Por David Sánchez*

El austriaco, visiblemente cariacontecido, se sometió a la siempre ardua tarea de salir ante los medios tras haber perdido su tercera final de Grand Slam. Pero Thiem tiene que sentirse orgulloso de su papel en el primer Grande del nuevo curso, donde además de colarse en la lucha por el trofeo, después de derrotar a Rafa Nadal en cuartos y a Alexander Zverev en semifinales, le plantó cara a un Djokovic que llegó a estar dos sets a uno por debajo. 

La primera vez que escribí sobre Dominic fue en 2014 cuando entró, por primera vez, entre los 100 primeros de la tabla. Aquel chaval de tan solo 20 años, cuyo tenis resultaba cuanto menos sorprendente por su explosividad, comenzaba a resonar entre el público fanático de la mano de Gunter Bresnik, uno de los entrenadores que le dio forma a su tenis cuando el austriaco tan solo tenía 11 años. Con la ayuda del extécnico de figuras como Boris Becker, Amos Mansdorf o Patrick McEnroe, Thiem llegó a ser gran parte del tenista que es hoy en día. 

“La primera vez que jugué unos puntos con Gunter, tenía un revés a dos manos y yo era un jugador muy defensivo. Él me cambió. Me hizo adoptar un patrón de juego totalmente distinto”, destacaba el propio Thiem en 2014. 

Dominic padeció bastantes problemas de crecimiento que debilitaron su sistema inmunológico y le hicieron contraer enfermedades, de manera regular, cuando era pequeño. Pese a ello, nada impidió que siguiera trabajando para convertirse en tenista profesional. 

Seis años más tarde de su irrupción en el top 100 no solo tiene que sentirse orgulloso por haber logrado su principal meta sino también por haberle plantado cara a tenistas de una generación de oro. Leyendas que llevan reinando, desde hace más de una década, y cuyo legado cuesta derribar un mundo – si se derriba – para aquellos que aún hoy siguen sin poder tomarles el relevo en la cita final por un Grand Slam. 

Pero la oportunidad está ahí. Tanto él como el ruso Daniil Medvedev, en el pasado US Open, demostraron estar muy cerca de la gloria. Sin embargo, los detalles (tan importantes en el tenis) acabaron por decantar la balanza del otro lado. 

Tras lo sucedido en el Abierto de Australia, Dominic Thiem ha dado un salto cualitativo en su tenis demostrándole al mundo que la persistencia y la resiliencia son dos de las mejores actitudes que puede tener un tenista. No solo es el claro ejemplo del aguante, de la voluntad personificada y de la entrega. Thiem es la historia de un sueño al que solo le falta un final feliz.

 

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