Desde el 1 de noviembre de 1993, fecha en la que se promulgó el Tratado de Maastricht, el estatus quo europeo se consolidó como el ejemplo de integración regional. La idea de la aldea global, que brillaba como utopía, se fortalecía conforme la Comunidad Económica Europea daba pasos firmes hacia la Unión Europea, que implicaba además de la avanzada unión arancelaria que ya se venía trabajando desde la firma del Tratado del Acero y el Carbón en 1951.

El diseño de las instituciones europeas contempló cuerpos administrativos colegiados que no solo mantendrían el equilibrio de poder al interior de la Unión, sino que buscarían de manera reiterada la participación de todos los países miembros en la construcción de políticas conjuntas.

Como ha sido a través de la historia europea, el Reino Unido se mantuvo al margen de muchos ámbitos del desarrollo de la Unión Europea, al grado de no adoptar la vanguardista idea de una moneda común, de mantener autonomía de su banco central y de no adoptar la ciudadanía europea.

Conforme los años pasaron y los movimientos nacionalistas y antimonárquicos llenaron la escena política británica, también crecieron los sentimientos de anti-unionistas. La idea de abandonar el compromiso adquirido con la Unión Europea se volvió un asunto político, más que de interés nacional, un tema capitalizable, un bastión conservador que podría continuar con la tarea iniciada por David Cameron, quien al vencer al Partido Laborista, ofrecía la posibilidad de comprobar que los liberales poco habían hecho por el desarrollo sostenible y sustentable del Reino Unido.

Theresa May se perfiló rápidamente como la segunda mujer conservadora en formar gobierno para la Reina Isabel II, bajo la promesa de cumplir la voluntad del pueblo a través de un referéndum para lo que de asunto de Estado pasó a ser trending topic, el Brexit.

Desde 2016, la idea de una eventual salida de la Unión Europea, el Reino Unido vio a una ligera mayoría optar por la idea de desasociarse económica y políticamente del proyecto integracionista más importante de la historia.

Sin embargo, como en todos los discursos políticos, la premier británica enfatizó el qué, pero no el cómo. Con el apoyo del Parlamento, e incluso a pesar de las renuncias de varios miembros de su gabinete, May logró llevar al seno del Parlamento Europeo un documento que ha sido nombrado el divorcio más complejo de la historia.

En un principio, Gran Bretaña llevaba el liderazgo en la negociación; sin embargo, la realidad europea comercial se expresa en una amplia ventaja para la Unión, desde que el flujo comercial permite a los europeos vivir sin los productos británicos, pero no a los británicos vivir sin los productos europeos.

Los brexiters no consideraron el costo de abandonar un mercado de casi 450 millones de personas, ni las cuotas compensatorias que deberán pagar a la Unión Europea como penalización por la terminación del Tratado.

Tampoco se evaluó el costo, y bajísimo beneficio, de abandonar los órganos e instituciones europeas; los próximos meses (cruciales para el Brexit), Gran Bretaña los podría pasar aguardando el fallo de órganos colegiados en los cuales ya no tendrá representación.

Así mismo, se dejó de lado el contexto comercial internacional, la inminente disputa comercial entre los Estados Unidos y China, la imposición de aranceles a discreción y lo que será el mundo comercial a partir de la nueva dinámica en el Pacifico; en estos complejos escenarios, Reino Unido estará en la arena comercial solo, por su cuenta y sin el respaldo de las instituciones europeas.

Ante la creciente cercanía entre Alemania y Francia, también a Gran Bretaña le convendría seguir ahí, la eventual creación de un ejército de protección y resguardo europeo no solo le aseguraría el refuerzo en la lucha contra el terrorismo, sino que le aseguraría una posición de poder respecto a la eventual disolución de la OTAN.

En tiempos volátiles y de amplios cambios en el equilibrio de poder regional y mundial, el Brexit no parece ser tan buena idea como al principio; por el contrario, pone de manifiesto nuevamente que la retórica no siempre es mejor que la razón.

 

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