Por Diego Echegoyen Rivera*

El cambio de presidente en Cuba significa un contundente mensaje a las nuevas clases políticas: nada es permanente en la época de la inmediatez, todo poder está sujeto al desgaste político y a la erosión social que responde invariablemente a una lógica mundial. Es un dictamen de la política real.

La Habana se encuentra en una encrucijada que juega en su propio beneficio si sabe leer los tiempos. Cuba es una brújula latinoamericana permanente sobre pensamiento de izquierda. Es un tanque de pensamiento cuyo ideario no ha naufragado, a pesar del fallido Socialismo del siglo XXI y de su defensa de Maduro en la Cumbre de las Américas. Ha sabido marcar su propio relato a pesar del aislamiento geográfico y político.

En la práctica Miguel Díaz-Canel, el nuevo Jefe de Estado, no es garantía de continuidad, pero tampoco lo es del cambio, al menos en los siguientes cinco años. El control real seguirá en manos de Raúl Castro, como presidente del Partido Comunista Cubano hasta el año 2021. El núcleo del partido será un puente atemporal para sobrevivirse, protegerse y asegurar el sistema restrictivo.

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La democratización de la revolución no está sometida a discusión, no aún. Seguirá el control vertical, la represión y el superestado observador; pero nombrar un nuevo mandatario no admite la acusación de matiz estético, no en Cuba. Aunque esta dinámica obedece a una lógica aplastante de la nueva realidad política de la que ni Corea del Norte ha podido escapar, en La Habana no se avanza lento, se avanza según los planes rigurosamente estudiados.

La renovación del fondo no depende del humor con el que el mandatario entrante y el saliente acuerden las prioridades del gobierno; éstas dependerán de la fortaleza con la que permeen la necesidad de cambio en el músculo político que rodea a la vieja guardia, esos compañeros de Fidel y Raúl que cuidarán de la revolución cubana mientras vivan.

Las velocidades del relevo difícilmente serán marcadas por las expectativas de los cubanos, pero el simbolismo dicta que tarde o temprano serán ellos, con autodeterminación, quienes elegirán su futuro, pero ese sueño debe esperar. Se preguntan si la condición de exilio, disidencia y presos políticos, la represión y las violaciones sistemáticas de Derechos Humanos obtendrán justicia transicional.

Los más optimistas esperan cambios de profundidad en el aspecto político, pero en el sentido estricto de prioridades el pueblo los desea en el orden económico. La agenda próxima no debería ser otra cosa que asegurar empleo, alimentación y vivienda. El traspaso de liderazgo debe significar para el cubano de a pie oportunidades y calidad de vida, muy por encima de la retórica política.

La Cuba del futuro depende de la conexión y el conocimiento. El Estado deberá permitir el espíritu crítico y el acceso a la red sin cuotas, ni condiciones de ideología. Deberá asegurar ciudadanos independientes y productores de conocimiento en plena libertad. El espíritu crítico asegurará que el tejido intelectual sea fuerte, productivo y al servicio de la democracia.

Para el nuevo mandatario se abre una gran oportunidad de interlocución internacional arropado por la idea de transformación, aún no efectiva. Porque deberá demostrar su valentía para empujar los cambios hacia adentro de su partido y hacia afuera, en beneficio del pueblo cubano.

Sin importar la profundidad de la disposición al cambio que tenga la vieja guardia, algo es seguro: es inmenso el crédito moral que está prestando el nuevo presidencialismo cubano.

*Consultor en Asuntos Públicos y Comunicación Política. Editor y coautor de diversas publicaciones sobre liderazgo, participación, desarrollo y política.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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