El emprendedor corporativo debe enfrentarse al status quo, al rompimiento de paradigmas y al anquilosamiento de ideas y formas de hacer las cosas que lo obligan a nadar contracorriente.

 

 

En una entrega anterior hablamos sobre las diferencias entre el emprendedor y el intrapreneur o “emprendedor corporativo”.

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En esta ocasión me gustaría continuar abordando el tema, considerando que este tipo de emprendimiento se hace cada vez más obvio y adquiere mayor relevancia en las organizaciones.

Partimos del principio de que emprender es un acto fundamentalmente humano que, si bien durante muchos años se vinculó casi exclusivamente a la creación de nuevas empresas, tiene un sentido mucho más amplio y profundo: emprender significa realizar acciones para hacer algo, con esfuerzo y trabajo. Emprender es un acto de acción funcional que pone en movimiento algunas de las cualidades más exaltadas del ser humano al ofrecer soluciones creativas e innovadoras para problemas ordinarios o extraordinarios.

Así como la creatividad se expresa en diferentes formas para diferentes personas, podemos ser emprendedores prácticamente en cualquier área de nuestra vida y en cualquier escenario donde nos desarrollemos a nivel personal y, fundamentalmente, profesional.

En los espacios de emprendimiento donde el objetivo es crear nuevas empresas, el emprendedor se desarrolla en un ambiente en el que, de manera natural, la creatividad, la innovación, el riesgo, el cambio continuo, son cotidianos. Pero cuando pensamos en emprender en ambientes más institucionales (emprendimiento corporativo o “intrapreneurship”), las cosas cambian.

Obviamente, el primer reto del emprendedor corporativo es que en la acción de emprender no va solo: debe enfrentar al status quo, al rompimiento de paradigmas y al anquilosamiento de ideas y formas de hacer las cosas que lo obligan a nadar contracorriente. Autores como Peter Drucker definen a este tipo de emprendedor como alguien que “trastorna y desorganiza”, situación que para muchas instituciones puede causar, en el mejor de los casos, molestia, y en el peor, una verdadera disrupción.

El emprendedor básicamente es un tomador de riesgos que está buscando constantemente una mejor manera de superar obstáculos, situación que no es bienvenida si consideramos el número de empresas en el que todavía se recomienda coloquialmente “no hacer olas”, “no arreglar algo que no está roto”, y frases del estilo.

Es muy interesante la manera en la que el ecosistema de emprendimiento entendido como creadores de nuevos negocios ha desarrollado también una “red de soporte” emocional y psicológico para los valientes aventureros que se deciden por este camino, pero dicha red es prácticamente inexistente para los que emprenden desde y para la organización.

Consideremos que el emprendimiento corporativo ya no es una opción: para seguir compitiendo las empresas necesitan encontrar soluciones innovadoras constantemente, no sólo en productos y servicios, sino en la operación, la estrategia, la investigación…. En este sentido la mentalidad emprendedora se vuelve cada vez con mayor frecuencia una necesidad y las características y habilidades de un emprendedor pueden ser un valioso activo para una organización que debe pasar por continuos procesos de adaptación a los cambios del ambiente donde se desarrolla.

Si tienes tu propia empresa, o trabajas para alguna, la reflexión siempre es: ¿cuál es mi aportación al emprendimiento de mi organización? ¿Soy un facilitador del emprendimiento, o soy un obstáculo más de los muchos que los emprendedores corporativos deben superar? Y lo más importante: Juega el rol de emprendedor dentro de tu organización y aporta al cambio.

 

 

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