En México no sabemos bien a bien quién crea la riqueza. Muchos (empezando por el presidente) siguen pensando que es la naturaleza y nos repiten historias muy gastadas que leyeron en algún libro de primaria: “México es un país muy rico, con bosques, minerales, petróleo y grandes litorales”.  

De esa manera se justifica que “la nación” (realmente el gobierno, realmente el político en turno) sea el dueño original de todos esos recursos, incluyendo el agua. Es un concepto arcaico que viene desde la Colonia: la Corona es la dueña de los territorios conquistados y reparte la riqueza entre sus aliados y amigos.  Así lo consagra nuestra Constitución Política. 

En este concepto mercantilista (pre-capitalista), en donde la riqueza no se crea, se “extrae”, el jefe político reparte “con justicia” para que los demás le extraigan la riqueza al territorio: tierras para el ganado o la siembra, agua para el riego, minerales, petróleo, playas para el desarrollo turístico, bosques para la madera y, antiguamente, siervos para el trabajo. 

El único ingenio humano que se requiere para ser rico, entonces, es ser amigo y protegido del gobernante, ser agradecido y mocharse una parte de las ganancias. La riqueza no se crea, se reparte. Y la discusión política entonces es quién la reparte, cómo la reparte y a quién la reparte. 

Si algún individuo inventa algo para hacerse rico o para mejorar la productividad de alguna industria, el rey lo apabulla, pues está trastocando el orden económico y político. No hay ningún derecho para que nadie se haga rico o contribuya al desarrollo social de ninguna otra manera que la repartición de la riqueza por parte de su majestad. 

La Ilustración, la industrialización y el capitalismo cambiaron esto. La riqueza ya no se ubica en la tierra -agricultura o minería- y en el poder político sino en el ingenio humano y en el intercambio comercial. El ingenio lo reparte la Diosa Fortuna, el trabajo, el método científico, la educación y el esfuerzo personal. Por tanto, el gobernante pasa a un segundo plano en su poder político, ya no es relevante. Bendito capitalismo, bendita democracia. 

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El sistema político puede contribuir facilitando las condiciones para la creación de la riqueza o puede estorbar. La mejor manera de contribuir es protegiendo la libertad de cada quien. Y como esto no es algo que les guste a los políticos, la sociedad debe limitar la libertad del gobernante. El gobierno se convierte en un mal necesario al que debe mantenerse en su mínima expresión: mucho ayuda el que no estorba y cumple bien con sus funciones básicas de policía, juez y soldado.   

En México, este concepto moderno aún no acaba de cuajar, por lo menos no en todo el país y por ello, a diferencia de los países desarrollados, tenemos un gobierno pesado y estorboso a quien hay que adular para que no nos perjudique. Constitucionalmente es dueño de todo, no es fácil defenderse de él. Sus “cuates” son los privilegiados. Si el gobierno cambia de dueño, los nuevos políticos tienen esos derechos de uso y abuso. 

Los empresarios son mal vistos porque son, en esa lógica, los que se han valido de sus contactos con los políticos anteriores para hacerse ricos y, en lugar de admirarlos, la sociedad los envidia y los hostiga. No importa que sus industrias o comercios no tengan que ver con ninguna “extracción” de riqueza; si son ricos, hay que desconfiar de ellos, sobretodo si ellos mismos lo han logrado. En México se respeta más al que hereda que al que crea riqueza con ingenio propio. Absurdo ¿no?

Cuando se habla de empresarios o de iniciativa privada se piensa en los grandes empresarios, no en los cientos de miles de pequeños y medianos empresarios que día con día crean riqueza con su ingenio, enfrentando envidias de amigos, burocracias depredadoras, inseguridad, mafias de todo tipo, exceso de regulación, ah sí, y la competencia de otros. 

Intentamos ser un país desarrollado, pero la mentalidad de muchos mexicanos no ha salido del mercantilismo colonial, disfrazado ahora de socialismo y estatismo nacionalista. 

Hoy sufrimos por los embates de una nueva administración que se siente- de nueva cuenta- dueña de la moral y de la riqueza del país. Pocos se atreven a enfrentársele. Salvo raras excepciones, se le apacigua, se le adula, se le engaña o intenta engañar, pero nunca enfrentar. Y la nueva administración toma esos raros afanes de independencia social y exigencias de buen gobierno como una traición, como conservadurismo, como inmoralidad, como un atentado a su derecho de ser el nuevo dueño del país, ¿qué acaso no ganaron una elección mayoritariamente? 

Quizá algún día, entenderemos todos (salvo 15 millones de electores) que la riqueza no se reparte, la crean los individuos a pesar del mal gobierno y los paradigmas coloniales que aún nos embrujan y con los que aún se pretende gobernar. 

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Santiago Roel R. es Director y fundador de Semáforo Delictivo, herramienta de rendición de cuentas, evaluación y análisis del comportamiento de la delincuencia y violencia en México.

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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