Por Josep-Francesc Valls / ESADE Business & Law School

La crisis financiera global de 2008 impactó fuertemente en Europa y relativamente poco en América Latina. La consecuencia para Europa fue que las clases medias iniciaron un declive financiero, que aún no cesa. De 1985 al día de hoy no sólo se han empobrecido, sino que además han reducido su tamaño en un 3.7%. A pesar de ello, entre el 60 y el 80% de la población europea se considera clase media, gracias a unos ingresos que abarcan entre 20,000 y 60,000 dólares anuales.

En el continente latinoamericano, por el contrario, el extraordinario crecimiento de 2000 a 2010, basado en la explotación de las materias primas, posibilitó que 50 millones de personas salieran de la pobreza y que las clases medias llegaran a niveles históricos. Actualmente representan en torno al 40% de la población –el doble que en 1990–, con ingresos anuales de entre 4,000 y 20,000 euros. Esta nueva posición no impide que sean tratadas como la clase de los vulnerables; los avances no contentan ni mucho menos a sus componentes que ven infructuosos los esfuerzos realizados para ascender en la escala social.

Las clases medias se encogen en la vieja Europa y emergen en América Latina, y todas reclaman el derecho a alcanzar sus aspiraciones. Veteranas las primeras y muy jóvenes las segundas, éstas siguen sufriendo a ambos lados del Atlántico.

A las dos diferencias existentes –el porcentaje de las clases medias sobre el total de la población y las rentas percibidas–, hay que añadir la de los servicios sociales tan dispares. Sobre este último aspecto, valga un dato: el gasto en salud per cápita resultaseis veces superior en los países europeos.

Sin embargo, las aspiraciones de estos grupos sociales se parecen. En mayor o menor proporción, son trabajadores por cuenta ajena o que regentan negocios pequeños o medianos –incluso algunos informales–, profesionales, empleados con buen nivel educacional y en la mayoría de los casos, propietarios de una vivienda. Les preocupa la precariedad laboral y el cambio climático, la calidad de los servicios públicos y la educación superior, y sus componentes se sienten profundamente frustrados porque expectativa y realidad se alejan cada vez más.

Los europeos asisten desconcertados al desbaratamiento del Estado del bienestar que han venido gozando en las últimas décadas. En torno a él, las clases medias europeas componían la piedra de toque sobre la que se fundamentaban las sociedades, el sistema de mayorías políticas y el crecimiento económico. Ahora, a un porcentaje importante de estos grupos no les alcanza para llegar a fin de mes. Están perdiendo a marchas forzadas el estatus adquirido y eso las aboca a un inestable equilibrio. Por su parte, pese a los grandes avances, en América Latina no se acaban de asentar las clases medias, como consecuencia de las grandes desigualdades sociales, del lastre de la economía informal y de la baja productividad. Se percibe un malestar económico.

El descontento de las clases medias bulle por doquier. Su desestabilización es el efecto más elocuente. En ambos casos, es el caldo de cultivo de la incertidumbre y el desasosiego. En Europa, se traduce en el auge de la ultraderecha excluyente y en los movimientos en las calles, como el de los chalecos amarillos en Francia.

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En América Latina las expresiones de descontento iniciaron hace poco tiempo con manifestaciones masivas de Brasil o Argentina, y en los últimos meses han derivado en explosiones sociales con componentes de revuelta popular en Chile, Ecuador o Colombia. El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, identificó la semana pasada el problema centrándolo en la “vulnerabilidad de la clase media”. A pesar de crecer las economías (el caso colombiano resulta paradigmático, con un alza del 3.2%) y de reducirse la informalidad laboral, los salarios resultan excesivamente bajos y los costos laborales no salariales demasiado elevados para facilitar la consolidación de las clases medias como eje central de las sociedades.

En la escalera, unas clases medias bajan y otros no se mueven. Las más añejas y las bisoñas. Ambas viven el mismo frenesí, tanto las que pierden atributos en la caída a los infiernos como las que no consiguen alcanzar el paraíso. La OCDE solamente ve un camino, el de la cooperación internacional para favorecer un desarrollo incluyente y sostenible. Ello exige avanzar en la reforma fiscal, en la definitiva liberalización de los sectores económicos y en la protección de los más desfavorecidos, reduciendo las desigualdades. Mientras los gobiernos buscan soluciones para ofrecer más oportunidades a la clase media, la fricción histórica entre el capitalismo y el bienestar colectivo continúa.

*El autor es catedrático de Esade Business School.

 

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