¿Libertad o igualdad?

Este es el viejo debate en los sistemas políticos avanzados, en las democracias liberales con un alto grado de desarrollo económico.

Las políticas que promueven libertad son criticadas porque generan desigualdad. Las políticas que promueven igualdad son criticadas porque fomentan intervención del Estado y restringen libertades.

¿Equidad en resultados o en procesos?

Quienes promueven equidad pueden fijarse en dos cosas diferentes: en la equidad en los procesos -igualdad ante la ley- o en la equidad en los resultados -menor desigualdad en los ingresos-.

Quienes defienden libertades abogarán por la equidad en los procesos: todo mundo debe ser tratado equitativamente ante la ley, no hay excepciones. Ese es el principio de las democracias liberales. Advierten que buscar la equidad en los resultados no sólo es inútil, sino peligroso; nos dicen: “quienes buscan equidad en los resultados se quedan sin equidad y sin libertad”.

Un punto a favor de ellos es que los países más libres y más equitativos en los procesos, también son los más ricos y los más equitativos en los resultados; mientras que los menos libres y que -supuestamente- se enfocan en la equidad de resultados, son los menos equitativos y los más pobres.

Ninguna de las dos posturas está en contra de apoyar a los más débiles para ayudarlos a incorporarse a la economía productiva, ambas reconocen el papel de la educación como un gran equilibrador y generador de movilidad social, pero la que promueve libertades advierte que los políticos no deben inmiscuirse de más en las vidas privadas; mientras los que promueven equidad de resultados, insisten en que es necesario hacerlo para combatir la concentración de la riqueza que juega en contra de la democracia y de la libertad.

El debate es sumamente interesante y tiene más matices que los que yo expongo. Sin embargo, México no es una democracia liberal ni una economía desarrollada, su desarrollo es mediano, no cuenta con un gobierno eficaz ni con un Poder Judicial realmente independiente, entonces, el debate es mucho más simple.

Tenemos un sistema con poca transparencia en donde los políticos no son vigilados, acotados y responsabilizados por los ciudadanos. Tenemos un sistema educativo muy deficiente que no aboga por la calidad de la educación sino por el poder político de los sindicatos de maestros. Y tenemos un gobierno que no garantiza la seguridad de sus ciudadanos, ni la propiedad privada.

Ese poder excesivo de los políticos genera graves desigualdades, ya que los amigos de los políticos encuentran tratos privilegiados; lo que se conoce como economía de compadres y se da desde el alcalde hasta el presidente. Son desigualdades de proceso –injustas totalmente- que generan desigualdades de resultados. Los beneficiarios de esta inequidad son desde empresarios poderosos y líderes sindicales, hasta amigos y familiares de los políticos.

Tenemos un gobierno que dista mucho de ser eficaz, eficiente y honesto. Por ello, debemos tener especial cuidado en no darle mayor poder a los políticos.

El cambio hacia un sistema más eficaz y justo debe venir entonces por lo primero: la libertad para los ciudadanos y la equidad en los procesos. Una vez que se obtenga esto se puede entrar a las discusiones de más altura de las democracias liberales avanzadas, no antes. No se puede hablar de mejorar el plan de vuelo, si el avión aún no despega.

¿Quién puede corregir esto?

La sociedad organizada es la única que construye sistemas eficaces, no los políticos. Tampoco se construyen de inmediato, son un proceso que lleva años de prueba y error, y batallas contra el abuso del poder.

¿Puede un líder político agilizar el proceso? Sí, pero es raro, ya que los políticos no suelen tener un buen nivel de consciencia y acaban buscando lo de siempre: la concentración y la permanencia en el poder.  En la historia, los ejemplos de un buen líder son extraordinariamente escasos y los abusos, la regla.

En resumen, por su grado medio de desarrollo económico y político, México debe centrarse en la libertad de los ciudadanos y en la equidad de procesos antes que pensar en la equidad de los resultados, y debe hacerlo acotando el poder de los políticos y no confiando en sus supuestas bondades y buenas intenciones.

 

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