Conocer la historia personal nos permite tener una consciencia más amplia de dónde venimos. El recordar esa historia contribuye muchas veces, o debería, a situarnos de una forma más congruente acorde a nuestro presente y tal vez, sólo tal vez, proyectar de una manera más acertada hacia dónde deseamos dirigirnos. Si aplicamos esa idea a un pueblo o, más allá, a un país o a un continente situados en un contexto y tiempo histórico en específico estamos hablando de esa esencia de la que se nutre la historia o la antropología. La herencia de los pueblos es la memoria del ser humano mismo, es la respuesta o al menos las pistas a las incógnitas sobre nuestra identidad.

Dentro de este orden de ideas y de obviedades aparentes se encuentra el patrimonio cultural como aporte clave para la transformación y evolución de las sociedades. Preservar eso que somos, cultivar el registro de nuestras expresiones a través de las artes nos ayuda a comprender, a tender lazos, a ver que, pese a nuestras barreras y prejuicios imperantes, no somos tan distintos después de todo. Una idea que puede sonar al más inocente de los idealismos, pero que resulta necesario y hasta urgente en tiempos en donde el miedo al otro se ha extrapolado de una forma tan absurda y asombrosa.

Quien vea en la música algo más que el fondo sonoro de su entorno cotidiano, sabe que esta expresión humana rebosa una cantidad de información apabullante y de sumo valor para la herencia histórica. El poder de la música y el sonido es enorme, ya sea como sino de una época, como eje transformador de pensamiento, como bandera de protesta o como el reflejo fiel de un pueblo, atendiendo muchas veces aspectos de la vida humana que los libros especializados o los académicos dejan ir. ¿Qué pasará con esas culturas que no guardan un registro de lo que son o lo que fueron? Seguramente el olvido, seguramente un eslabón perdido que hará que nuestro presente sea más brumoso y caótico aún.

No obstante, entender este aspecto de la música resulta complicado hoy en día, sobre todo en un contexto en donde prevalece aquello que se ha tendido a reiterar como ‘industria cultural’, término acuñado durante la primera mitad de los cuarenta por Max Horkheimer y Theodor Adorno, sustituyendo la cultura de masas en pos de la determinación de cómo se consumía ésta. Actualmente son cada vez menos los historiadores, musicólogos, periodistas o archivistas que pueden desarrollar un discurso articulado claro y completo, para comprender fenómenos musicales pop como una respuesta histórica sintomática clara.

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En este contexto, los sellos discográficos han funcionado, muy probablemente de forma inconsciente en su gran mayoría, como los principales preservadores de la vida humana a través de la música. El mercado especulativo del coleccionismo musical es, pese a todo, un síntoma de que la cultura importa, que es un valor incalculable en términos de memoria histórica, y que la relectura, reinterpretación y reapropiación de esa memoria impulsa el desarrollo de mentes más abiertas, críticas y sobre todo sensibles hacia lo que somos como especie humana.

¿Qué pasa con lo que no está registrado, con lo que sólo se sabe por unos cuantos? Esa memoria es piedra cuarteada, es madera pulverizada, huesos rotos…cenizas que se van diluyendo con el paso de los años.

En 1999, hace apenas dieciocho años, Steven Lance Ledbetter tenía un proyecto de radio colegial en Atlanta, Georgia. Lance, melómano con un sentido histórico serio y apasionado, se vio sorprendido y frustrado por la práctica inexistencia del registro sonoro de góspel norteamericano previo a 1940. Su investigación lo llevó por un largo sendero a través de libros, vestigios, entrevistas y contacto con sobrevivientes y coleccionistas, dando como resultado la fundación de su propio sello: Dust to Digital (del polvo al digital), editando para 2003 una caja recopilatoria llamada Goodbye Babylon. Ahí comienza una historia de rescate y preservación.

Aquella caja de madera, empacada con algodón real, sendos textos explicativos y sustanciosos sobre la importancia del góspel en Estados Unidos y que tantas loas provocaron a nivel local, fue la punta de lanza para el desarrollo de un sello discográfico que hoy por hoy es uno de los más importantes a nivel mundial, en materia de preservación histórica de la música del mundo.

Sin ornamentos turísticos como Putumayo, o fines altruistas corte UNESCO, Dust to Digital ha editado a la fecha casi 40 archivos, entre discos compactos, vinilos, libros y DVDs que lo mismo han tocado las raíces más profundas del blues, el folk o el jazz norteamericano más escondido, pero también ha mirado hacia la memoria de otras latitudes como Asia, África, Grecia e incluso uno de los primeros registros sonoros de la voz humana. El sello comandado por Steven Lance erige una narrativa que está haciendo énfasis en la importancia musical, como pocos lo están haciendo hoy en día.

Si escuchamos detenidamente los hermosos discos de Dust to Digital, que literalmente han tenido que rescatar sus archivos de entre las cenizas, podremos apreciar cómo la visión oriental de la música, desde su enfoque espiritual, viaja a través del paganismo de otras culturas para decantarse en la historia de los oprimidos en muchos otros países del orbe. El cuidado en el empaque, así como la calidad y el cuidado en el contenido de sus folletos y archivo fotográfico, le han valido a Dust to Digital varias preseas y reconocimientos a nivel local e internacional.

Pero más allá del valor sonoro y artístico de estos archivos, que lo poseen de forma inigualable, la valía de Dust to Digital radica en que están trayendo nuestra memoria, la de todos, la del otro, a generaciones actuales, quienes pueden escucharlas ampliamente en diversos formatos, reinterpretarlas y reapropiarlas generando distintos discursos, que seguro refrescarán y replantearán la manera en la que se está apreciando la música hoy en día.

Si uno tiene la curiosidad y paciencia suficientes como para indagar entre los archivos de este sello de Atlanta, podrá dar fe de la relación que hermana la música de Marruecos con los trances de música electrónica más eufóricos de los últimos veinte o treinta años; o bien entender el vínculo que subyace entre el góspel de cepa religiosa y el hip hop más cochino de los suburbios norteamericanos, entre muchas otras curiosidades que son tratadas, hasta ahora, con la atención y esmero que se merece, sin que Dust to Digital sea un ente académico o subvencionado por los gobiernos, quienes habitualmente son los que detentan, versionan y que en ocasiones, hay que decirlo también, tergiversan estos archivos.

Discos de relevancia histórica, que se dejan escuchar con el cerebro, el cuerpo y que sacia al oído voraz y atento, que cuentan una historia importante, que preservan una narrativa necesaria para recordar cuál es nuestro sentido sobre la tierra. Adquirir un archivo de Dust to Digital es relativamente accesible y la recompensa es invaluable.

 

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