Por Andrés Arell-Báez

Se dice, debatiéndose entre mito y realidad, el que Stalin, en medio de una reunión con los más altos mandos del politburó y como respuesta a una supuesta frustración, dijo: “denme una industria el diez por ciento de poderosa de lo que es Hollywood y convierto al mundo entero al comunismo”. De haber existido tal sentencia, esta debió haberse pronunciada en aquellos días en que, como titula el diario.es de España, hubo un “fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética”.

Reseñando esa misma época, el autor Michael S. Shull, en su libro Hollywood War Films, 1937-1945, hace un minucioso repaso de las producciones hollywoodenses en los días de la confrontación bélica. Entre ellas, cita producciones como Song of Russia, donde se presentaba una clara colaboración entre los norteamericanos y los rusos para combatir el nazismo, en el que incluso nacía el amor entre dos ciudadanos de cada país; The North Star, donde se exhiben a las granjas colectivas rusas como un paradisiaco lugar; y The Boy from Stalingrad, donde un grupo de niños rusos heroicamente enfrentan al nazismo.

El grupo de producciones citadas hacían parte, al parecer, de un intento del gobierno de los Estados Unidos por convencer a sus ciudadanos de que enfrentar el régimen alemán de la mano de los rusos era una gran idea. La teoría tiene sustento, puesto que como dice Nicholas J. Cull, historiador de la Universidad de Princeton, a finales de la Primera Guerra Mundial su país era aislacionista y no quería involucrarse en el conflicto bélico que desangraba a Europa. Fue entonces, según postula Noam Chomsky en su último libro, ¿Quién Domina Al Mundo?, a través de una acción de propaganda del Ministerio de Información Británica que se logró hacer virar la opinión de los estadounidenses.

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No hay forma de saber si ese mismo ente gubernamental de Gran Bretaña estuvo involucrado en Dunkirk, la última producción de Christopher Nolan para la Warner Bros., catalogada sin miedo al error como una obra de arte cinematográfico moderno. El filme, diseñado para ser disfrutado en una sala IMAX, o por lo menos en la más grande posible, es una explosión de imagen y sonido capaz de hipnotizar al más apático hacia el séptimo arte. Pero hacemos referencia al pasado de la institución pública británica, porque no se puede negar el tufillo de propaganda histórica que el audiovisual contiene.

Y la razón, de nuestra acusación, radica en la historia decidida a contar por parte del realizador. Dynamo es el nombre de la operación retratada en Dunkirk, una campaña de evacuación de las fuerzas aliadas capturadas en la frontera entre Francia y Bélgica, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Un potente ataque alemán rompió el frente francés y acorraló a los militares de ese país, además de británicos y belgas, dejándolos a la deriva sobre el Canal de La Mancha. La operación Dynamo, citando a Infobae, “duró del 26 de mayo al 5 de junio (y) permitió salvar del cerco de la Wehrmacht y de un seguro cautiverio en Alemania a unos 360.000 hombres, de los cuales 120.000 eran franceses. Los soldados fueron embarcados desde las playas de Dunkerque hacia la costa inglesa, en miles de embarcaciones tanto militares como civiles. Esta evacuación, que se hizo bajo fuego enemigo, fue una operación franco-británica”.

De ahí la indignación publicada de parte de diarios francés como Le Monde y Figaro, quienes en sus respectivos editoriales preguntas cosas como: “¿dónde quedó la historia?”, “¿dónde los 40 mil franceses que defendieron la ciudad para hacer posible la evacuación?”, en medio de la historia escrita por Nolan. Otros medios han ido más allá y han acusado al filme de ser un representando “del espíritu del brexit”, tratando de propagar esta idea de que los británicos están mejor solos o, por lo menos, actúan mejor cuando así lo están.

No sería esta, por supuesto, la primera vez que un filme de temática histórica tiene este tipo de características. Argo, la producción ganadora del Oscar dirigida por Ben Affleck recibió fuertes críticas de la comunidad canadiense, acusando a los realzadores de olvidar en la cinta el retratar la importante colaboración de su embajada en el plan de rescate presentado en la pantalla. Y, tal vez más dramático, es la encuesta citada por el portal El Orden Mundial, en la que se hace una comparación entre las respuestas dadas por los franceses a la pregunta de ¿quién ganó la Segunda Guerra Mundial?, en dos periodos distintos. Según los hombres y mujeres de los años de la década de los cincuenta, por gran mayoría, el gran vencedor había sido la Unión Soviética. Hoy, los franceses creen que fue Estados Unidos. Explican en ese artículo, que la única explicación para este cambio en el imaginario ciudadano es la película anual presentada por Hollywood sobre el tema, en la que muestran al ejército de la potencia occidental como la gran triunfadora del conflicto.

Dunkirk, podríamos decir, hace exactamente lo mismo. Pone en pantalla la historia que le sirve a los británicos, nacionalidad que tienen tanto director como productora (Emma Thomas) del filme y, seguramente, los principales financiadores del mismo. Es un recurso buscando elevar el sentimiento patrio de sus nacionales y el amor por el propio Estado. Y eso, en general, no tiene absolutamente nada de malo. Tal vez, lo único, es la envidia que produce que en nuestros Estados latinos no tengamos ese tipo de cinematografía, con esa capacidad. Debe ser, bastante emocionante para un inglés revivir esos momentos, a través de la pantalla, que exaltan los valores más loables de sus antepasados, sobre los que han construido su nacionalidad.

Pero la magnífica puesta en escena del director logra, con vehemencia, enviar un mensaje en el que la gran mayoría podríamos estar de acuerdo: lo horrorosa que es una guerra. La magia del filme radica en la potencia expulsada desde la pantalla, producto del uso dado por el director a las herramientas tecnológicas a su disposición, para hacernos sentir, como espectadores, el ser testigos privilegiados de un enfrentamiento militar. La inmensidad de los planos IMAX, conjugados con una pista de sonido poderosamente alucinante, logran que los disparos, las explosiones; pero sobre todo los gritos de las víctimas impacten en nuestras retinas y lleguen hasta nuestras almas. Y la experiencia, desde la comodidad de nuestro sillón, no es más que traumática y, deseando esto, aleccionadora.

Es, entonces, Dunkirk, un filme imperdible, para ver en la mejor sala de cine posible; pero que hay que analizarlo con ojo crítico y sin inocencia. Tal vez, una brillante pieza de la propaganda gubernamental; pero, eso sí y sin duda alguna, una obra maestra de arte moderno, con un poderoso y muy plausible mensaje.

*Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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