De cómo la lucha libre se transformó de un espectáculo para “nacos” a uno muy “chido” y, más aún, muy “in” para las clases altas.

 

 

Traer una playera de El Hijo del Santo puede ser lo más naco, lo más chido o lo más in, todo depende del humor con que se mire, ¿o no?

La primer arena de lucha libre, recinto dedicado exclusivamente a ese deporte, fue fundada en 1924, por Vicente Villar y se denominó Tívoli; posteriormente, Salvador Luteroth, conocido como “el padre de la lucha libre mexicana”, emprendió el negocio que sería parte elemental de su vida; y así, visto como un negocio, la historia del pancracio dejó de ser sólo el combate entre el bueno y el malo, para dar paso a una industria que tocó la esfera de la clase alta en México y dejó de ser el deporte del pueblo para convertirse en el espectáculo de moda.

En sus inicios, varios recintos tuvieron que cerrar o cambiar de giro como la Arena Degollado y la Arena Nacional, que se convirtieron en el Cine Apolo y El Palacio Chino, respectivamente. Aquí, en este punto, la lucha libre aún era “sólo para nacos”. Lo anterior se repitió innumerables ocasiones hasta que el deporte se fue perfeccionando y atrajo las miradas de la clase baja, principalmente, lo que dio pie a la construcción de la Arena Coliseo (1943), la cual llegó al grado de abarrotar las taquillas y hacer fila afuera de éstas para poder toparse con alguno de los luchadores que se presentarían en el cartel.

Fue así que la lucha libre dejó de ser un evento extraordinario para convertirse en un deporte establecido. Para este entonces ya merecía ser llamado “chido”, sobre todo porque esa palabra se atribuye a los jóvenes que vivían en la zona de Tepito y la Lagunilla, que utilizan dicho término como parte de su caló para indicar que algo les agrada.

Socialmente, el deporte ya había cumplido con el objetivo de estabilizarse. Sin embargo, el hecho de ser llamado “chido” lo alejaba del mercado que tenía la capacidad económica para pagar precios más elevados por un boleto y seguía siendo parte sustantiva de los “nacos”, palabra utilizada como sinónimo de “pobres”.

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Ese auge y popularidad de la lucha libre la llevó a la pantalla grande, lo que generó en los gladiadores una aspiración de vida muy diferente a la original intención con la que comenzaron en ese mundo: añoraban otro estilo de vida, uno donde hubiera dinero, fama, aplausos… un mundo de fantasía creado por un personaje (luchador enmascarado o no) que disfrutara el hombre quien lo encarnaba.

Fue así que prosperó el mito de que todo luchador se convertía en millonario, lo que aún resulta falso en más del 50% de los casos. Los espectadores también fueron presas del mito que se construyó alrededor de ese comenzado a nombrar “deporte-espectáculo”, pues las clases sociales se fueron permeando de lo que el cine llevó a la pantalla grande; entonces, la clase alta miró hacia el ring y comenzó a asistir a las arenas. Personajes como El Santo, Blue Demon, Wolf Rubinskins, Enrique Llanes, El Médico Asesino, Gori Guerrero o Rito Romero eran invitados a cenas elegantes, entregas de premios, concursos de belleza a nivel nacional, entre otros.

Aunque en ese momento la lucha libre ya podía ser considerada como “in”, continuaron sus detractores y su denominación como “naca” alusiva a lo “corriente”.

Pese a lo anterior, había algo que no podía ocultarse: los gladiadores, la mayoría de ellos provenían de los barrios populares de la Ciudad de México, porque así comenzó la lucha libre, como una pelea entre dos que los demás se reunían a ver por morbo.

La televisión en 1952 se encargó de popularizarla, sin embargo, la sociedad que no era devota del “sanguinario deporte” se encargó de que Televisa dejara las transmisiones a un lado. Posteriormente, en 1970, la pantalla chica retomó las transmisiones y, para el año 2000, aproximadamente, surgió el nuevo “boom” generacional, donde se incluyó el término “VIP (Very Important Person)” dentro del pancracio; lo anterior para designar un costo adicional y lugares reservados para quienes pudieran pagar un boleto que denota su demasía económica.

Desde estas generaciones ya se podía concebir parte de lo “chido” con lo “in”, es decir, que acudir a la lucha libre era parte de una actividad “en onda” o que es “chido” compartir con los amigos y vestir una playera alusiva a algún luchador es “in”. Con esto, las conceptualizaciones iniciales se modificaron y el toque de la mercadotecnia invadió tanto a los promotores (programadores de las funciones de lucha libre) como a los luchadores, quienes se empeñaron en sacar al mercado y comercializar sus productos, pero también dirigidos a cierto público, siendo el elegida la clase media y alta que puede consumir productos originales o de “marca”, lo que también representa ser “in”.

Es así que el abismo entre las definiciones no sólo involucró un juego de palabras y un rehúso de las mismas, sino un conjunto de cambios en las acepciones socio culturales que se emplean. La lucha libre dejó de ser sólo para “nacos”, pero ¿los sigue habiendo en las arenas?. Ahora las “luchas” son “chidas e in”, pero ¿jamás “nacas” e “in”?

Ya refiere Carlos Monsiváis en su Estética de la naquiza, que la palabra “naco” se puede adjudicar como proveniente de la palabra “Totonaca” y esto, a su vez, se une con el trato despectivo con el que es visto el indígena en México, asumiendo que un indígena necesariamente es pobre, sucio y carece de escolaridad, entre otros factores malamente atribuidos.

Entonces, considerando lo anterior, ¿cómo un “naco” va a ser igual a un “in”? La arena México y la Arena Coliseo reciben gente “chida” e “in” en sus butacas porque ya son consideradas como tradicionales, parte esencial de la lucha libre en México, pero los “in” prefieren que la montaña vaya a ellos, a ellos ir a la montaña; esa es la razón por la cual se han implementado eventos como la “Expo Lucha” en el Centro Banamex.

Es así, pues, que el empleo de estas palabras no hace más que advertir que, pese a que la “civilización” invadió desde hace muchos años a la Ciudad de México y que pese a que los “in” tienen la educación que a los “nacos” les hace falta, aún no se puede concebir que lo “naco”, lo “chido” y lo “in” son sólo divididos por un abismo de articulación y enunciación de palabras por una mala costumbre, más que a uno proveniente de la verdadera “conceptualización”.

 

 

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