Dos películas se cruzan en la cartelera con un trasfondo común, la migración, pero con dos perspectivas distintas: una ubicada en Europa y la otra en África.

 

Si bien el cine no es real, sí tiene la capacidad de analizar nuestro entorno, capturarlo y diseccionar sus dimensiones. Así, dos películas se cruzan en la cartelera con un trasfondo común: la migración –tan en boga estos días–, aunque abordado la temática de formas diametralmente opuestas (una es social y económica, y la otra religiosa). La primera con un perro como protagonista y usando una alegoría para hablar del trato europeo hacia los migrantes; su contraparte nace como un experimento etnológico, despojado de un sello autoral, al mismo tiempo que propone una reflexión sobre los cambios en nuestros rituales migratorios impuestos por la tecnología.

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Lili (Zsófia Psotta) es una incipiente adolescente, como muchos en su generación, es un peón en la lucha de poder entre sus padres divorciados. Mamá planea un largo viaje con su nuevo novio, pero papá apenas tiene dinero y hacerse cargo de la niña será todo un reto, más si carga con un perro nuevo, por el que el gobierno acaba de lanzar un oneroso impuesto a las mascotas. Padre e hija intentan llevar las cosas en calma, disfrutar el rato, pero la adolescencia de una y la poca paciencia del otro, cultivada tras años de nulo contacto, provocan que un buen día cansado del caos, y a manera de lección, el perrito sea abandonado a su suerte a mitad de la carretera. Él es nuestro verdadero protagonista porque será su odisea el eje central del relato, ¿listos para un buen rato de ver sufrir cachorritos?

El más reciente trabajo tras la cámara del húngaro Kornél Mundruczó, Hagen y yo (Fehér isten, 2014), usa la figura de la mascota (mixta, por cierto) frente a su cruel destino para elaborar un alegato en contra de la forma en que Europa trata y se aprovecha de los migrantes extranjeros, por un lado usándolos como mano de obra barata mientras los rechaza por no encajar en su idiosincrasia o no desprenderse de la propia. Es un punto de vista interesante que en ningún momento justifica la saña utilizada para exponerlo. Como si se tratara de una película de nuestro petite auteur Michel Franco, es imposible mantenerse impávido frente a las atrocidades cometidas contra el carismático animalito.

Puesto a sufrir en la calle, ultrajado, perseguido y convertido en luchador clandestino, Hagen es usado, de manera poco sutil, para sacudir al público, de manera similar a esos anuncios de Marco Antonio Regil donde pide adoptar un niño en zona de guerra, su objetivo no es entablar una conversación o, al menos, introducir una visión nueva sobre un tema tan sobado. Sí, los migrantes sufren, sí, la gente es culera. Más cuando para el director la única salida posible al conflicto es una erupción violenta. A favor de Mundruczó, las secuencias de la invasión perruna, donde cientos de canes reales fueron utilizados, son lo más logrado de la película, a pesar de insertar un par de homenajes bastante chabacanos a Los pájaros (The Birds, 1963) de Alfred Hitchcock.

 

¿De verdad el río sólo puede desahogar en revolución?

Unos cientos de kilómetros al oriente, de manera más exacta en Nepal, se encuentra el templo de Manakamana, dedicado a la diosa de los deseos. Durante cientos de años peregrinos de todo el mundo han acudido a sus puertas buscando buena fortuna. El trayecto al lugar era una migración pesada por la geografía del lugar y alcanzar la cima era una cuestión de tenacidad y devoción por igual. En 1998 concluyó la construcción de un teleférico, ahora el viaje se puede resolver en cuestión de 10 minutos de subida y una cantidad similar de regreso. La tecnología la manera en que la gente se relaciona con el lugar, la percepción del espacio sufrió una transformación radical, ése es el tema a estudiar por Manakamana (2013) de Stephanie Spray y Pacho Velez.

Integrantes del rígido Laboratorio de Etnografía Sensorial de la Universidad de Harvard –el mismo que gestó esa visceral e increíble experiencia llamada Leviatán (Leviathan, 2012)–,  la intención de los realizadores es despojar a su análisis de cualquier elemento formal de tintes autorales. El cine regresa al tiempo de los Lumiere o, al menos, eso intentan, donde el nombre detrás de la cámara no podría importar menos.

De esta manera, Manakamana está conformada por una decena de secuencias, cada una mostrando el viaje desde la base a la punta o viceversa. Frente a la cámara se muestra a los pasajeros de la cabina: un grupo de adolescentes metaleros tomando fotos a diestra y siniestra, unas amigas de edad, un conjunto de cabras, un abuelo y su hijo, etcétera. La cámara es un observador inmóvil que obtiene su textura del entorno combinado con los pasivos transeúntes.

Dentro del experimento Spray y Velez logran obtener momentos de perspicaz belleza, humor involuntario y profundas reflexiones sobre nuestro pasado buscando permanecer vivo. Es un ejercicio exigente con su espectador, después de todo, en realidad no pasa “nada” y un par de viajes menos hubieran ayudado a disminuir el rigor mortis en la butaca. Una paciente contemplación puede dar jugosos frutos.

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