Donald Trump es un político disruptivo fuera del estilo que hemos visto en décadas. Igual está de acuerdo con unos que con otros, su agenda es diferente. Sus tácticas de negociación están más cerca del mundo de los negocios y mucho más lejos de las concertaciones y acuerdos tradicionales de los políticos. Hace uso del peso y la posición a la hora de negociar, le importan menos quedar bien y las buenas maneras. Su diagnóstico es sencillo: para mover a Estados Unidos y “hacerlo grandioso otra vez”, hay que sacudir a su clase política que lo ha llevado al estancamiento y a aceptar cosas que considera son inaceptables dado su peso en el mundo.

El anuncio de la imposición de aranceles de 5% de forma escalonada por mes a todos los productos mexicanos empezando el 10 de junio hasta llegar a 25% argumentando que México no ha detenido el flujo migratorio de Centroamérica, así como el flujo de drogas, es un parteaguas en la relación bilateral. El impacto potencial de estos aranceles podría llegar a los 90 mil millones de dólares y aumentar los costos a los consumidores estadounidenses de todo lo producido en México, así como trastocar la compleja cadena de suministro de productos que cruzan la frontera muchas veces como lo es el caso de las manufacturas especializadas.

Si bien es cierto que no es claro que tanto es que esto vaya en serio por las afectaciones a los consumidores e industria estadounidenses, lo cierto es que esto ha impactado ya al tipo de cambio en México y ha acrecentado la turbulencia para la inversión en Norteamérica. Recordemos que durante la actual administración la política había sido no hacer caso a las bravuconadas en redes sociales “para no engancharse” y de esa manera transitar cualquier diferendo. La aceptación tácita de nuestras autoridades a ser -de facto- un tercer país seguro y nuestro silencio como política no han rendido frutos contra el bully del Norte. Al mismo tiempo que recibimos este zape, Trump urge al Congreso de los Estados Unidos a aprobar el T-MEC.

Esta movida ha forzado necesariamente una respuesta del presidente de México, que ha sido en tono conciliador, de “entablar un diálogo” con “base en principios” y destacando las grandes relaciones de mandatarios de los dos países en momentos críticos. La pregunta clave aquí es si la retórica de amistad y no confrontación, de “buscarle el modo”, rendirá frutos considerando que no lo hizo antes. También podemos presionar con represalias a productos clave en estados clave, como lo hemos hecho antes, y dejar que los consumidores e industria de nuestro vecino pongan el grito en el cielo.

Y sí es momento de cerrar filas con nuestra nueva administración, pero con dignidad. De ser claridosos y determinados también afuera, como lo somos contra muchos acá adentro. ¿O no? Incluso, podríamos intentar entrar en el juego de lo disruptivo y dejar el enfoque tradicional (¿conservador?) de que “me pegas porque me quieres”. Cada vez queda más claro que ante los cambios en el liderazgo en Estados Unidos, México necesita más amigos en la “cuadra”. Y la geopolítica siempre ayuda, si la queremos usar. Es momento de balancear la relación bilateral en función del gobierno de nuestro vecino Hay que echarle “montón” inteligentemente al problema. Acercarnos al dragón. ¿Pero nos atreveremos esta vez?

 

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