Conocemos el rostro de la pobreza –mil veces pintado por nuestros mejores muralistas– y sabemos bien quiénes representan la riqueza, pero de la clase media apenas tenemos un retrato hablado.

 

 

“La verdadera democracia no existe si no existe la clase media… México tiene hoy una clase media que nunca había tenido antes… y ésta forma los elementos activos de la sociedad.”

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¿Palabras de Enrique Peña Nieto, de Felipe Calderón, de Vicente Fox? El argumento es del presidente Porfirio Díaz, en la celebérrima entrevista que concedió en 1907 a James Creelman, para la revista estadounidense Pearson’s.

El general Díaz hablaba de un concepto para entonces políticamente desconocido en México, de facto inexistente, netamente aspiracional. A más de un siglo de distancia, nuestra noción de la clase media no tiene muchas más luces. Fueron muchas las décadas en las que el régimen que emanó de la Revolución consideró que un país “clasemediero” era un concepto tan burgués como secundario; más valía encomiar al pobre-pero-honrado, ser copropietario de un ejido improductivo, o hijo del Estado tutelar, que un reaccionario elemento de la clase media.

A contracorriente de la retórica, México produjo una primera oleada de clasemedieros en el siglo XX. Dos factores fundamentales lo hicieron posible: el crecimiento económico de 1940 a 1970 y la migración del campo a las ciudades. Las crisis económicas –la borrachera de la deuda en los años setenta, la recesiva e inflacionaria década de los ochenta y el quebranto patrimonial que para muchos significó diciembre de 1994– mermaron significativamente a esa clase media.

En las últimas dos décadas, la estabilidad económica –un bellísimo eufemismo para decir “dejamos de quebrar al país cada seis años”–, el bono demográfico, la integración de la mujer a la economía y la baja inflación permitieron algunos avances: de 2000 a 2010 (INEGI), quienes ganan más de tres salarios mínimos pasaron del 25% al 33% de la población; los que perciben hasta dos salarios mínimos pasaron del 42% al 31%. A pesar de que el PIB per cápita creció solamente en 0.2% en el mismo periodo, el 22% de la población tuvo una movilidad ascendente, es decir, dieron un salto cualitativo en términos de satisfactores –bienes de consumo duradero, casas con piso firme, celulares, computadoras, automóviles, refrigeradores, consumo de carne– con relación a sus padres.

 

¿Segundo “milagro mexicano”? No precisamente…

¿Cómo se explica que sin generar empleo suficiente y creciendo por debajo del 2% hayamos logrado esto? Relativamente simple: hay más mexicanos en edad de trabajar y los hogares complementan el gasto con dos o tres ingresos. Bono demográfico y mujeres trabajando. Luis De la Calle y Luis Rubio lo explican a detalle en su libro Clasemediero.

Eso que hoy llamamos “clase media”, es decir, ese residual entre el 53% de pobres, el 20% de pobres extremos y la cima de la pirámide de ingreso, lo es en buena medida por la confabulación de edad para trabajar, el incremento sostenido en la participación de mujeres en la PEA (Población Económicamente Activa), estabilidad macroeconómica y acceso a crédito.

¿Ésa es la clase media a la que deberíamos aspirar?, ¿el concepto más popularizado de clase media no incluía escuelas de paga, casa propia, vacaciones, trabajo estable, pensión para el retiro, jardín, mascota y asador, entre muchas otras cosas? Nuestros estándares han caído lo suficiente como para hacer de la no-pobreza, sinónimo de la clase media. En el más puro echeverrismoconceptual, el clasemediero mexicano es aquel que no es rico ni pobre, sino todo lo contrario.

Si consideramos que solamente el 18% de los mexicanos están a salvo de que un gasto catastrófico –enfermedad, accidente, etcétera– los envíe directamente al caudal de la pobreza, no podemos celebrar ni perder el enfoque: el bono demográfico habrá de invertirse y los ingresos “dobles” mañana serán, en el mejor de los casos, pensiones; en el peor, dobles o triples dependientes económicos.

 

Económicamente vital, políticamente invisible

Si la inflación pega más a los más pobres, el bajo crecimiento afecta particularmente a la clase media, dado que la economía incumple la promesa de movilidad social que hace la educación media superior y superior: la tasa de subocupación es prácticamente la misma que para quienes terminan solamente la primaria.

Si a esto se agrega que al menos una parte del bajo crecimiento –más allá de los debates, el PIB en 2014 estará en el rango de crecimiento de la última década– es atribuible a la reforma fiscal y a sus efectos sobre el consumo, la confianza y la inversión, la clase media mexicana tiene un reto mayúsculo: aferrarse a los satisfactores y bienes de consumo duradero que le confieren una sutil distinción frente a los pobres, a pesar de un incremento en los precios y un alza en los impuestos.

A pesar de esta realidad, la clase media está ausente en la agenda política nacional. No existe. No hay legislador, funcionario o candidato que le confiera una línea en su discurso. Hablar de la clase media es desdeñar a los pobres, es ser insensible. Así, la clase media mexicana es una mayoría silenciosa y políticamente amorfa. Conocemos el rostro de la pobreza –mil veces pintado por nuestros mejores muralistas– y sabemos bien quiénes representan la riqueza, pero de la clase media apenas tenemos un retrato hablado.

La riqueza de una nación no se puede medir por la fortuna del más acaudalado de sus habitantes, sino por la anchura de la clase media. Los países pobres convienen a los políticos, pues los ciudadanos demandan lo que todos ellos ofrecen cíclicamente: esperanza. En cambio, los países clasemedieros son más aburridos, menos cambiantes en el talante y discurso político, pero también más democráticos y justos.

“Una democracia sólo persiste ahí, donde existe la clase media.” Lo dijo don Porfirio, y su tesis se probó con fuego. Por eso creo que en los próximos procesos electorales ganará quien le hable (y escuche) a la clase media.

 

 

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(*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.)

 

 

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