Quien pueda debe aprovecharlo, pero no hay que perder de vista que creer que se puede “estimular” la economía para siempre a través del gasto, es vivir en un injusto mundo de fantasía.

 

Estamos a unos días de que en México se lleve a cabo “El Buen Fin”, que como sabe, es una campaña que aprovecha el fin de semana largo con motivo del aniversario del inicio de la Revolución mexicana, para promover ofertas especiales en una gran cantidad de comercios.

Sin embargo, la iniciativa que por supuesto es bienintencionada, debe verse desde una perspectiva mucho más amplia que la expresada por la Secretaría de Hacienda, que ha dicho que servirá para “estimular el crecimiento de la economía”.

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No hay lugar a dudas: cuando fluye el dinero, el gobierno, los empresarios y los consumidores están muy contentos, y eso está muy bien.

Quien pueda debe aprovecharlo, pero al mismo tiempo, no debemos perder de vista es algo más de fondo: Creer que se puede “estimular” la economía para siempre a través del gasto, es vivir en un injusto mundo de fantasía.

Injusto, porque de poco sirve que a nivel individual y familiar haya muchas personas responsables que ahorran y otras que cuidan de no sobrepasarse en sus pasivos para cuidar su capacidad de pago, si a nivel macroeconómico el gobierno se excede por todos ellos a través de déficits públicos que endeudan no solo a la generación actual, sino a las futuras.

En México lo hemos vivido ya antes. El sexenio 1988-1994, fue una época de relativa “bonanza” que, luego del “error de diciembre”, se acabó de golpe regresándonos a nuestra realidad.

Ese “buen” período de la economía nacional, que nos puso de moda en el mundo, lo vivimos con cargo al crédito tanto interno como externo, que cuando ya no fuimos capaces de extenderlo, el sueño de llegar a ser desarrollados terminó.

El costo aún lo seguiremos pagando por muchos años. De manera que vivir de prestado es un ingenioso invento del ser humano para “traer del futuro” riqueza que todavía no existe, y que no nos tocaba a nosotros disfrutarla, sino a nuestros hijos. Una injusticia.

Toda prosperidad y aumento de los ingresos reales de la gente hoy, que no provenga de un incremento en la productividad, de generación de riqueza y capital así como de auténticos ahorros presentes que lo financien, es una ilusión que tarde o temprano termina mal.

Por eso preocupa encontrar algunos paralelismos de aquellos tiempos con los actuales.

Ahora, se habla de un “Mexican moment” que se fue desvaneciendo con la desaceleración económica que padecimos este 2013, y el gobierno que había prometido responsabilidad y “déficit cero” en el manejo de las finanzas públicas, se ha olvidado de ello.

Regresamos entonces al viejo sendero del amplio déficit público, al repetido discurso de la necesidad de expandir el gasto, el crédito y las deudas para “levantar” la economía.

Todas las reformas económicas propuestas por el presidente van exactamente en el mismo sentido, sea que se trate de la hacendaria, la energética, el presupuesto o de la reforma financiera. Esta última, incluso de manera explícita habla de expandir el crédito en México, mientras que la promoción abierta y permanente del ahorro no forma parte de las políticas oficiales. No es prioridad.

Ojalá entendiéramos que el mundo vive la que, en el futuro, será vista como la crisis más severa de la historia humana, como consecuencia justo de tener una economía global basada en el dispendio.

Ese sistema sería perfecto de no ser por un “defectito” que lo convierte por definición en insostenible: las deudas, sean públicas o privadas, no pueden crecer para siempre porque tarde o temprano se tienen que pagar, y si esto ya no es posible por su magnitud, los que más perderán son los acreedores, por supuesto, en otra gran crisis.

Parece que esta vez el curso económico decidido en Los Pinos no dará un nuevo golpe de timón en el sentido correcto, a pesar de la promesa, solo eso, de que para 2017 volveremos al equilibrio presupuestal.

Por eso, como le decimos en esta columna, más vale irse preparando mientras haya tiempo, no vaya a ser que de nuevo, en 2018, tengamos un mal fin.

 

 

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