Una de las razones por las que funcionaba Depredador (Predator, 1987) era la manera en que la película usaba a Arnold Schwarzenegger, uno de los ideales de hipermasculinidad explotados por el cine de acción durante los 80, como su protagonista. Ante una amenaza violenta y despiadada del espacio, nada como un par de músculos gigantes e intelecto humano para vencerla. Schwarzenegger mostraba su superioridad gracias a un físico casi irreal y una mente a la par, el extraterrestre llevaba años cazando especies inferiores pero no era desafío suficiente para esos pectorales.

El director de aquella cinta, el funcional y pragmático John McTiernan (Duro de matar), encontró en aquel relato la mezcla ideal de acción, terror y humor. Los soldados de Depredador son máquinas perfectas de matar que obedecen a su líder sin chistar, su única falla como marines es no estar a la altura de su desafío, sólo su líder (por algo será) es capaz de enfrentar y vencer la amenaza, reafirmando su lugar como “macho alfa” del grupo –del planeta– y su aura de masculinidad en esteroides.

Sin duda, los tiempos han cambiado. Actualmente una película como la de McTiernan sería acusada de tóxica, por su retrato del hombre ideal (al menos en el imaginario norteamericano): más cercano a una figura de acción que a la realidad, aun cuando la presencia de un extraterrestre asesino sea la primera señal del escapismo representado en sus imágenes. Por eso no sorprende que la nueva entrega de la franquicia, El Depredador (The Predator, 2018), tome nota e intente actualizar la dinámica de los personajes involucrados a las ideas de nuestros tiempos.

El encargado de traer la franquicia de nuevo a la pantalla es un viejo conocido de la misma: Shane Black (Iron Man 3, Entre besos y tiros), quien interpretaba a uno de los soldados originales, el nerd/geek Hawkins, además de haber puesto su firma en algunos de los guiones más reconocidos del cine de acción del siglo pasado: Arma mortal, El último Boy Scout, Last Action Hero, etc. El cariño de Black por el material es notorio, su principal apuesta (como la mayoría del Hollywood corporativo) es por la nostalgia y sus efectos en el público, su propuesta no es una revolución para la franquicia sino una torta de recalentado.

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Una unidad militar se encuentra realizando una misión de rescate en territorio mexicano cuando una nave alienígena se estrella en pleno campo de batalla, eliminando a la mayoría de los presentes. Uno de los sobrevivientes es el francotirador Quinn McKenna (Boyd Holbrook), quien, ante el suceso, asume que el gobierno intentará eliminarlo y envía pruebas del encuentro a su familia. Sin embargo, desconoce que un nuevo depredador está listo para seguir con la cacería.

La historia escrita por Shane Black retoma temas de sus anteriores argumentos: los protagonistas luchan contra las secuelas dejadas por sus años de servicios, el nuevo comando que debe enfrentar al Depredador pertenece más a una institución mental que al frente de combate. Asimismo, el nuevo objetivo de la amenaza no es un hombre musculoso y de quijada recta, sino un niño, hijo de McKenna, con cierto grado de autismo y una gran habilidad para la informática. Un pequeño genio, frágil, inseguro, buen representante del “siguiente paso en la evolución”, como machacan una y otra vez los científicos a cuadro.

La “actualización” también se da con el personaje femenino más importante del largometraje: la científica Casey Bracket, interpretada por Olivia Munn. La doctora no se limita a ser instrumento pasivo de la trama, dama en peligro o mero vehículo de exposición. Al contrario, llegado el momento se une al grupo de “renegados” para defender al mundo de las amenazas y ayuda en más de una ocasión durante el combate a McKenna, aun cuando en un par de ocasiones se le muestre como “débil”.

El acto de equilibrio (entre el amor de Black por la cinta original, su propia expresión como autor y las necesidad de la batalla de franquicias) da como resultado una película con sabor ochentero, retro y extrañamente moderna en sus intenciones (así no las logre al 100%) que no explora nuevos terrenos porque el estudio necesita seguir explotando la propiedad intelectual.

Al menos, la sangre corre a chorros.

 

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