Resistencia, capacidad y cautela en extremo son algunas de las características del hombre prototipo de negocios en Centroamérica.

 

Por Rafael Croda

 

Con una historia reciente plagada de adversidades, Centroamérica ha generado una clase empresarial habituada a lidiar con escenarios complejos frente a los cuales suele salir avante.

En 2005, la industria maquiladora centroamericana vivió una crisis severa por la finalización del Acuerdo Multifibras, que le aseguraba una cuota del mercado de Estados Unidos y Europa. Un año después, la región había perdido alrededor de 28,000 empleos en el sector por el cierre de 57 plantas.

“Parecía que la maquila estaba condenada a desaparecer, pero los empresarios centroamericanos no sólo lograron hacerla sobrevivir, sino que la reinventaron de cierta manera al aumentar sus ventajas competitivas vía una mayor integración vertical de la cadena”, dice Carmen Aída Lazo, decana del área de Economía y Negocios de la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) de El Salvador.

En 2013, las exportaciones centroamericanas de textiles llegaron a 6,345 millones de dólares (mdd), cifra superior en 155% a la de 2004, último año de vigencia del Acuerdo Multifibras.

Es un ejemplo de una cualidad que está en el ADN de los empresarios de América Central: la resiliencia, un término usado en la neurociencia para definir la capacidad humana de afrontar situaciones adversas y salir de éstas con una mayor fortaleza.

Ésa ha sido una constante de las sociedades y del empresariado en una región que en el último medio siglo ha vivido dictaduras militares, guerras y desastres naturales. Además de recurrentes periodos de inestabilidad política, crisis económicas y, en los años recientes, una explosión de la inseguridad pública.

En medio de esas aguas turbulentas, los empresarios centroamericanos han construido una identidad determinada en gran medida por la resiliencia que han desarrollado, pero en la cual también son fundamentales otros componentes como la cautela, la aversión por los proyectos de alto riesgo, una clara tendencia a diversificar los negocios y una intuición a toda prueba para adaptar sus compañías a escenarios cambiantes.

“El empresario centroamericano entiende muy bien y sabe interpretar muy bien su entorno, lo que le ha permitido desempeñarse con habilidad en periodos políticos convulsos y lograr estabilidad a largo plazo”, explica el coordinador del área de Estrategia Corporativa del Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (Incae) de Costa Rica, Esteban Brenes.

De acuerdo con Brenes, la lógica es que cuando un sector marcha mal, el otro puede ir mejor, y lo mismo ocurre entre los países. “Por eso invierten fuera de sus fronteras, en especial en la misma región. Es una opción de manejar el riesgo de una manera más efectiva”, señala el doctor en Economía Agrícola y Comercio Internacional por la Universidad de Florida en Gainesville.

 

Le apuestan a todo

Los grupos Multi-Inversiones (Guatemala), Poma (El Salvador), Terra (Honduras), Pellas (Nicaragua) y Financiero Continental (Panamá), que figuran entre los más poderosos de América Central, se caracterizan por su alto grado de diversificación y su presencia regional.

Además, las operaciones de sus compañías se extienden a nivel intrarregional. Multi-Inversiones maneja más de 200 restaurantes Pollo Campero en Centroamérica, México y Estados Unidos. El Grupo Poma es el líder en venta y financiamiento de vehículos en Centroamérica y opera 20 centros comerciales en la región. Terra es el principal distribuidor de combustibles en el istmo.

Las grandes empresas centroamericanas tienen su origen en economías agroexportadoras vinculadas a la tierra y a la producción agraria. Ese modelo, que subsiste, dio paso a un nuevo patrón de crecimiento que ya no se basa en la agricultura, sino en el dinamismo de los servicios y el comercio. Hacia esos sectores ha migrado un alto número de empresas. En su mayoría se trata de conglomerados familiares.

“Son empresas familiares todavía, pero en muchos casos han buscado gobiernos corporativos formales y han profesionalizado sus juntas directivas”, señala el profesor del área de posgrados de la Escuela de Administración de Negocios (EAN) de Colombia, Fabio Moscoso.

El proceso de profesionalización de la elite empresarial se intensificó con las reformas económicas implementadas en los países de la región desde los años noventa para insertar al istmo en las dinámicas de la globalización y la apertura de mercados. Centroamérica cuenta con una amplia red de tratados de libre comercio, entre los que sobresalen los suscritos con Estados Unidos (2003-2004) y la Unión Europea (2012).

Contar con una perspectiva de largo alcance “es uno de los retos a futuro para los empresarios de la región, pues la globalización les demanda ampliar su visión de los negocios a nivel local, regional y mundial”, considera el presidente de la Cámara de Comercio de Costa Rica, Francisco Llobeth.

De acuerdo con Moscoso, también doctor en economía internacional por la Universidad de Fribourg en Suiza, desde el exterior Centroamérica es observada por los inversionistas como un todo. Fraccionados, los mercados son estrechos, pero juntos, los países del istmo suman 45 millones de habitantes con un producto anual de 194,000 mdd.

Los sectores financiero y bursátil de Centroamérica son pequeños y les falta profundidad y liquidez. Las grandes empresas se financian con sus propios recursos o están vinculadas a los bancos comerciales, que en su mayoría pertenecen a consorcios externos, en especial colombianos.

Un estudio de Procomer de Costa Rica, divulgado en febrero pasado, indicó que ese país acumula inversiones en el exterior por 1,518 mdd, de los cuales 64% estuvo destinado a naciones de Centroamérica.

Esas transferencias de capital involucran a 198 grandes conglomerados y Pymes. Las principales naciones inversoras en la región son Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Panamá, aunque la información de los montos es escasa y en buena parte no está registrada en las cifras oficiales.

 

Están en todo

Carmen Aída Lazo piensa que una de las debilidades de los empresarios centroamericano es que sus niveles de innovación, por lo general, “son sumamente bajos, por lo que la productividad se ha estancado”, en particular en los países del Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras) y Nicaragua, donde las excepciones son algunos de los grandes grupos económicos.

La intensidad tecnológica de las exportaciones centroamericanas es limitada. El año anterior, 33% de las ventas al exterior correspondió a bienes primarios, 29% a manufacturas de baja tecnología y sólo 4% a manufacturas de alta tecnología.

Brenes señala que otra falla del empresariado regional es que existe un sector que no se ha preparado para enfrentar una verdadera competencia internacional, y que ante los desafíos opta por vender sus compañías a firmas multinacionales, como ocurrió con las cadenas de supermercados que vendieron a Walmart —hoy el principal actor del retail en el istmo— o los bancos, que en gran parte acabaron en manos de grupos colombianos, algo similar a lo que ocurrió en México en esos dos sectores.

Los expertos consultados coincidieron en que otro punto que juega en contra de un sector significativo de hombres de negocios de América Central es su poca disposición a involucrarse en proyectos de inversión más audaces, ya que “acostumbran a arriesgar lo justo, son muy temerosos”. Algo que quizás obedece a las fatalidades que en la historia reciente han debido enfrentar.

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