Eileen Rockefeller, bisnieta del fundador de una dinastía mítica, encontró en la filantropía un modo de ayudar a los demás, pero también de ayudarse a sí misma. Más allá de la caridad, considera que los proyectos solidarios se deben gestionar como una corporación.

 

Por Álvaro Retana y Raquel Azpíroz

Hay pocos apellidos más legendarios en la historia contemporánea de Estados Unidos que el de Rockefeller. Como en una de esas epopeyas al estilo de las sagas nórdicas —las Konungasögur de los reyes escandinavos—, la crónica de esta familia aglutina dinero y poder, pero también un tercer ingrediente, la filantropía. Eileen Rockefeller forma parte de la cuarta generación de esta dinastía y estuvimos con ella en el encantador patio del hotel Four Seasons de la Ciudad de México. Acudió invitada por Carmen Reviriego, presidenta de Wealth Advisory Services, para formar parte de La suerte de dar, una iniciativa que reúne a algunos de los más grandes filántropos y empresarios para dar su visión sobre cómo se desarrolla hoy en términos económicos —pero también sociales, éticos y culturales— este “amor al género humano”, como lo denomina la Real Academia en la única acepción (oficial) del término.

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Su bisabuelo, John D. Rockefeller, empezó vendiendo piedras que él mismo pintaba a sus compañeros de escuela. Levantó una fortuna a finales del siglo xix tras invertir en el negocio —y convertirlo en un monopolio— de las refinerías de petróleo con la compañía Standard Oil. Enfermo y criticado, tanto por su ambición desmedida como por su carácter fanático cercano a los illuminati, que le llevó a exclamar en alguna ocasión: “El dinero me lo ha dado Dios”, decidió en 1903 legar la empresa a sus hijos y descubrió en la filantropía un modo de reencontrarse consigo mismo.

Un siglo después, sus herederos siguen su ejemplo. En el libro Being a Rockefeller, Becoming Myself: A Memoir (Blue Rider Press , 2013), Eileen Rockefeller reflexiona acerca de las dificultades que conlleva un apellido de tanto peso como el suyo, aunque es consciente de los enormes privilegios.

“Lo escribí para sanarme a mí misma, pero también con la esperanza de que inspiraría a otros a mirar dentro de sí mismos. Lo empecé en una época en que mis hijos dejaron el hogar para ir a la universidad, así que me sentía un poco vacía. Comencé escribiendo sobre mi época favorita con ellos. Poco a poco, me di cuenta de que podía escribir una historia más profunda y me sumergí en mi propia infancia, y eso se convirtió en un viaje muy valioso para mí”.

La redacción de estas páginas le llevó a darse cuenta de que “el valor neto de nuestra cuenta bancaria no es ni mucho menos tan importante como nuestro valor propio”. Aunque, en su caso, ese valor se desdibuja bajo una cifra tan impresionante como 3,000 millones de dólares (mdd), que es el valor neto estimado de la fortuna del actual patriarca de la familia, David Rockefeller, nieto del fundador y padre de Eileen.

A finales de septiembre, la Fundación Hermanos Rockefeller anunció su intención de vender sus inversiones en combustibles fósiles a favor de las energías renovables. La familia, que va por su sexta generación, decidió así abandonar el oro negro, origen de su fortuna, y apostar por un mundo verde. Eileen se había adelantado a esta decisión cuando creó en 2000 la Growald Family Fund, la fundación familiar que inició con su marido, Paul Growald.

Hoy, 14 años después, esta pionera, acude a la entrevista vestida con una blusa en tonos alegremente rojos, con una piel transparente y mirada soñadora. Se sienta con forbes México para explicarnos cómo comenzó su compromiso con la filantropía. “Mi marido y yo nos dijimos: ¿Qué es lo que nos importa? Proteger el medio ambiente y dejar el mejor legado posible”.

Comenzó invirtiendo 150,000 dólares —“una cantidad que para nosotros significaba mucho”, recuerda— para combatir las emisiones de dióxido de carbono en Estados Unidos y hoy su organización maneja un presupuesto de 15 mdd. “Nuestro objetivo es reducir progresivamente las emisiones de co2. Estamos promoviendo todo un movimiento para detener el funcionamiento de fábricas y plantas de carbón, porque son el peor enemigo de la atmósfera. Son responsables de 40% del vertido de dióxido de carbono al aire. A corto plazo, en 2020, vamos a conseguir reducirlo en un 15%, lo que es muy remarcable”, explica con orgullo.

“En 2007 había 200 proyectos de nuevas centrales en estudio, y con la ayuda de un asesor en filantropía decidimos apoyar a una organización ecologista, Sierra Club, y encargamos un análisis financiero. El estudio concluyó que las centrales no eran una inversión rentable y 152 proyectos se cayeron. Es el equivalente a lo que emiten 50 millones de coches”.

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Foto: Germán Nájera e Iván Flores.

Ayudar: un negocio más

Eileen es una firme defensora de la llamada filantropía estratégica, que en ningún caso debe confundirse con la caridad tradicional. “La caridad consiste en dar a individuos o instituciones. Eso te hace sentir bien, porque te hace sentir apreciado, pero no implica necesariamente cambiar las cosas. Lo que digo puede sonar como una extravagancia, pero creo que la filantropía se puede tratar como los negocios: tienes un plan, unos objetivos y mides los resultados”.

No es un anatema, sino una realidad que coincide plenamente con lo que sostiene Carmen Reviriego: “La tendencia general de la filantropía más avanzada y moderna es la de importar del mundo empresarial un modelo de gestión eficiente de los recursos económicos, humanos y morales”. Para Reviriego, “los grandes filántropos no se caracterizan por el volumen de sus donaciones, sino por los logros que consiguen con ellas”.

Es decir, más allá del primer impulso de ayudar, que siempre está en el origen de la solidaridad, hay que pasar a un segundo paso: la máxima eficiencia.

Eileen tiene su propia visión acerca de cómo lograrlo: “Creo que uno de los errores más comunes en la filantropía es la ingenuidad. La gente se apasiona y quiere comenzar cuanto antes con una organización. Sin embargo, puede que existan ya otras instituciones similares que estén compitiendo por el mismo dinero —es como en los negocios, exactamente—; para ser eficiente tienes que localizar a los mejores expertos y trabajar con ellos. Eso es lo que hace comunidad”, apunta.

Para este miembro de la dinastía Rockefeller, esta es otra faceta de la filantropía que redunda en beneficio de todos: desarrollar un sentimiento de comunidad. “La mejor filantropía es siempre colaborativa”, afirma. Por eso, no cree en la idea de captar a nadie, ni siquiera a los llamados millennials, que se enfrentan a un futuro donde los valores solidarios parecen cosa del pasado.

“Opino que captar a la gente es un mal acercamiento y un pésimo punto de partida. La filantropía es un proceso de modelación, de depuración y de atención. Es importante escuchar a los jóvenes para ver qué les interesa, qué les estimula, qué les hace esforzarse y ver hasta qué punto están dispuestos a ponerse a prueba. Es importante despertar el interés de pertenecer a una comunidad u otra para hacer algo por los demás”. Y, de nuevo, predica con el ejemplo. Se muestra especialmente orgullosa de que sus dos hijos, Daniel y Adam, la quinta generación, hayan heredado su pasión filantrópica: uno de ellos es asesor de los indios apaches y el otro da microcréditos en países en desarrollo.

Ésa es una de sus metas: atraer la atención a la importancia que la familia tiene dentro de la sociedad. En su caso, sus hijos aprendieron el valor de las cosas desde que eran niños. Ya en sus primeros años les enseñó a vivir con lo básico en la granja donde reside con su marido en Vermont, Estados Unidos. Durante cinco meses hicieron su propia comida, su ropa, velas para alumbrar. “Como en 1840. Y no es fácil”, recuerda.

Ir un paso por delante

La fortuna del clan hoy en día no es, comparativamente, tan grande como la del magnate John D. Rockefeller, quien llegó a ser el hombre más rico de Estados Unidos y del mundo.

“Estamos en un punto de inflexión. Ninguno de nosotros ha amasado una fortuna como la de mi bisabuelo. El reto es aprender a sentirnos bien cuando uno tiene tanto que dar”, comenta. En su caso, no se trató tanto de una vocación o un objetivo, sino de seguir sus propias pasiones. “Cuando cumplí 30 años me encontré con mi mentor, Norman Cousins, un célebre escritor y editor de una revista llamada Saturday Review, y me introdujo en la conexión mente-cuerpo y su importancia en la salud y la enfermedad.

Es algo que me interesó porque desde mi infancia me di cuenta de que hay esa conexión entre mente y cuerpo: siempre que estaba asustada en la escuela, caía enferma; y si cuidaba mi mente, estaba mejor”. Fue su primer caballo de batalla y, en la actualidad, sigue siendo uno de sus frentes abiertos gracias a la creación en 1982 del Instituto para el Progreso de la Salud, concepto que ha evolucionado hasta la denominada Inteligencia Emocional.

“En esa época, la clase médica era escéptica sobre la relación entre mente y cuerpo, así que pensé en centrarme en esta área: busqué a quienes eran los profesionales pioneros y los reuní por primera vez para trabajar todos juntos contra el establishment”.

caiso (California ISO), otra de las organizaciones que ayudó a fundar, descubrió después de diez años de estudios que los programas académicos que incluyen este tipo de educación tienen un resultado 11% superior al resto. “Creo que mi pasión por la filantropía nace de mi propio sufrimiento. Me di cuenta que curar a los demás me podía ayudar a curarme a mí misma”.

Eileen considera que aunque en la actualidad su familia es mundialmente conocida por su labor filantrópica, ella sigue siendo una outsider dentro de los Rockefeller. Hay un elemento que la distingue, muy relacionado con aquel primer proyecto solidario: “No pienso con la cabeza, sino con el corazón. No es fácil, pero es bueno”.

Sin embargo, no deben entenderse sus palabras como una crítica soterrada al resto de miembros de su familia, todo lo contrario: “La gente en México es muy familiar y esa es una característica que aprecio mucho porque una familia sana es la base de una sociedad sana”. Es algo que aprendió en el seno de los Rockefeller y quiso transmitir a sus hijos en su granja de Vermont.

Eileen tiene claros los desafíos que la filantropía se verá obligada a abordar en cinco años: “Uno de los grandes retos será el cambio climático, específicamente lo que atañe a los recursos acuíferos, el tiempo extremo, las pandemias y la extinción masiva de algunas especies, como resultado de enfermedades, terremotos y otros desastres naturales”.

Pero más allá de los grandes conflictos, naturales y humanos, provocados por el miedo y la escasez —“la escasez es muchas veces el catalizador del miedo”, asegura—, también sabe descubrir la belleza de las pequeñas cosas.

“Creo que la belleza es una manera de abrir tu corazón y eso es lo que hago a través de mi web, invitar a los demás a abrir su corazón. Ése es el principio de un sentimiento global: si abro mi corazón, lograré que otros también lo abran”.

 

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