El escepticismo y negativismo nos están costando mucho. Es como acelerar un coche con el freno de mano puesto; no es que no camine, sino que no camina a la velocidad que podría. Así que quita el freno y acelera a fondo. Y empieza con lo que dices.

 

Hablar de liderazgo no es siempre algo que resulta atractivo o del interés de todos. Existen innumerables puntos de vista, opiniones, conceptos y visiones. He de reconocer que existe una cierta jerga que a veces hace pesada y hasta chocante la conversación. Sin embargo, cuando uno ve el liderazgo queda bastante claro que lo está viendo y es muy fácil distinguirlo. También queda muy claro que el liderazgo no tiene que ver con la jerarquía, rango o posición dentro de una organización, ni con el conocimiento ni la educación, sino con ciertas formas de ser que presentan algunas personas en determinados momentos.

De hecho, esta confusión de que el liderazgo tiene que ver con la jerarquía, rango o posición en una organización es precisamente una forma sutil de justificar el no ejercer el propio liderazgo personal. En realidad, el liderazgo es bastante democrático –al igual que lo es la falta del mismo– y tampoco es patrimonio de superhombres o visionarios, sino más bien una cualidad bastante más humana.

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El liderazgo se ejerce de muchas maneras y predicar con el ejemplo es, sin duda, la prueba reina. Siempre escuchamos que el ejemplo arrasa, y es cierto: no hay mayor convencimiento e inspiración que el que se logra con el propio ejemplo. Le damos poco peso al tema de las palabras en el liderazgo y tenemos esta noción –un poco extraña, por cierto– de que “a las palabras se las lleva el viento”, aunque en el fondo todos sabemos que cualquier acción primero fue creada en nuestra mente –en nuestro cerebro– y que la forma en la que nuestra mente escoge las acciones que emprende y con las que logra resultados surgen a partir del lenguaje. Acciones finalmente expresadas en palabras y conversaciones. En los países ocurre igual: como en las personas, el liderazgo se crea en el lenguaje.

En el México de hoy, lo que uno escucha de muchos de los líderes en diversos ámbitos de la vida nacional es una constante muy definida en sus conversaciones: la falta de una posibilidad. Baste abrir un periódico o revista para darnos cuenta de lo enraizada que está este tipo de conversación entre nosotros; incluso nos suena a la misma verdad. Líderes empresariales diciendo que “no invierten porque no hay confianza” pero que “el gobierno invierta” o “que se acabe la corrupción”, como si sólo delinquiera el que pide y no el que paga. Líderes de intelectuales diciendo que el país está “secuestrado” y que no “se le ve salida” porque “la ventana de oportunidad que tuvimos se cerró”. Líderes de organizaciones de la sociedad civil (OSC) que dicen que emprendieron una causa buena porque las cosas estaban “muy mal”, sin darse cuenta que “no tiene que haber algo malo para que haya algo bueno”. En realidad, a eso se le llama compromiso y no necesita ninguna razón. Escuchamos todo el tiempo, en las famosas declaraciones, un sinnúmero de razones por las cuales “no se puede” hacer esto en México, que “no se puede hacer lo otro”, que “estamos mal” o “vamos para peor” y que somos “el único país” en que algo catastrófico pasa, una suerte de que tenemos el patrimonio de lo “malo”. Y así, cuando no logramos algo, pues “era lógico” y de esperarse. Cuando estamos teniendo éxito en algo, más vale ser pesimista y pecar de precavido cubriéndose. Cuando sí logramos algo, al final resulta que podríamos haber ganado siempre, todo el tiempo, todas las veces; así que no fue gran cosa. Es más, estamos tan metidos en esta conversación que nos parece normal este lenguaje pesimista y escéptico. Algo así como que los “líderes” no pueden soñar ni visionar ni inspirar, porque la realidad es que, muy en el fondo, sabemos que “no podemos” o “no se puede” tal o cual cosa. Es como si todo ya estuviera predeterminado, no hubiera nada que hacer y las cosas ya tuviesen un camino definido. Como si fuésemos una especie de víctimas de un conjuro en contra de nuestra voluntad que nos deja como granos de sal en el mar, sometidos a la voluntad de las mareas.

Una variante tácita en estas conversaciones de carencia de posibilidad es que quien tiene el poder de hacer la diferencia es siempre alguien más. Hablamos como si el poder de hacer algo le correspondiera a alguien más “allá fuera” que, simplemente, no soy yo. Así, todo es responsabilidad del vecino, del administrador o, la preferida de todos, del gobierno. En esa conversación todos somos ciudadanos de “a pie”, que buscamos a los que sí tienen “el poder” para que hagan lo que hace falta. Y nos quedamos viéndonos los unos a los otros.

Es importante captar que nuestras conversaciones no son neutrales y que sí crean un mundo. Las expectativas económicas están creadas a partir de lo que decimos, así que afectan de forma directa la rentabilidad de los proyectos y las inversiones. El componente subjetivo o de apreciación personal siempre está presente. Una conversación estructurada hacia la posibilidad de algo está anclada en los datos duros viendo hacia adelante, valorando lo que tenemos, viendo lo que hace falta y encontrando el cómo sí logramos algo. La conversación de posibilidad busca llevar a cabo los proyectos, acciones, sueños, y encuentra la forma sin importar qué.

Es paradójico, pero, a veces, quienes menos hablan de posibilidad y de rendir cuentas son las personas que ocupan posiciones o juegan un papel de liderazgo formal en la sociedad. Y de repente me pregunto qué hubiese pasado si Gandhi se hubiera parado y dirigido a las masas diciendo que “India nunca será independiente de la corona británica y además yo no puedo hacer nada al respecto”, o si Mandela hubiese dicho: “dudo que nuestro esfuerzo rinda algún fruto y hagamos lo que hagamos siempre existirá el apartheid en Sudáfrica”. No habría pasado nada, pero absolutamente nada, en esos países. Suena ridículo y absurdo, pero no lo es. Baste ver, leer y escuchar nuestros medios y darnos cuenta que están llenos de esto. Que si el crimen, que la corrupción, que no llegaremos al quinto partido en el Mundial, que no seremos la quinta economía más grande del mundo en el 2050, etc. Todo es un dramón y una tragedia. Y lo más impactante de todo es que nuestras conversaciones con la familia, en el café, en el trabajo, con nuestro equipo, con nuestros colaboradores, son exactamente las mismas. Nos guste o no, ésas son.

Estar en una conversación donde no hay posibilidad no hace una diferencia en el mundo. Se ha vuelto una suerte de “deporte nacional”, un tema común para conocer gente en la calle y una forma rápida de caer bien. Menos es sinónimo ni de inteligencia ni de conocimiento ni de avanzada. Es sólo ser resignado y estar de alguna forma muerto. Lo que hace una diferencia es estar en conversaciones de posibilidad, enrolar a otros en éstas y no dejarse llevar por las propias frustraciones y desánimo. Si repetimos y repetimos las mismas conversaciones, pues tenemos lo mismo, los mismos resultados.

Ahora voy a decir algo extremadamente radical. Estar en una conversación sin posibilidad en el México de hoy es ser “políticamente correcto”. Es ser extremadamente conservador. Y siendo “políticamente correcto” tendremos más de lo mismo, de lo que no quieres, de lo que ya tienes y de lo que no funciona. Lo “políticamente correcto” no transforma al mundo, lo deja igual. Ni Galileo, ni Colón, ni Kennedy cuando anunció la carrera hacia la conquista de la Luna fueron “políticamente correctos”, y no tenían el acuerdo y la aprobación de los demás. Y seguro ni el Chicharito. ¿Cuándo fue la última vez que te atreviste a romper con los demás y a romper el acuerdo de que “no podemos”? Quedarse callado “quedando bien” tiene un costo muy alto. Estás hipotecando tu futuro.

Las familias, las empresas y los países son redes de conversaciones. Cuando las conversaciones se escalan y se aceptan por todos se vuelven un acuerdo. El acuerdo generalizado es sólo eso, un acuerdo. No es la realidad. La mejor ancla para conocer la realidad son los datos duros. No importa nuestra “sensación”, “impresión”, “creencia”, “humor”, lo que “creo que debería ser” o lo que “me dijeron”; el dato duro trae objetividad. La dirección a las conversaciones se las damos dirigiéndonos hacia la posibilidad de algo. Lo demás es paja.

Por extraño que parezca, es necesario que traigamos funcionalidad a nuestras conversaciones. Que nos sirvan para crear lo que queremos, para inspirar a otros, para crear cosas que no existían antes y que hacen una diferencia. Alimentemos las conversaciones que queremos y dejemos morir a las que no queremos. Y es cierto: una conversación de posibilidad no garantiza el éxito de un emprendimiento por sí misma –se requiere cumplir nuestros acuerdos y mucho más–, pero una conversación sin posibilidad basta para que nos quedemos atorados con lo que ya tenemos.

El pesimismo, negativismo y escepticismo nos llevan a no emprender proyectos y a esperar –quién sabe a qué– con el impacto directo en el crecimiento. Es como acelerar el coche con el freno de mano puesto; no es que no camine, sino que no camina a la velocidad que podría. Y esto se liga claramente con el tema del ritmo de crecimiento de la economía. ¿Que no crecemos como queremos y necesitamos? Pues a quitar el freno de mano y acelerar a fondo. Y empieza con lo que dices.

 

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