El tercer largometraje de Ciro Guerra propone una recreación de dos diarios de viaje unidos en el tiempo por la selva en una filmación sutil y salvaje.

Yo también te maté…

Un hombre mira al otro lado del río, en la orilla de enfrente contempla la figura del viajero que intentó ayudar cuando era joven; ahora viejo comprende el verdadero significado de ese primer encuentro. El eco de los días de gloria de su pueblo resuena por el cosmos, como el grito de un cadáver, permanecer como un recuerdo es preferible a desaparecer en el silencio.

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El abrazo de la serpiente (2015), tercer largometraje de Ciro Guerra, propone una recreación de dos diarios de viaje. El primero firmado el etnógrafo alemán Theodor Koch-Grünberg (1872-1924) y el segundo por el biólogo Richard Evans Schultes (1915-2001). Ambas expediciones son mostradas de manera simultánea, con el indígena Karamakate (interpretado en juventud por Nilbio Torres y en la vejez, Antonio Bolivar) y la selva como único lazo entre los relatos (filmados con una belleza sutil y salvaje). De manera paralela, la cinta nominada al Oscar a Mejor Película extranjera se nutre de propuestas como Cabeza de vaca (1991), Aguirre, la cólera de dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972), Tabú (2012),  Meshes of the Afternoon (1943) o los cortometrajes de Stan Brakhage.

No hace muchas semanas Alejandro González Iñárritu buscó plasmar un viaje espiritual, casi místico, sobre un hombre peleando contra las fuerzas del destino y la naturaleza en El renacido (The Revenant, 2015) sin lograr concretarlo, principalmente porque la travesía era vista/experimentada por un hombre claro (de ciertas conexiones indígenas, pero alejado de ellos al final del día). Los indios en dicha película eran vistos como buenos salvajes y poco más.

La construcción de El abrazo de la serpiente desde la idea de que conocemos poco en realidad sobre las costumbres de los pueblos originarios de Latinoamérica, sin embargo esa escasez de conocimiento no los convierte en santos o en comunidades incapaces de cometer un error. Al contrario, son humanos y, por lo mismo, falibles. Ésa es la lección que aprende Karamakate de su vida en la jungla amazónica y de su encuentro con la otredad, representada por los dos extranjeros que lo visitan.

El guía tarda 40 años en comprender que su pueblo y sus costumbres están condenadas a desaparecer, no hay vuelta atrás. Primero la esperanza de que los suyos aún viven lo consume. Evitar contaminar sus creencias sólo evitará que éstas lleguen a otras generaciones o se desvirtúen totalmente, como sucede con ese grupo de huérfanos selváticos enloquecidos por el catolicismo de los misioneros y la fuerza de su educación temprana en sus comunidades de origen.

La solución para Karamakate es abrirse al extranjero, abrazar la amenaza y transformarla. El no podrá regresar nunca a su origen. El retorno para su cuerpo es imposible, no así para su espíritu. Si esta vida no fue suficiente, tal vez, la que sigue, le muestre el camino para usar el conocimiento transmitido y así completar el círculo de su existencia.

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