En un contexto tan polarizado demográficamente, el federalismo se alza como solución para nivelar el juego político sin desmembrar a Ucrania.

 

 

Por Rainer Matos Franco*

 

Los plebiscitos en Donetsk y Luhansk, en el este de Ucrania, se han sobrestimado en la opinión pública tanto como lo han hecho sus propios autores. Pero ése era el cometido de los “separatistas” que buscan estar en el centro de la nota (concentrando poder), más que reflejar un sentimiento general. De hecho, la mayoría de los locales no está de acuerdo con la separación.

Eso no implica que no haya un sentimiento de autonomía y de una identidad negada por el gobierno central desde Kiev. El 38% de la población en Donetsk es rusa, y 39% en Luhansk. Este corredor, el Donbas, es la parte más rica e industrializada del país: genera 25% de las exportaciones y 20% del PIB ucraniano. Si bien de mayoría ucraniana, se habla ruso por una lógica trasnacional basada en la intensa actividad de trabajadores de cuello azul, persistente desde la era soviética, aunque la industria local apenas es competitiva y depende del mercado ruso. Acceder a la Unión Europea (como propone el gobierno en Kiev) sería un golpe fuerte para la economía regional.

Dos factores dan legitimidad creciente a la opción separatista en estos territorios:

  1. Los plebiscitos se ven como una oportunidad de decisión real. Siendo Ucrania un Estado unitario, las regiones no votan por sus gobernantes. Eso lo decide el presidente bajo un sistema de recompensas políticas en que se acaba designando a personas ajenas a la lógica local. En un contexto tan polarizado demográficamente, el federalismo se alza como solución para nivelar el juego político sin desmembrar al país.
  2. La respuesta del gobierno central: cuando 100 personas tomaron un edificio en Donetsk, hace un mes, el presidente Turchynov envió al ejército directamente. Desde el primer día llamó “terroristas” a un puñado de rebeldes en el discurso oficial. Esta reacción desproporcionada refleja el fuerte nacionalismo del gobierno ucraniano surgido del Euromaidán, que también derogó la Ley de Idiomas de 2012, base del multiculturalismo ucraniano. Es la misma elite que cómodamente acusa a Rusia de todo mal que aqueja a Ucrania sin probarlo, descárgandose del más simple y llano deber de gobernar.

La pugna entre federalismo y centralismo —algo que países como México resolvieron hace más de 150 años— ha marcado a Ucrania desde que inició su vida independiente en 1991. No es cosa nueva, pero sí adquiere un nuevo cariz, muy delicado, bajo los acontecimientos recientes.

 

*Rainer Matos Franco es licenciado en relaciones internacionales por El Colegio de México y escritor de política en la revista Paradigmas (Twitter: @rainermat).

 

 

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