En México no se habla “ni de política, religión o futbol”. Algo tan simple como esta frase inscrita en el ideario común revela una incómoda verdad: los mexicanos toleran, siempre y cuando no los afecte lo que están tolerando.

A menos de 50 días de vivir las elecciones más grandes en la historia del país, entre “pejezombies”, “chairos” y “mafiosos”, la atmósfera nacional se percibe densa y fragmentada. Y ante una campaña que difícilmente detona un diálogo y en su lugar se abalanza por los ataques y el desprestigio del otro, la tolerancia “negativa” de los mexicanos ha salido a la superficie.

“El proceso electoral tensiona a cualquier sociedad, pero en el caso de México los últimos meses han materializado la verdadera fragmentación social bajo la que viven los mexicanos” afirma Edna Jaime, directora de México Evalúa en entrevista con Forbes México.

Cuando se trata de ejercer su ciudadanía, los mexicanos prefieren actuar por su cuenta, dejando al último la participación que implica deliberar y trabajar con otros individuos, de acuerdo a un estudio del Instituto Electoral Nacional y el Colegio de México.

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Y es que la afiliación política es un elemento identitario y por lo tanto es algo que difícilmente estamos dispuestos a cuestionar o contrastar, afirma la Dra. Ivón Cepeda, investigadora del Tecnológico de Monterrey en entrevista con Forbes México.

En opinión de Cepeda, en el caso de los actores políticos un discurso orientado al desprestigio del otro refleja la falta de apertura a discutir ideas y verdaderas propuestas.

Sin embargo no todos los discursos son iguales. Algunos políticos hacen una invitación expresa a la polarización con “malos y buenos” y sus discursos están más cargados hacia la división y el señalamiento de culpables, detalla Jaime.

México: terreno fértil para la estrategia del desprestigio

Si bien el uso de esta estrategia refleja que los aspirantes a un cargo de elección pública saben leer al electorado, también denota una inmadurez de la clase política mexicana, asegura Cepeda. Una clase política cuyo mayor activo y herramienta de convencimiento es llamar al otro corrupto, poco eficaz o menos preparado.

“Tampoco le podemos pedir peras al olmo, los políticos van a utilizar este tipo de estrategias porque saben que les van a generar una ventaja”, señala Jaime.

Ante un sistema jurídico que no castiga el desprestigio o la agresión, queda enteramente en manos de los ciudadanos descartar estas expresiones. Sin embargo, en opinión de Jaime, México no ha alcanzado esa madurez, pues aún hay condiciones desfavorables demasiado evidentes.

Esta clase de discursos encuentran terreno fértil en un ambiente de descontento social, logrando despertar sentimientos latentes de los mexicanos. El discurso funciona porque responde a una realidad, asegura Jaime.

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En México persiste “el mito del gran Tlatoani”, como lo denomina Cepeda, un concepto de un poder ejecutivo que tiene la capacidad de echar a andar la maquinaria de gobierno por sí solo, cuando la realidad es que el candidato que resulte ganador tendrá que trabajar en conjunto con las personas a las que estuvo atacando con tal de llegar a la presidencia.

“Será muy difícil para el representante electo encontrar esos puntos de convergencia que tanto necesitamos” indica Jaime.

En tanto, los discursos de desprestigio también generan un clima de agresión entre los ciudadanos. Y aunque a corto plazo esta estrategia resulte “efectiva” para los actores políticos, estos activos inmediatos dejan una factura que inevitablemente se tendrá que pagar.

En opinión de Cepeda, salvaguardar el tejido social—que irónicamente es lo que la clase política está lacerando con su discurso— es ver por el desarrollo del país. Y promover la intolerancia es entorpecer el ejercicio de la democracia y el debate legítimo de ideas.

No solo se trata de la clase política o un grupo social en específico. Un México intolerante que castiga la pluralidad y el debate legítimo de ideas, compromete el futuro del país entero.

 

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