Esta nota es escrita al borde del cambio de era. Previo al 20 de enero 2017 y tratando de darle un poco de sentido al posible enfrentamiento intelectual que va a suponer la presidencia de Trump, me parece que la destreza que ha manifestado el presidente electo de EU para entender a la perfección el entorno que crea el lenguaje de las redes -específicamente twitter- en medio de las múltiples relaciones en todas direcciones de la media convencional, sus protagonistas informativos, y el espíritu arrojado de los buscadores de noticias, es fascinante. El miércoles 11 de enero cita Trump a una conferencia de prensa sin especificar la temática, dejando que la especulación de sus crípticos mensajes (será un primer mensaje sobre nuestras acciones de gobierno -cualquier cosa que esto pueda significar- dijo en uno de ellos) alimente las mentes más imaginativas e inquietas del periodismo mediático.

Llega el día de la conferencia, un gran escenario lleno de banderas, el vicepresidente electo en el escenario, su familia en el escenario, un montón de papeles en el escenario y dos o tres personajes más entre guaruras y staff., en el escenario. Comienza la conferencia y Trump habla pausadamente dando la palabra directamente a los periodistas que, obviamente, comienzan a preguntarle sobre los temas de su agenda, la agenda que él ha marcado, que han llenado páginas y páginas de análisis y especulación. Responde a preguntas sobre el infame muro, sobre comercio y proteccionismo, sobre la intervención de Rusia en el proceso electoral, sobre el potencial hackeo por parte de todos los países, sobre su fobia a los gérmenes. De todo y nada. Aprovecha la oportunidad para maltratar al reportero de CNN. Trump, siempre olfateando la nota, la posibilidad de atraer la atención hacia un asunto que genere escándalo mediatice y concentre la atención. Casi inmediatamente después del intercambio con el reportero de CNN, repentinamente cambia el tono y presenta, sin darle mayor relevancia a sus palabras o llamando demasiado la atención sobre la persona en cuestión, a su abogada quien antes de que alguien reaccione de entre los periodistas se para frente al micrófono y con un tono monótono comienza a explicar las ‘medidas’ tomadas por el presidente electo para evitar cualquier conflicto de interés entre su presidencia y sus negocios, entre su presidencia de un país, y su presidencia en sus negocios. Habla la abogada en un tono de ritmo constante, casi sin pausas, enumerando artículos, incisos, cláusulas, explicando a detalle los términos de la estrategia legal que separa a Trump de sus negocios. Así, pasan varios minutos en donde la atención de los reporteros se comienza a disipar, se incrementa el ruido de conversaciones a nivel de piso, y se siente como crece la tensión, consecuencia del aburrimiento de la tan ‘esperada’ conferencia. Por fin, después de varios minutos de ‘letra chiquita’, termina la intervención de la abogada. Una toma de la TV, un poco más abierta, deja ver los cerros de papel de toda la documentación a la que se ha referido la abogada. Trump toma otra vez el micrófono para recalcar que serán sus hijos los responsables del negocio y que espera “en ocho años, una vez que regrese a mis negocios, que lo hayan hecho bien, o de otra forma tendré que decirles ‘estas despedido’ (you’re fired, su famoso gag de su reality show)”. Fin de conferencia.

La conferencia fue diseñada, se puede apreciar a la distancia, para presentar a la sociedad periodística, a la sociedad en general, su ‘estrategia’ para deslindarse de sus negocios, abonando un aire de legalidad, o más bien, para generar la apariencia de un aire de legalidad, pues nadie, absolutamente nadie en la conferencia de prensa tuvo preguntas sobre algún aspecto especifico de la exposición de la abogada o sobre la claridad de la estrategia de deslinde. Distraídos por el control temático de Trump, pareciera que los reporteros estaban más concentrados en buscar una nota que exaltara aún más el halo de escándalo que rodea a Trump, que en cuestionar de alguna u otra forma la legalidad o claridad de la estrategia de deslinde. Confiado en su capacidad para manejar la agenda, Trump sabía que todos iban a ir por las preguntas resultado de los temas que fue sembrando en los días anteriores a la conferencia, en twitter, dándose a sí mismo el espacio necesario para llevar a cabo un montaje sobre el que va a poder argumentar a su favor cualquier duda o sospecha de conflicto de interés que pueda surgir en los próximos años. Bajo el argumento de haber cumplido cabalmente con una acción que no era requerida por la ley -llevar a cabo esta explicación pública- confirmando su búsqueda de la honestidad y transparencia, lo que hizo Trump en esta conferencia fue crear la coartada perfecta, sin ninguna molesta acción o intervención de la prensa.

Estas acciones las puede ejecutar Trump a la perfección porque con una agresiva estrategia de enviar mensajes que aparentemente reflejan lo que piensa íntimamente -el uso de una cuenta personal de twitter que da la imagen y sensación de estar en una relación cercana con Trump- para presentarse como un ‘libro abierto’ que no filtra sus pensamientos y palabras, ha logrado incrementar su credibilidad. Para bien o para mal, todos pensamos que lo que dice Trump, lo que publica Trump en twitter y lo que ha dicho en sus alocuciones en campaña es posible que lo lleve a cabo. Y entonces el morbo periodístico reacciona y busca más alimento para la especulación sobre los proyectos de gobierno, de vida, del presidente electo, al grado de ignorar, en una conferencia de prensa, las señales presentes de que el tema a indagar, a cuestionar, no era ninguno de los que habían motivado su presencia -la de los periodistas- en el lugar. Al finalizar la conferencia se queda la sensación de que todos fueron utilizados, fuimos utilizados, para legitimar una coartada.

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En México, la crisis de comunicación que está viviendo el gobierno actual, es precisamente el lado contrario de la credibilidad. Sin un manejo inteligente de redes que proponga la temática, sin un discurso enmarcado en una línea de pensamiento coherente, claro con objetivos bien definidos y nombrados, la comunicación del gobierno mexicano no ha logrado articular una guía que atraiga la atención de periodistas y público, para poder rodear sus conceptos de una historia central con sentido y lógica en la que quepan conceptos que entretengan el interés colectivo, y a partir de ahí crear historias alternas a través de las cuales transitar ya sea para desviar la atención o para incrementarla en los aspectos esenciales. Los burdos intentos de desviar la atención (el propio Trump, el nuevo chupacabras Duarte, la narrativa de los saqueos, los XV años de Rubi) así como la ausencia total del conocimiento del manejo de redes y la falta de un discurso central articulado y perfectamente definido, imposibilitan una estrategia a lo Trump, exponiendo al gobierno a un escarnio en crecimiento.

Envuelto en el halo protector de la presidencia más poderosa del mundo, y con este entendimiento del manejo de la dinámica de la comunicación contemporánea, este será el punto central en donde México hará agua en esta guerra por la atención y proyección de la palabra como el arma más poderosa en los terrenos político-comerciales. Con la credibilidad y estrategia de su lado, difícilmente tendremos los elementos para defendernos, menos aún para atacar y proteger nuestros intereses.

 

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