La pandemia de Covid-19 es la segunda gran crisis de la sociedad mundial en poco más de 10 años, desde que ocurrió la de carácter financiero, detonada en 2008. Mi argumento es que ambos acontecimientos son parte de un gran proceso histórico de cambio en la sociedad moderna, identificado por diversos analistas como un “cambio de época”.

En su momento, esta metáfora servía para identificar una época de cambios con difícil retorno al mundo del “business as usual”. Pero, con las dos crisis mencionadas, se hacen evidentes las fuerzas que están pujando en ese cambio y los dilemas para enfrentarlo. 

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La crisis de 2008 fue resultado del desarrollo catastrófico de la economía mundial bajo la lógica de la globalización económica y financiera. Con ella se hicieron evidentes los efectos de las “exuberancias” financieras sin freno y las trasformaciones sociales que significaron el incremento de la exclusión social y la pobreza, aun en los propios países beneficiarios de esa globalización.

Sin embargo, en los años posteriores, no se atendieron las causas de fondo y, en cambio, se aplicaron reducciones radicales de los gastos sociales, mientras que se produjo un rebrote del nacionalismo y el populismo.

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Pero, de pronto, no sin advertencia previa, a comienzos de 2020 se manifiesta un nuevo virus de gran impacto sobre la salud humana, que se distribuye a velocidad vertiginosa por los distintos países. La extraordinaria movilidad de las poblaciones, que se desarrolló con la propia globalización, favoreció que esta emergencia sanitaria se convirtiera en la actual pandemia.

Los gobiernos responden a la crisis, en general, tarde y mal, con la ya vieja medida del aislamiento social, y la crisis sanitaria se convierte en una gravísima crisis económica, educativa y política.

Operan, entonces, dos desarrollos centrales de la globalización: Por una parte, las cadenas globales de valor que se paralizan bruscamente, lo que lleva al colapso económico en múltiples países.

Y, por el lado positivo, otro sorprendente producto de la globalización, sin el cual el curso de la crisis actual hubiera sido otro: el mundo digital permite comunicar, instantáneamente, a miles de millones de personas en el planeta, mostrando la sociedad digital como una fuerza formidable para construir el futuro.

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En contraste, durante la crisis surgió una cara adversa de la globalización, como fue aquella que buscó privilegiar las ganancias frente al derecho a la vida. En el extremo, el horror de la Confindustria Bergamo, en Italia, con el hashtag “#YesWeWork” y la secuela de centenares de obreros muertos por el contagio que ello provocó.

Y, en contraste, los gobiernos de los grandes países detonando una explosión nunca vista de fondos públicos que se asignan de manera caótica a la atención sanitaria, al rescate de grandes corporaciones y a la recuperación del ingreso de las poblaciones vulnerables.

En resumen, las dos crisis se interrelacionan como epifenómenos de las tendencias contradictorias que han seguido las comunidades del planeta, al articularse como una sociedad humana global.

Frente a ello, la construcción de la “nueva normalidad” es una oportunidad muy problemática, pero en la cual se pueden atender los graves desafíos actuales con la vista puesta en ir creando una sociedad global que procese civilizadamente las contradicciones actuales, con un desarrollo progresivo y sostenible para el conjunto de la especie. Son tiempos de utopías imprescindibles y existen los medios para alcanzarlas.

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