparte de tener la sede de los poderes federales. Las cifras son contundentes: la Ciudad de México aporta el 17% al PIB nacional, aunque hace 25 años aportaba 24%, situación que muestra, por una parte, que el país en conjunto ha crecido más en el aspecto económico. Por otra parte, ha habido un verdadero deterioro económico en esta zona del país porque no ha mantenido su proporcionalidad, aunque la economía hubiera crecido. En este mundo globalizado, las comunidades que compiten son ciudades, no países; esto nos obliga a defender cuál va a ser el nivel de desarrollo de esta ciudad, que por sí misma no está aislada de las interacciones económicas de los estados concurrentes. En ese sentido, una visión holística dentro del contexto regional y nacional como internacional obligará a adecuar nuestras leyes de manera que sean operables dentro de un Estado de derecho que permita ser el detonador de desarrollo de un bienestar demandado para las futuras generaciones.

Peligroso será diseñar y construir este nuevo proyecto con bases del pasado. Esto sería traicionar las esperanzas de una vida digna de millones de mexicanos.

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¿Cómo se debe armonizar una constitución que no es más que una línea de conducta con las actitudes existentes de intereses no sólo dentro de la ciudad, sino también a nivel nacional para que puedan ser congruentes y de avanzada?

Hoy nos rige nacionalmente una Constitución de 1917 que se formó en un contexto económico y social con objetivos de estabilidad después de una Revolución. Hoy que vemos su realidad operativa y comprobamos que en la realidad ha habido muchos cambios y parecería que lo único intacto son sus pastas porque en estos 100 años han tenido que hacerse más de 696 cambios, quedando solamente 22 párrafos con la redacción original.

Esto nos da una señal inequívoca de que requerimos un proyecto de largo plazo con guía, con sustento, con fundamento que nos aglutine a los capitalinos con objetivos comunes.

El riesgo en que estamos es enorme, ya que si no se cumplen las expectativas que ha generado esta decisión para lograr el bienestar de una población ansiosa de tener un mejor futuro no va a recibir el apoyo de sus habitantes, y esto creará una insatisfacción social que a nadie conviene.

La historia será muy crítica. Hay que evitar que esta Constitución para la Ciudad de México se convierta en letra muerta por su incapacidad operativa. Quizás estará llena de buenos deseos o envenenada por intereses personales y de grupo, pero no debe ser suficientemente realizable por falta de lógica y congruencia.

Los cambios que vendrán en los próximo 100 años son enormes, tanto en tecnología como en desarrollo humano, infraestructura y educación. ¿Deberíamos hacer un acto de fe en que se tomara en cuenta todo esto en la redacción de la nueva Constitución? El tiempo lo dirá.

Los capitalinos estamos en un parteaguas, ¿seremos participantes o indiferentes? Es una pregunta a responder.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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