Una de las primeras enseñanzas en el mundo del periodismo es que los datos son lo más importante. Sin información fidedigna, no hay manera de ejercer la profesión. Se puede opinar sin datos, pero ese tipo de argumentos tienden a morir con rapidez. No obstante, la percepción del público sobre cierto tema puede transformarlo todo. La emoción vence a la razón. Es más sencillo creer que una organización perversa controla nuestras vidas y transforma el mercado financiero a voluntad que comprobarlo. Ése es el tema de la miniserie El caso de O.J. Simpson (The People v. O.J. Simpson: American Crime Story, 2016).

La antología criminal creada por Scott Alexander y Larry Karaszewski narra uno de los episodios más polémicos en la historia judicial de los Estados Unidos, un juicio donde el asesinato de dos personas pasó a segundo plano. La historia es bastante conocida gracias a los tabloides: una noche la ex esposa de O.J. Simpson, un reconocido ex jugador de la NFL, fue asesinada junto a su presunto amante; días después, la policía de Los Angeles señaló al popular atleta como único sospechoso del crimen. Al final del juicio, Simpson obtuvo su libertad.

El caso de O.J. Simpson plantea que, al momento de su resolución, Estados Unidos se encontraba en medio de una encrucijada. La comunidad afroamericana y la ciudad de Los Angeles (su policía, sobre todo) estaban en la mira pública después de las trifulcas provocadas por el veredicto en el caso de Rodney King. La inocencia o culpabilidad de una figura como O.J. era una cuestión histórica para una comunidad que percibía su presente y futuro como un espacio incierto. La deuda histórica era más demasiado grande.

El equipo detrás del programa hace un buen trabajo balanceando el lado humano con el social, sobre todo tomando en cuenta que cualquiera puede revisar los detalles del juicio con sólo un click. La narrativa no se construye en torno a sorpresas, sino alrededor de los personajes y la transformación que sufren al involucrarse en el juicio. Es un trabajo de equipo, donde cada actor tiene espacio para desarrollarse. Por eso no resulta extraño ver a David Schwimmer, John Travolta o Cuba Gooding Jr. (tres actores que tenían años sin figurar por su buen trabajo histriónico) brillar en sus roles.

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Esa efectiva balanza entre los temas, separa a The People v. O.J. Simpson de otras producciones como The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst (2015), donde las ganas por figurar del director Andrew Jarecki resultaban abrumadoras; o Making a Murderer (2015) y Presunto culpable (2008), que tenían una vena militante más evidente. La serie crea un mosaico interesante que satisface por igual al amante de las recreaciones históricas, que al junkie adicto a los procesos judiciales o al hambriento por algo de entretenimiento.

Veinte años después Estados Unidos sigue discutiendo los mismos temas e intentando discernir entre el ruido creado por “datos alternativos” y la información de verdad. El racismo no acabó, sólo mudó de piel.  El juego de las percepciones sigue reinando nuestras vidas.

 

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