Alfredo Quiñones es un neurocirujano mexicano que emigró ilegalmente a Estados Unidos en 1987. Ahora es reconocido a nivel mundial por buscar la cura para el cáncer de cerebro.

 

Por Jennifer Juárez

 

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Tijuana, México.- Alfredo Quiñones sale de la sala de prensa rodeado por seis elementos de seguridad. Una docena de personas, entre guardias, periodistas y publirrelacionistas, lo encapsulan.

Desde una rampa que lleva hacia el estacionamiento del Centro Cultural Tijuana (Cecut), una mujer le grita a lo lejos: “¡Alfredo, te llevan como a una estrella de cine!”.

Alfredo no es actor de cine, futbolista, político ni empresario millonario. Es un neurocirujano mexicano que busca la cura para el cáncer. Su enfoque son los mecanismos mediante los cuales las células propagan el cáncer desde un tumor hacia otras partes del cerebro.

Ya en una sala privada, con un policía junto a la puerta y dos al pie de la salida, Quiñones explica por qué un médico conocido por su labor altruista —cada año hace cirugías gratuitas durante una semana en un hospital de Guadalajara— tiene que ser custodiado: “Me da lástima pensarlo, porque yo quiero llegar en jeans y botas vaqueras y comerme unos tacos, pero desafortunadamente hay gente mala. Yo crecí en una familia humilde y jamás pensé regresar así (resguardado) a México”.

Quiñones brincó el muro en Mexicali, llegó a Estados Unidos como migrante indocumentado en 1987 y actualmente dirige el Programa de Cirugía de Tumores Cerebrales en el Johns Hopkins Bayview Medical Center, uno de los cinco mejores hospitales de Estados Unidos. Es uno de los 11.6 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, de los cuales más de la mitad son indocumentados. Actualmente, Quiñones ya tiene doble nacionalidad, mexicana y estadounidense.

Después de ser jornalero y chofer de maquinaria en el campo, Quiñones inició su educación en Estados Unidos, a la par que trabajaba en otras cosas. De la Escuela de Medicina en Harvard, recuerda: “Un día estaba en una mesa con otros estudiantes y me preguntan cómo llegué ahí. Yo les dije que ‘brinqué el cerco’ y todos empezaron a reír. Pensaron que era una broma”.

A pesar de su destacada labor, el Dr. Q. ha sido llamado “sucio mexicano” por sus pacientes en el Hospital Johns Hopkins. “Tengo todavía ese complejo de inferioridad y ésa es precisamente la razón por la cual continúo trabajando arduamente”.

El conferencista recomendó en octubre pasado, en el Cecut, frente a aproximadamente 200 personas: “Invierte en ti mismo, porque el talento existe en México. Yo se los digo: he abierto cerebros de mexicanos, estadounidenses, alemanes, chinos, judíos, de cualquier raza y religión, y jamás he visto una diferencia”.

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