Las clases medias y altas lamentan el precio del dólar en ventanilla, pero el parámetro para medir el beneficio de una paridad no está en el poder de compra que tienen los relativamente pocos mexicanos que viajan a Nueva York.

 

Por Sergio Negrete Cárdenas

Los mexicanos tienen por el peso la misma pasión que por la selección nacional de futbol: una obsesión nacional alimentada por la esperanza de que un día brillará a nivel mundial por su fortaleza, pero la certeza cotidiana es su debilidad cuando se enfrenta a otros. En este caso, la derrota habitual frente al dólar estadounidense lleva a un rutinario desgarramiento de vestiduras. Ayer tuvimos en materia cambiaria un día como cuando los mexicanos se enfrentaron recientemente a Trinidad y Tobago.

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Estas derrotas ocurren destacadamente cuando la moneda nacional alcanza un “mínimo histórico” (que más bien podría denominarse, dadas las reacciones, como “máximo histérico”), y ayer fue la octava vez en lo que va de 2015. O sea que van ocho histerias colectivas al respecto en poco menos de siete meses. La palabra favorita para toda persona que quiera unirse a ese coro es “devaluación”. Y de entrada es importante decir que “devaluación” es cuando se pasa de un precio fijado por el banco central a otro precio, con la moneda nacional valiendo menos. Cuando la moneda se encuentra en flotación, se dice “depreciación”. O sea que la última devaluación del peso fue en diciembre de 1994, y no habrá otra nunca más.

Para aminorar la histeria al respecto no es suficiente saber, con total certeza, que no es un problema del peso, por más que, obviamente, existan elementos nacionales en la depreciación reciente. Euro, real brasileño, yen japonés y muchas otras monedas más, siendo el franco suizo una notable excepción, están cayendo en menor (o incluso mayor) grado frente al dólar. Una vez más, la divisa de los vecinos (al norte) surge como el clásico refugio para inversionistas. No sólo se trata del tan anunciado aumento en las tasas de interés por parte de la Reserva Federal (sin duda el aumento más anunciado de la historia), sino de expectativas generales sobre la economía.

Mientras tanto en México se cae el precio internacional –y la producción nacional– del petróleo, la economía sigue sin despegar, el gobierno peñista da impresionantes bandazos en cuestión de la reforma educativa y la subasta de la Ronda Uno fue decepcionante por la falta de ofertas recibidas (aunque la apertura lograda sea histórica). Por otra parte, la administración despliega una agenda incoherente ante la inseguridad, y además el Chapo decidió tomarse unas vacaciones que quizá sean permanentes. Ante semejante mezcla, difícilmente podría esperarse que el peso siga la misma trayectoria que el franco suizo.

Pero un peso barato es algo muy positivo para la economía. De entrada, basta recordar lo que un peso artificialmente fuerte provocó en 1976, 1982 y 1994: fugas de capital, financiadas con endeudamiento externo masivo, y a la postre brutales crisis económicas. A una moneda fuerte se llega por la vía de una creciente productividad, que desde hace décadas brilla en México por su ausencia. Las reformas implementadas por el gobierno serán muy fructíferas en ese sentido, pero tomarán tiempo. En el ínter, un peso débil abarata las exportaciones (debe pensarse destacadamente en la industria automotriz) y encarece las importaciones. El sector externo, por mucho tiempo el Talón de Aquiles de la economía mexicana, hoy no representa problema alguno gracias al peso flotante.

Mientras no haya impacto inflacionario, y en parte no lo habrá porque la baja en los precios de otros productos (como telecomunicaciones) está siendo un fuerte contrapeso, el Banco de México no debe preocuparse de la paridad. De hecho, debería eliminar la subasta de 52 millones de dólares diarios. Ojalá esas divisas no hagan falta un día, pero por el momento parece que el banco central está gastando pólvora en una batalla perdida de antemano.

Sí, las clases medias y altas lamentan que el dólar en ventanilla ha llegado a alrededor de 16.50 pesos. Es uno de los pocos sentidos en que la depreciación es lamentable. Sin embargo, el parámetro para medir el beneficio de una paridad no está en el poder de compra que tienen los relativamente pocos mexicanos que viajan a Nueva York.


Sergio Negrete Cárdenas es Doctor en Economía. Profesor-Investigador del ITESO. Investigador Asociado del CEEY. Ex funcionario del FMI.

 

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