Mientras se habla tanto de un supuesto milagro económico mexicano, hay una realidad que no cambia: las oportunidades no son iguales para todos y eso impide a la población de menos ingresos salir de esa condición.

 

José “N” es reclutador de una fir­ma internacional y tiene claro lo que sus clientes buscan: jóvenes del segmento socioeconómico alto y medio alto, guapos de tez clara, egresados de universidades privadas.

Entre sus clientes está la filial de un banco internacional, uno de cuyos nego­cios es la banca patrimonial. Por lo regular, los bancos piden jóvenes con un perfil similar al de sus clientes, dice José; es decir, que tengan su mismo estilo de vida: jugar al golf y tener una buena casa. “No es discriminación, sino una estrategia de mercado”, señala el joven reclutador.

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La selección que hace José es reflejo de una sociedad con una marcada dife­renciación de clases y su testimonio está recogido en la tesis de Terioska Gámez, aspirante a una maestría en Antropología Social, que trata el tema de la exclusión.

México es uno de los países más desiguales del mundo, donde las opor­tunidades no son parejas para todos, en lo educativo y laboral, ni en el acceso a condiciones de bienestar, dado que no hay cobertura de salud universal y hay inmensas diferencias salariales. Por ejem­plo, cerca de la mitad de la población con empleo gana menos de 125 pesos al día (lo que cuesta kilo y medio de carne), según datos del primer informe de gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto.

Este mismo documento agrega que los ingresos de 10% de la población más rica son 21 veces más altos que los ingresos del 10% más pobre (entre los países de la OCDE, la diferencia es de nueve veces).

El problema es que no hay elementos que indiquen que esto pueda cambiar. Los pobres seguirán siendo pobres y los ricos seguirán siendo ricos. La movilidad social es una quimera en México.

“Sin inversión en capital humano y trabajo duro, no hay oportunidades para los individuos de mejorar su posición, lo que significa que los pobres se manten­drán pobres”, afirma el estudio Movilidad Social en Latinoamérica: una revisión de la evidencia existente, del Banco Intera­mericano de Desarrollo (BID).

 

Contexto en contra

Julio Serrano es pionero en estudios de movilidad social en México y, actualmen­te, es el secretario del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), que reciente­mente lanzó un reporte sobre la materia.

Su visión es cruda: “Un niño mexicano que nació en una familia rica tiene seis veces más posibilidades de llegar a la uni­versidad, que uno que nació en un hogar pobre. La universidad es el determinante más importante del ingreso; sin ésta, hay pocas opciones de subir”.

La razón por la que la educación es gratuita y accesible para todos en la ma­yoría de los países es para que funcione como igualador de oportunidades, sin importar el estrato social en que nazcan las personas, dice Miguel Székely, investi­gador del TEC de Monterrey.

En el segmento de edades entre los tres y 14 años, 96 de cada 100 mexicanos fue­ron a la escuela en el ciclo que concluyó a mediados de este año, según datos del informe de gobierno.

Sin embargo, la educación que reciben no pasa la prueba. Estudiantes de pri­maria y secundaria a los que se aplicó la prueba enlace el año pasado obtuvieron entre cinco y seis de calificación en mate­rias como español y matemáticas.

El acceso a la educación media supe­rior (bachillerato) es limitado y también está marcado por la desigualdad social. En el último ciclo, sólo estuvieron inscritos 66 de cada 100 jóvenes de entre 15 y 17 años. Según datos oficiales, más de 2.2 millones de jóvenes en edad para ir a la preparatoria están fuera de ella.

Y entre los jóvenes de 18 a 22 años, sólo 32 de cada 100 se matricularon en alguna escuela de educación superior o estudia­ron en alguna modalidad no escolarizada o mixta, lo que significa que más de seis millones de jóvenes en ese rango de edad no harán una carrera.

El círculo se cierra en la etapa laboral. Las encuestas de empleo indican que hay un diferencial de más de 70% entre los ingresos de quien tiene una carrera y quienes sólo tienen la preparatoria, y de más del doble con respecto a quien sólo cursó la primaria, dice Székely.

Las personas con más ingresos acceden a escuelas con más calidad, agrega el ex funcionario. Por su parte, la OCDE, en el estudio Movili­dad Intergeneracional en los Países de la OCDE, sostiene que el grado de desigual­dad salarial de un país está vinculado al nivel de movilidad de los ingresos de una generación a otra.

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¿Y el estado de bienestar?

Sin movilidad social, los niveles de bienestar se deterioran y se crea un círculo vicioso que perpetúa el statu quo, dicen especialistas.

La movilidad social es una parte del Estado de Bienestar, que provee condicio­nes para que los ciudadanos accedan a la salud, vivienda y educación, dice Terioska Gámez. “Pero cuando el Estado deja esa función a los privados, el problema de la desigualdad se recrudece y las clases se cierran en torno a sí mismas”.

Una sociedad en la que no hay oportu­nidades de ascenso social es propicia para conductas antisociales e incluso delicti­vas. En ese entorno, los individuos que se sienten atrapados y sin perspectivas de mejora pueden manifestar conductas disfuncionales como el abuso y el crimen, dado que no tienen mucho qué perder, advierte el BID.

 

Una luz en el camino

Pese a todo, la movilidad social sí es posi­ble. Adrián Herrera es el vivo ejemplo de que el talento no tiene código postal. Es vicepresidente y director para Latinoamé­rica en Correduría de Divisas en TD Secu­rities, una división del Toronto Dominion Bank, el segundo banco más importante de Canadá.

En 2001, la asociación civil Inroads, que apoya a jóvenes para que se colo­quen en multinacionales con presencia en México, llegó a la bolsa de trabajo de la escuela de Adrián Herrera, quien para entonces estudiaba el tercer año, de cinco, de la carrera de Economía en la Escuela de la especialidad del IPN.

Inroads nació en Estados Unidos con la finalidad de que las minorías étnicas puedan acceder a posiciones gerenciales en las compañías. Llegó a México hace 17 años para captar a hispanos y ofrecerles prácticas profesionales.

Un objetivo de Inroads, que a la fecha ha apoyado a más de 700 jóvenes, es que las compañías abran su visión y no sólo contemplen a jóvenes que pasaron por las universidades privadas, dice Javier Delgado, director general de Inroads Mé­xico. Inroads es financiada por las com­pañías asociadas —35 hasta ahora, entre ellas Ericsson, Colgate, Kellog’s, Santan­der, Scotiabank, Banamex y Banorte— y en sus planes está llevar sus programas a Guadalajara y Monterrey.

Adrián entró al programa de Inroads en 2001. Mientras cursaba los dos últimos años de carrera, entró a Deutsche Bank (DB) como becario, a la par que tomaba cursos sabatinos para aprender a des­envolverse en ambientes corporativos y hacía labor social en un asilo de ancianos. Al final de los dos años, entró a un progra­ma de graduados de dos meses y medio en Londres, y a su regreso, el DB lo contrató como analista para sus oficinas en Nueva York, donde tuvo varios ascensos hasta llegar a vicepresidente en el negocio de corretaje de divisas y hace tres años se cambió a TD Securities.

 

¿Laberinto sin salida?

Pero Inroads nada en un océano. Antes de abrir brecha para la movilidad social, hace falta cubrir necesidades básicas y el rezago más dramático es el acceso a la alimentación, que afecta a 27.4 millones de mexicanos, según datos de CONEVAL citados en el informe de gobierno. En respuesta, las autoridades iniciaron este año la Cruzada contra el Hambre, con la que esperanza de llegar a 7.4 millones de mexicanos. Pero también hay 25.3 millones de personas sin acceso a los servicios de salud.

El CEEY dice que para aspirar a la movilidad social es condición que haya crecimiento económico; sin embargo, este año, la economía mexicana crecerá menos de 1.8%, al tiempo que la población aumenta a una tasa de 1.3%.

Por su parte, la Facultad de Economía de la UNAM señala que, sin crecimiento, no es posible crear puestos de trabajo sufi­cientes, lo que mantendrá depreciados los salarios e incluso los títulos académicos. Al ser mayor el número de personas que buscan un empleo, los salarios pierden valor; de 1987 al año pasado, el salario perdió 76.3% de su capacidad de compra.

El déficit de puestos de trabajo tam­bién devalúa la importancia de los títulos profesionales, pues ante la abundancia de solicitudes de empleo los contratantes elevan los requisitos con razones justifica­das o artificiales, dice José Antonio Pérez, investigador en temas de juventud de la UNAM; además de que incentiva el trabajo independiente, que carece de prestacio­nes sociales. “[En la actualidad] tienes que tener mejores calificaciones académicas para, cuando menos, conservar la condi­ción económica que tenían tus padres”, complementa.

Dar condiciones para la movilidad social en México, demanda de políticas públicas tanto de aplicación general como otras dirigidas a sectores específicos; como por ejemplo las madres adolescen­tes. En el país, 69 de cada 1000 embarazos ocurren en mujeres adolescentes, según datos oficiales. “El embarazo adolescente en hogares muy pobres es uno de los grandes problemas en América Latina, porque es ahí donde se está reproduciendo la sociedad”, dice Alicia Bárcena, de la CEPAL.

En ese entorno, y hasta donde puede, José lucha contra la indiferencia que algunas empresas ejercen hacia los recién egresados de escuelas públicas. Cada vez que puede, trata de contratar a egresados de la UNAM o el IPN, pero por experien­cia sabe que donde mejor le funciona es cuando busca profesionales para trabajos extenuantes.

Para ocupar posiciones de dirección de una gran empresa, no le queda de otra: acudir a los egresados de las universida­des privadas. Los candidatos necesitan te­ner mucha seguridad en sí mismos y hasta cierta soberbia, señala, pues necesitan ser inmunes a las tensiones cotidianas que tendrán que enfrentar.

De ese modo, la historia de la inmovili­dad social se reproduce.

 

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