Hubo un Momento de México, pero en los últimos meses la economía se ha frenado y las variables financieras se han deteriorado. Además, el Pacto por México muestra síntomas de estancamiento. Las grandes reformas no han sido lo que se esperaba,  la economía sigue a la espera de crecer.

 

Por josé Miguel Moreno 

 

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El PRI, que recién reconquistó el poder, quiso imprimir un nuevo sello al gobierno, acometer los cambios estructurales para encauzar la economía en una dinámica de crecimiento vigoroso y solidario, de querer transfor­mar al país con reformas de calado. Pero, al término del primer año, los resultados han sido, cuando menos, decepcionantes.

El Momento de Mé­xico más o menos quería decir que el país quedó fuera de la órbita de los BRIC (Brasil, Rusia, India, y China). En el pasado reciente naciones emergentes, que se han expandido a ritmos vertiginosos, podrían aprovechar sus sólidos fundamentos macroeconómicos y el enfriamiento de esas economías rivales para copar el protagonismo en la escena mundial.

Las pretensiones del PRI eran las de hacer crecer el PIB a tasas por encima de 5%, comparado con una tasa de poco más de 2% en los últimos 20 años. Las expectativas que generaron durante la campaña presidencial, entre la victoria y la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, y el inmediato anuncio del llamado Pacto por México a inicios de diciembre, se tradujo en un fabuloso rally bursátil, la apreciación del peso y caídas de las tasas de interés a mínimos históricos.

El Índice de Precios y Cotizaciones (IPC) de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) tuvo una segunda mitad de 2012 y un inicio de año espectacular; desde junio y hasta el 28 de enero de 2013, cuando tocó un máximo histórico de 45,912.51 puntos, voló más de 20%. La divisa mexicana, que cotizaba en torno a los 14 pesos por dólar antes de las elecciones presidenciales, se fue a un mínimo de 12 pesos a mediados de mayo. La tasa del bono de diez años se derrumbó hasta caer a su nivel más bajo de la historia, de 4.43% el 9 de mayo de 2013.

Parecía que el Momento de México ahí estaba. Había mucha expectación y los ca­pitales entraban en masa al país. Pero todo resultó ser un espejismo. Inesperadamente, la economía no sólo no lograba revitali­zarse sino que, contra las expectativas del gobierno, Banco de México (Banxico) y los analistas privados, se frenaba de manera abrupta y ahora, la economía, este año, apenas podría crecer un paupérrimo 1%, que prác­ticamente es sinónimo de estancamiento.

La desilusión también se trasladaba a los mercados financieros. El IPC, desde los casi 46,000 puntos que llegó a rozar en enero, cotizaba por debajo de los 38,000 puntos a finales de junio, y aunque desde entonces se ha recuperado, en el año sigue dando un rendimiento negativo de más de 7%. El peso rebotó desde mayo y regresó por encima de los 13 pesos, en tanto la tasa de diez años repuntaba y volvía a negociar­se arriba de 6%.

Por tanto, el Momento de México, que empezó a mediados del año pasado, duró hasta enero en el caso de la Bolsa Mexica­na de Valores, y hasta mayo si nos fijamos en el peso y la tasa de diez años. En el caso de la actividad real, todavía no ha habido un Momento de México y el PIB entró en una marcada senda de desaceleración desde principios de 2012.

Según el FMI, México crecerá 1.2% en este 2013, la segunda tasa más baja en América, solo arriba de Venezuela.

No sólo el crecimiento es magro, además existe un  rezago en la ejecución del gasto público y el derrumbe del sector de vivien­da. El Pacto por México da la impresión de haberse estancado.

Quizá el propio PRI puso el listón muy alto. Su maquinaria propagandística sin duda es muy poderosa y evocó la profecía de un México diferente, más moderno, con un modelo de desarrollo en el que se reconciliara, en un marco de mayor com­petencia, la flexibilidad económica con una mayor cohesión y solidaridad social; que atendiera a los intereses colectivos, y fuera más abierto a los mercados, los capitales y las nuevas tecnologías, con vistas a trans­formarse en uno de los países punteros y vanguardistas del mundo, así como acer­carse a la élite de los países desarrollados.

Nada hay que objetar a esas pretensio­nes, a esos aires frescos de renovación y cambio. La política transformadora precisa de un elemento visionario que ilusione a la ciudadanía, y el gobierno priísta supo y sabe hacerlo bien, eso se reflejó en los mercados por varios meses. Pero no es suficiente.

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Una renovación institucional

El PRI quizá no sopesó una debilidad insti­tucional más profunda de lo que cree, y la consiguiente desilusión de la ciudadanía con la política. Quizá el primer paso debió ser una renovación institucional, que diera cuerpo a una mejor democracia, mercado y sociedad civil.

Aunque se suele decir que la demo­cracia en México es profunda, la realidad es que es rara la elección en la que no se detecten irregularidades, se produzcan ro­bos de boletas y urnas, se pongan en duda los resultados. Se volvió normal que varios candidatos se autoproclamen ganadores, haya impugnaciones y tengan que interve­nir los Institutos Electorales (no siempre exentos de sospechas, ni con la transparen­cia, apego a la ley y eficiencia requeridos), lo mismo que el Tribunal Electoral del Po­der Judicial de la Federación (TEPJF) para resolver quejas e impugnaciones y declarar ganadores.

Tampoco el Estado es fuerte. La violen­cia domina a sus anchas en varias entida­des federativas de la República debido al narco. Pero además se percibe a una clase política que goza de muchos privilegios. Esa debilidad del Estado, sin la legitimidad y credibilidad que se necesita, repercute en dificultades para alcanzar sus objetivos, para interceder en el día a día del país, para convertirse en la fuerza transformadora. Y muestra de ello es la ausencia de grandes reformas durante la última década.

Para suplir esa debilidad institucional, el gobierno de Peña Nieto quiso llegar a la presidencia con un gran pacto político, el Pacto por México. Se llegó a él con un elevado grado de consenso entre las tres principales fuer­zas políticas del país; con una agenda de gobierno muy ambiciosa para solucionar los problemas del país en lo político, lo económico y lo social, problemas que están plenamente diagnosticados e iden­tificados (inseguridad, corrupción, po­breza, desigualdad, bajo nivel educativo, monopolios, Pemex, el abandono del campo).

Pero eso no fue suficiente. No estuvo consensuada o no contó, al menos con el grado suficiente, con otros grupos de inte­rés como los empresariales, los sindicatos, las minorías organizadas vinculadas a privilegios corporativistas.

Y ahora las protestas se multiplican en la calle: contra la reforma educativa, al tocar los derechos de grupos sociales y seg­mentos de la clase trabajadora; contra la reforma energética y Pemex; y contra la reforma hacendaria, que ha generado malestar entre los empresarios y la clase media -y de la que se ha desvincu­lado incluso el PAN.

Conforme las protestas se recrudecen, el Pacto parece olvidado. Y quizá sea así porque para que una alianza se desarrolle y sostenga en el tiempo, es preciso que se produzca previamente una reforma institucional que permita la convergencia de intereses de los distintos grupos involucrados. Para un plan tan ambicioso, el pacto político está resultando insuficiente porque se precisaba de un acuerdo más amplio que incorporara un cambio institucional a partir del cual se podría redefinir y alinear la estructura de intereses del país.

¿Para qué una reforma hacendaria –se preguntan muchos– si el ahorro de uno de cada diez pesos del actual presupuesto generaría ahorros por 395,000 millones de pesos (mdp), superior a los 240,000 mdp extras que espera recaudar el gobierno con la reforma; para qué si hay evidencias de despilfarro, privilegios, excesos y gasto irresponsable en la administración públi­ca? El PRI pensó a lo grande y quiso dar un paso de gigante. Y quizá habría sido mejor ir con pasos cortos, enfocados en acuerdos y presuposiciones básicas de la sociedad.

El PRI entró al nuevo gobierno con buen pie, con el Pacto por México debajo del brazo. Hay un esfuerzo por diseñar y coordi­nar estrategias dinamizadoras y redistribuir mejor las rentas generadas, por ejecutar políticas antimonopólicas, por reducir sub­sidios encubiertos o ventajas fiscales.

Pero la clave para que el Pacto per­dure (o reviva) es que se reorienten los intereses e ideales del país con el fin de favorecer la incorporación de los pequeños y medianos empresarios, de la mayoría no organizada, de la clase media trabajadora, a la vanguar­dia económica del país. Ése es el bono de­mográfico que, dicen, no se debe desapro­vechar, y que ofrece la ocasión para lograr una estrategia de crecimiento solidaria a largo plazo, que es la que vale.

 

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