La cinta más reciente de Guy Ritchie sugiere que, aunque se divierte detrás de la cámara, está muy lejos del potencial que tenía cuando estrenó Snatch, hace 15 años.

 

Es común en el análisis cinematográfico buscar temas, los tópicos usados por el director para bordar, cimentar su película. Sin embargo en ocasiones, el cineasta decide hacer de la ausencia de un centro temático el asunto en cuestión, algo muy común en el cine más radical, vanguardista, experimental.

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No obstante, desde hace unos años el cine de acción (sobre todo el norteamericano, pero no de manera exclusiva), parece usar las mismas estructuras. Un flujo de imágenes, movimiento perpetuo sin un fin más allá que fluir en nuestras retinas.

Alguna vez Guy Ritchie fue el siguiente gran cineasta del Reino Unido, su debut, Juegos, trampas y dos armas humeantes (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998), y su segundo esfuerzo detrás de la cámara, Snatch: Cerdos y diamantes (Snatch, 2000), mostraban a un director seguro de su estilo, amante de las calles y la mugre emanada de éstas. Había cochambre y lo ostentaba con orgullo, además de estarse divirtiendo con sus actores. Basta recordar el inolvidable personaje de Brad Pitt en Snatch, un gitano apenas entendible, boxeador y estafador. Quizá fue su matrimonio con Madonna o, simple y llanamente, la edad/e inexorable paso del tiempo, pero Ritchie dejó de ser interesante.

El agente de la CIPOL (The Man from UNCLE, 2015), su proyecto más reciente, mezcla de manera interesante las dos cuestiones arriba planteadas. Por un lado es una demostración de estilo, diseño de producción y un torrente de fotogramas sin muchas ideas de fondo. Del otro lado de la cancha está Ritchie, todavía divirtiéndose pero metido de lleno en su trabajo de estudio, de alquiler, ahora como artista residente de la Warner Bros.

Basada en la popular serie televisiva de los años 60, la cinta narra la historia de Napoleon Solo (Henry Cavill, tieso, aunque no tanto como en El hombre de acero) el agente más eficiente de la CIA, cuya misión es sacar de la Alemania comunista a Gaby Teller (Alicia Vikander), hija de un experto en armas nucleares, antes de que los rusos se acerquen a ella, por medio de su tenaz espía Illya Kuryakin (Armie Hammer, chacoteando con su acento soviético). No obstante, una serie de extraordinarias circunstancias y oportunismo gubernamental, obligarán a los muchachos a trabajar juntos para encontrar una nueva bomba que podría cambiar el curso político del mundo.

Estamos ante un espectáculo digno de verse, Ritchie y su equipo recrean visualmente la vibra de los 60. Rica en detalles, como un anuncio sobreproducido de algún catálogo de la temporada primavera/verano de cualquier marca textil con prosapia. La música explota en el momento perfecto y está elegida con gusto, curaduría con tino. Cómo Transformers 4: La era de la extinción (Transformers: Age of Extinction, 2014) con su obsesión por los gráficos generados por computadora o la manía de Tom Cruise por perfeccionar la fisicalidad de las secuencias de acción en Misión: Imposible – Nación secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation, 2015), en El agente de la CIPOL la intención de reconstruir un la elegancia de una época está sobre todo. No hay razón para llevar a los personajes a Italia a una carrera de coches más que ésa, por ejemplo.

El agente de la CIPOL fue un proyecto que rebotó por años al interior de su productora, nadie parecía quererlo, incluso el público no parece muy entusiasmado –13 millones de dólares en su semana de estreno en Estados Unidos–. Por ahí se asoman temas, pero nunca entorpecen la narrativa. Ritchie tiene sus metas muy claras: hacer un producto medianamente entretenido que luzca muy suave. Quizá nunca logre ser el auteur más profundo del mundo, pueden estar seguros que siempre le pondrá mucho estilo.

Contacto:

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Tumblr: pazespa
Página web: Butacaancha.com

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