Las recientes cifras de crecimiento económico muestran que la economía mexicana se desacelera en forma muy importante. El crecimiento en el primer trimestre de 2019 registró un saldo negativo de 0.2% y su ritmo de crecimiento anual desde el cuarto trimestre de 2009.  Si bien es cierto que desde 1995 el arranque de cada nueva administración viene con la llamada “maldición de inicio de sexenio” en la que se observa una caída en el ritmo de crecimiento el primer año de un nuevo gobierno, lo cierto es que la desaceleración que observamos empieza a ser más pronunciada.

Existen varios factores que explican esta desaceleración como son la parálisis en el ejercicio del gasto público por un efecto de curva de aprendizaje, la política de austeridad “republicana” y/o “franciscana”, así como el uso de recursos de los contribuyentes para realizar inversiones que antes hacía el sector privado, el desabasto de combustibles y cortes eléctricos en el sureste.

AMLO ha expresado la necesidad elevar los niveles de inversión y ha prometido que ahora sí creceremos al 4% al final del sexenio, apoyados en una mayor inversión pública y privada. Lo cierto es que la causa raíz del bajo crecimiento de México ha sido la falta de inversión que aumente la capacidad instalada de la economía. Necesitamos mayor inversión en capital físico. Nos faltan “caballos de fuerza” y necesitamos una “máquina más grande”. Algunos estiman que por cada punto que aumenta la inversión total como porcentaje del PIB, el crecimiento económico se eleva en 0.25 puntos porcentuales. Es decir, un aumento de la inversión de cuatro puntos porcentuales del PIB nos daría un punto porcentual de crecimiento económico. Ojo, este aumento es inversión adicional a la inversión inercial y no debe considerar fusiones y adquisiciones que implican un cambio de manos de empresas, pero que no agregan capacidad productiva. Así que mientras esto no pase, pues no habrá mayor crecimiento y seremos extremadamente sensibles a factores coyunturales y a dar justificaciones del porqué no crecimos lo que prometimos.

Enfrentamos una contradicción muy fuerte entre el decir y el hacer. En los hechos la nueva administración ha sacado al sector privado de la inversión en una suerte de sustitución. La cancelación del NAIM y la construcción del aeropuerto en Santa Lucía que será construido por la Sedena son ejemplos claros. Y qué decir de la mayor inversión pública en Pemex y CFE que antes se realizaba con inversión privada. Más aún, la recién aprobada Reforma Laboral que da mayor poder a los líderes sindicales no tomó en cuenta las consideraciones de los empresarios. Además, la encuesta de especialistas del sector privado que realiza Banxico en la que sólo el 5% considera que es un buen momento para invertir y sólo el 16% piensa que el clima de negocios mejorará en los siguientes seis meses.

Si seguimos haciendo lo que hicimos en el pasado -invirtiendo poco- seguiremos creciendo poco. Si ahora invertimos menos, pues creceremos todavía menos. Por un lado, es momento de dejar los reflectores de la campaña y sus promesas para la “base votante” porque ya llevamos diez meses de gobierno. Y, por otro lado, es necesario dejar de “buscarle el modo y renegar en privado”, sabiendo que no llegaremos a donde queremos. El tiempo apremia. No nos hagamos.

 

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