Sigue este recorrido por las distintas tradiciones para recordar o celebrar la muerte que existen en diferentes culturas: desde La Catrina mexicana y el Día de Muertos, hasta el festival japonés Obon, sin dejar de lado el Hallowen.

 

 

 

 

A Carlos Herrán (Febrero 1939 – Octubre 2013),

gran amigo, maestro y compañero.

 

 

Vivo en una de esas ciudades en las que la mitad del tiempo se va en extrañar. En extrañar la gastronomía, la idiosincrasia, el idioma, el lenguaje corporal, la luz del sol en ciertas partes del día y la cultura del lugar del que venimos. Extrañamos porque tenemos la mitad de la vida aquí y la otra allá. Estoy en uno de esos países conformados por inmigrantes, donde las costumbres llegaron en maletas y poco a poco fueron tomando un espacio, su espacio.

Celebramos el año nuevo chino, el Diwali hindú, el irlandés St. Patrick’s Day, el Ramadán musulmán, el Rosh Hashaná y el Yum Kipur judíos; el inglés Boxing Day, el florecimiento de nuestros cerezos japoneses y el Thanksgiving Day. También le dedicamos un día a la cultura griega, otro a la caribeña, a la ucraniana, a la de los primeros habitantes, uno más a la italiana y no podía faltar, aunque de manera más reciente, el de la hispana y muchos, muchos más.

Todo esto resulta en un exuberante mosaico de tradiciones, sabores y colores en el que cada una aporta elementos muy particulares. Otro de los puntos de encuentro entre éstas y otras civilizaciones, no importando su ubicación, son los singulares rituales para conmemorar a la muerte.

En el festival japonés Obon, se encienden 27 velas para guiar a los espíritus de sus ancestros a la visita anual a la casa de sus familias. En muchas regiones de África, los antepasados son considerados una parte importante del núcleo familiar, de la misma manera que lo son los parientes vivos. En China, la gente trata de asegurarse de que las almas de sus consanguíneos fallecidos vayan al otro mundo, aunque éstos últimos no hayan tenido un buen comportamiento en vida, mediante pagos hechos a los monjes para que éstos recen por esos espíritus. Mientras que los nativos del territorio australiano solían cortar en trozos pequeños los cuerpos de sus parientes muertos para llevarlos con ellos en bolsas y luego comerlos, con la idea de que el alma y la sabiduría de los difuntos serían absorbidas por quien los ingería. Muchos de estos ritos siguen llevándose a cabo exactamente de la misma manera, unos han desaparecido y otros han incorporado nuevos componentes.

Sí, cada cultura es un objeto híbrido y en constante metamorfosis por la interacción que tiene con otras. En Estados Unidos y en ciertas ciudades canadienses en las que hay comunidades mexicanas y, por supuesto, en gran parte de México, este inevitable sincretismo se muestra de una manera cada vez más evidente con el festejo del Halloween y del Día de Muertos.

De este lado han empezado a adoptar la imagen de nuestras calaveritas de azúcar para decorar distintos objetos o disfrazarse, así como a catrinizar su cotidianidad muy al estilo de José Guadalupe Posada: comen el inusitado pan de muerto, mismo que se encuentra disponible en octubre y noviembre en panaderías pertenecientes a dueños de procedencia mexicana, y algunos de ellos de origen católico disponen altares con marcadas influencias de nuestro país. Nosotros, claro, no nos hemos quedado atrás en este trueque de tradiciones.

A partir de la última semana de octubre, nos caracterizamos de algún personaje de terror, adornamos nuestras casas con esqueletos y telarañas, y celebramos, de la misma manera que ellos lo hacen, con fiestas. También pedimos calaverita con recipientes de plástico en forma de calabaza a las que ellos les llaman Jack-o-lantern.

En la cuarta década del siglo XIX, los primeros colonos irlandeses de Norteamérica trajeron con ellos sus tradiciones, como la celebración del Halloween y las Jack-o-lanterns. El origen de estas vasijas viene de un antiguo mito irlandés acerca de un hombre llamado Stingy Jack, quien por medio de trampas había logrado romper dos pactos hechos previamente con el diablo. Cuando llegó el momento de su muerte, no le fue permitido entrar al infierno y había sido demasiado avaricioso como para ser recibido en el cielo, así que recorría la tierra en forma de espíritu. Entonces, lucifer le lanzó un trozo de carbón ardiente para vengarse de él, pero Jack lo metió dentro de un nabo que tenía una cara tallada en su superficie y usa esta luz para alumbrar el camino de su búsqueda al lugar en el que pueda descansar en paz.

Por otro lado, el Halloween tuvo sus inicios con el Samhain, un antiguo festival celta que honraba con cosechas al dios de la muerte. Hace 2,000 años, los Celtas del Reino Unido y del Norte de Europa se contaban cuentos para explicarse la muerte de las flores y las plantas con la llegada del invierno. Ellos creían que el señor de la obscuridad mantenía al sol prisionero cada año por seis meses. Mientras que el dios de la luz permanecía cautivo, las almas de los muertos regresaban a la vida y deambulaban libremente. Para protegerse de estos espíritus, la gente encendía fogatas y prendía velas cada 31 de octubre, también se ponían disfraces para que los espíritus no los reconocieran y dejaban ofrendas de comida y bebidas en la entrada de sus casas.

Pero tampoco es una coincidencia que el Halloween y el Día de Muertos se encuentren tan cercanos en el calendario, ya que estos festejos fueron adoptados por el cristianismo y luego fijados en el año litúrgico, el cuál divide los 12 meses del ciclo anual en temporadas para festejar distintas manifestaciones culturales de origen católico. Ambas celebraciones son fórmulas ceremoniales heredadas de la tradición medieval europea: el Halloween de la rama Nórdica-Romántica y el Día de Muertos de la Medieval-Barroca, el cual fue mestizado con ciertos elementos prehispánicos que lo convirtieron en lo que es hoy.

Yo no puedo contemplar estas visiones de la muerte y no sentirme aludida, no sentir que la angustia de morir no me atañe como miembro de una especie cuya conciencia sobre su propio ser le ha hecho sentir intriga y hasta miedo, por no tener la certeza precisa de qué cosa es o qué es lo que pasa al momento de fallecer. Tenemos una necesidad de sentir que no somos fugaces y también de honrar y recordar a los que ya no están. Entonces, veo la víspera de noviembre y empiezan a desfilar por mi cabeza imágenes multicolores, pero silenciosas del Día de Muertos, mis días de muertos.

Mi calidad de autoexiliada me permite ir a mi memoria no sólo para revisar estos momentos, sino para vivirlos otra vez. Si estás entre dos mundos, no pierdes, adquieres. Las costumbres cambian, nos distorsionan. No sé si para mejorar o no, pero lo hacen, no podemos pararlas. Lo que sí podemos y debemos hacer, por lo menos, es preguntarnos cómo es que llegamos aquí.

 

 

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