Este texto fue publicado originalmente el 9 de agosto de 2017.

 

El anuncio de la salida del contenido de Walt Disney Co del catálogo de Netflix tomó al mundo por sorpresa la tarde del martes y es la señal más reciente de que los tiempos están cambiando.

Estos tiempos, por cierto, duraron muy poco. Netflix cumple 20 años de edad, de los cuales lleva 10 ofreciendo un servicio de streaming y poco más de 18 meses como un servicio realmente global.

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Si se busca el término “disrupción” en el diccionario, habrá una foto de Netflix. La compañía fundada por Reed Hastings para sacar del mercado a Blockbuster (prueba superada) lleva relativamente poco tiempo en el mercado, y a pesar de ello revolucionó varias industrias en el proceso: la televisiva, la cinematográfica e incluso la de servicios de almacenamiento y telecomunicaciones (en 2015 acaparaba 35% del ancho de banda en Norteamérica).

Hastings y compañía, visionarios al fin, sabían que Netflix no duraría mucho como la única oferta y comenzaron a crear contenido original hace cuatro años. Su primer título fue House of Cards, en 2013. Hoy la lista se extiende a más de 50 producciones que incluyen series nuevas, continuaciones de series que habían sido descontinuadas por cadenas de televisión tradicionales, películas y documentales.

Netflix es hoy, más que nunca, un creador de contenido más que un servicio de distribución (gastará 6,000 millones de dólares este año para tal fin), y una muestra de ello fue la relativa calma que privó entre los inversionistas tras el anuncio de separación de Disney. A pesar de que la salida no se dará hasta 2019, Wall Street reaccionó con más calma ante los títulos de Netflix (que caían 2.2% en la apertura del día siguiente del anuncio) que con los de Disney (que perdían 4.5%). En buena medida, los mercados saben que noticias como ésta seguirán dándose.

Que Netflix produzca mucho contenido está bien, pero como usuario no puedo dejar de lado la sensación de que el servicio de hoy no es el que contraté hace unos años. Sí, están House of Cards, Stranger Things y Jessica Jones, y mis favoritas BoJack Horseman y Buddy Thunderstruck, pero también hay un catálogo de películas cada vez menos sexy en el que es más fácil caer dormido antes de encontrar algo convincente que ver.

Disney, por su parte, tiene todo en sus manos para crear un servicio de steraming. Para empezar, cuenta con un catálogo robusto de producciones, buena parte de él muy cotizado (muchos de sus clásicos no están en Netflix y están a la venta en iTunes por 200 pesos, por ejemplo), siendo dueña de Disney Studios, Pixar, Lucas Film, Marvel Studios, A&E, la cadena ABC, ESPN y la distribuidora Touchstone Pictures, entre muchas otras cosas.

Lo que no tiene Disney es experiencia en el ámbito del streaming, al menos no de la categoría de Netflix. Ya otros lo han intentado y sufrido en el proceso (HBO Go tiene una pobrísima interfaz de usuario y ni hablar de los problemas de acceso a su servicio). Eso tiene solución, y quizá por ello es que el acuerdo de separación comenzará sólo en Estados Unidos, una plataforma de despegue que, seguramente será escalada para volverse global en los años siguientes.

Al final, las empresas creadoras de contenido saben que pueden hacer mucho más dinero eliminando al intermediario y distribuyéndolo ellas mismas. Lo hizo Televisa, ahora Disney, y seguirán haciéndolo cada vez más compañías. Es un pastel tan grande que incluso Apple, YouTube y Amazon están invirtiendo en contenido original (esta última, 4,500 millones, de acuerdo con Vanity Fair).

El resultado será una fragmentación del catálogo en decenas de servicios e, inevitablemente, llegarán nuevos modelos de negocio en los que el cobro no sea necesariamente por suscripción mensual, sino por “renta” de un título en particular (tal como lo hace iTunes).

También llegarán nuevas formas de consumo, en vez de pagar por una suscripción mensual a Netflix, otra para Amazon Prime Video y una más para HBO Go, cada vez más usuarios optarán por pagar un servicio por mes, dependiendo de lo que haya en el catálogo.

Lo que queda claro es que nada volverá a ser igual, lo que aún está por verse, es cuán positivo será el cambio para los usuarios.

 

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