No soy de los nacionalistas que creen que las empresas originarias de México deben permanecer bajo capital nacional. Yo pienso que el dinero no tiene nacionalidad. La diferencia está en las formas.

 

Dos transacciones recientes, de este año, han avivado el debate nacional sobre la conveniencia y significado de que empresas de capital mexicano capitulen en el entramado competitivo en el que estamos inmersos y vendan sus operaciones a firmas extranjeras que tienen mejores prácticas corporativas, para hacerlas sobrevivir en el largo plazo.

La primera de esas transacciones es la de Comex, de la familia Achar, que recibió finalmente en octubre pasado la autorización de la Comisión Federal de Competencia Económica para ser vendida a la empresa estadounidense PPG Industries en una cantidad notoria: 2,300 millones de dólares (mdd). La segunda es la venta que hizo Casa Cuervo del 50% que no poseía de Tequila Don Julio a Diageo, la empresa británica que se lo adjudicó a cambio de los derechos globales de distribución del whisky Bushmills. Fue un intercambio, pero Diageo se quedó con los derechos de producción, distribución y uso mundial de la marca Don Julio.

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Con este escenario surgen preguntas. ¿Deben las empresas icónicas mexicanas ser vendidas al extranjero? ¿Hasta qué punto deberíamos preocuparnos, o no, por este tipo de transacciones? ¿Seguiremos atestiguando más ventas de empresas y marcas famosas del país a firmas internacionales? ¿Es esto una señal de debilidad o de nuestro grado de integración al mundo global?

No soy de los nacionalistas que creen que las empresas originarias de México deben permanecer bajo capital nacional. Yo pienso que el dinero no tiene nacionalidad. La diferencia está en las formas. La mayoría de las empresas globales que operan en México han hecho esfuerzos que no se han visto en las corporaciones mexicanas, que suelen terminar cediendo terreno competitivo y vendiéndose a algún postor internacional.

En mi opinión, son tres factores los que juegan un papel clave en las transacciones (ventas de empresas mexicanas a corporaciones extranjeras) que estamos mirando:

En primer lugar está la crisis generacional de las empresas familiares. En los casos de Comex y Tequila Don Julio estamos hablando de empresas familiares que no se distinguían en el escenario nacional por tener el mejor gobierno corporativo ni prácticas de industria de clase mundial. Grandotas eran, pero de ahí a poderlas considerar modelo o paradigma para todo su sector, había un trecho enorme. Ahora estas empresas tendrán gerentes y directores seleccionados no por apellido, sino por mérito.

En segundo lugar está la carencia de inversión en Investigación y Desarrollo (i+d), algo en lo que he insistido en este espacio y que tendrá que seguir ocurriendo a lo largo de los siguientes años, debido a la enorme distancia que guarda la inversión en esa materia como proporción de nuestro pib (apenas 0.4%), de lo que otras naciones como Israel o Corea del Sur destinan al mismo tema. México tiene empresas de gran éxito que no invierten –o al menos no contabilizan– su inversión en i+d, como sí lo hacen corporaciones globales que operan en decenas de países. Claramente, ppg Industries y Diageo tienen presupuestos que destinan a este rubro, con lo que superarán velozmente lo logrado previamente por

Comex y por Casa Cuervo, respectivamente. En tercer lugar, está el pobrísimo desarrollo de recursos humanos que hay en empresas mexicanas, derivado de la enferma práctica que impide a gerentes y mandos medios crecer, por la sencilla razón de que éste está topado por los miembros de la familia. Esto no ocurre en las empresas internacionales, en donde el mérito es la variable número uno a considerar cuando hay ascensos en la mira.

No sé si lo que siga sea una oleada de empresas mexicanas que serán vendidas a firmas extranjeras. ¿Ocurrirá así con empresas medianas como Dormimundo, Scappino, Julio, +Kota, Interlingua, Sushi Itto, Rotoplas o Alpura? ¿Estamos ante la crisis más grave de la competitividad nacional?

Los empresarios mexicanos se han quejado amargamente este año respecto de la política fiscal del presidente Peña Nieto. Muchos me han dicho en foros públicos que el Secretario de Hacienda se equivocó al quitar incentivos como la deducibilidad. Yo no coincido. Creo que durante años pedimos y anhelábamos las reformas estructurales, y ahí las tenemos. Y creo que las empresas extranjeras que adquieren compañías mexicanas no temen al marco fiscal vigente.

Eso me llama poderosamente la atención: si los impuestos y la falta de deducibilidad fueran tan dañinos, ningún extranjero querría hacer negocios aquí. Y está ocurriendo precisamente el fenómeno contrario.

De tal suerte, no nos queda más que darles la bienvenida.

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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