Hoy sabemos que no se puede poner en riesgo el equilibrio fiscal. Pero esto que nosotros aprendimos por las malas es algo que varios países de Europa perdieron de vista cuando entraron al sistema monetario europeo.

 

La experiencia, escribió Frederic Bastiat, nos enseña con eficacia pero de manera brutal. Nos obliga a apreciar los efectos de una acción al forzarnos a sentirlos: no podemos dejar de reconocer que el fuego quema si nos hemos quemado nosotros. El drama griego de los últimos meses me ha hecho reflexionar sobre nuestra propia experiencia con las crisis de los setenta a los noventa, y mi conclusión es menos benigna de lo que anticipaba.

Tendemos a vanagloriarnos de la salud fiscal de que goza el gobierno, al menos hasta hace pocos años. Luego de décadas de malos manejos, gastos excesivos y un endeudamiento creciente, el país finalmente logró romper con el fardo de las crisis recurrentes, y aunque no ha conseguido altas tasas de crecimiento de la economía, al menos ya no hay vaivenes súbitos en el tipo de cambio o en los precios, al menos atribuibles a factores internos.

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Así, aunque lejos de ser perfecta, nuestra situación fiscal es infinitamente mejor que la de innumerables países, comenzado por muchos de los desarrollados. En contraste con ellos, nuestro riesgo de excedernos entraña provocar una crisis en la balanza de pagos y las cuentas fiscales, con brutales consecuencias para el empleo y la estabilidad. Es por esa razón que, desde 1994, la mayor parte del establishment político aceptó que no se puede poner en riesgo el equilibrio fiscal.

Esto que nosotros aprendimos por las malas es algo que varios países de Europa perdieron de vista cuando entraron al sistema monetario europeo. Al ser parte del euro, países con instituciones débiles como Grecia, Italia, Portugal y España lograron tasas de interés alemanas con comportamientos mediterráneos. Es decir, parecían gozar del privilegio de quienes elevan su productividad de manera sistemática (los alemanes), sin tener que trabajar como ellos. Dos décadas después, los costos han acabado por ser evidentes: los sureños, pero dramáticamente Grecia, han acumulado enormes deudas pero están atrapados en el sistema monetario que hizo posible la lujuria.

¿Cómo fue que logramos llevar las cuentas fiscales a buen puerto? Los griegos afirman que han reducido sus gastos, ajustado algunos salarios y mejorado la productividad de su economía, aunque ese ajuste ha sido irrisorio en comparación con otras economías europeas en apuros. La conclusión a la que he llegado es que lo que nos permitió lograr el ajuste fiscal en México fue la combinación de dos cosas: un grupo de funcionarios con claridad mental sobre lo que había que lograr (condición sine qua non), pero también una devaluación. Fue la suma de estos dos elementos lo que permitió el ajuste. Al menos hasta hoy, ninguno de los dos está presente en Grecia.

Comencemos por el principio: qué es una devaluación. Lo visible de una devaluación es el cambio en valor relativo de una moneda por otra. Sin embargo, la consecuencia inmediata es que todos los activos denominados en la moneda que se devalúa se deprecian, o sea, los salarios, pensiones y prestaciones súbitamente tienen un nuevo valor. Las devaluaciones mexicanas de los setenta a los noventa, todas causadas por malos manejos financieros y fiscales, implicaron un ajuste inmediato de los costos internos. De esta forma, aunque hubo muchas decisiones difíciles que las autoridades tuvieron que tomar en materia presupuestaria en aquellos años, gran parte del ajuste ocurrió por el hecho mismo de la devaluación, no porque el gobierno se hubiera peleado con sindicatos, empresarios o burócratas. La devaluación les hizo fácil el trabajo, algo imposible para Grecia dentro del euro.

Para los tecnócratas mexicanos que tuvieron que lidiar con las devaluaciones, el problema era actuar para evitar que los precios internos subieran con celeridad y lidiar con la deuda en moneda extranjera que súbitamente se multiplicó.

El problema de Grecia es doble: primero, estando dentro del euro no tiene forma de depreciar sus activos para comenzar a recuperarse; pero, segundo, de salir del euro requeriría de un equipo técnico —del cual el actual gobierno claramente carece— para convertir la devaluación en una oportunidad. De otra suerte, Grecia acabaría en una crisis todavía peor. Nunca imaginé ver las devaluaciones como una salvación, pero Grecia claramente lo requiere.

 

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