Por Julián Andrade*

La vida de los grandes capos del narcotráfico suele terminar mal. La muerte violenta o la cárcel son dos de las alternativas más comunes.

Es el precio por los excesos que provienen de un mundo duro, donde el tronar de las balas es el lenguaje cotidiano.

Dinero y muchos problemas se empalman hasta precipitarse en los abismos que narran las historias y que promueven las leyendas sobre los criminales que han irrumpido en uno de los mercados prohibidos más prósperos: el de las drogas.

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Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera está en la silla de los acusados en una corte de Nueva York. Enfrentará cargos en los que se dará cuenta de una parte muy pequeña de su historial delictivo.

Quienes crean que ahí se van a revelar grandes datos, se llevará una decepción.

Esto es así, porque en los juicios tienen que existir pruebas sólidas que formen casos y que eventualmente produzcan condenas.

La fiscalía debe tener elementos suficientes para dejar a “El Chapo” por muchos años y quizá de por vida en prisión, pero no para obsequiarle al público y a los interesados un expediente al nivel de las expectativas.

Puede ser frustrante, pero no importará en la medida en que se haga justicia. Recordemos que el mafioso Al Capone sólo pudo ser detenido por evasión fiscal y no por las extorsiones, los homicidios y el miedo que propaló en Chicago.

Guzmán Loera controló un imperio, pero este dista de estar en las zonas de glamour y más bien se desarrolla en plantíos, rancherías, carreteras, alcantarillas y callejuelas.

Es todo un circuito que culmina con la venta de las drogas al menudeo, que se afianza en la producción, pero que en el trasiego de la droga es donde se encuentran los pliegues más peligrosos, porque los mercados ilegales se regulan por medio de la violencia.

La organización criminal de “El Chapo” Guzmán es todavía poderosa y esto es así, porque han mantenido eficiencia en niveles logísticos y una alta capacidad de fuego, sobre todo para enfrentar a nuevos y viejos adversarios.

Es probable que en la actualidad el capo signifique ya muy poco, aunque su prestigio en círculos criminales sirva a sus herederos para mantener lealtades.

Esto es así, porque por primera vez en su vida, Guzmán Loera está realmente aislado. En los penales de máxima seguridad donde estuvo preso, en nuestro país, logró privilegios que tuvieron como resultado dos fugas, de fortalezas en teoría construidas para evitarlas.

Acaso por ello, su narrativa más persistente de defensa, a nivel público, tenga que ver más con sus hijas y su esposa, que con lo que les pueda decir a los socios que siguen libres y en el negocio.

Cuando en unos meses el jurado dé su veredicto, terminará una época, aunque esto no signifique –no pude hacerlo– que no surjan nuevos barones del narco o que estén ya en funciones. Lo prohibido, después de todo, suele ser muy redituable.

*Periodista y escritor. Es autor de la Lejanía del desierto y coautor de Asesinato de un cardenal

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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